27 de abril de 2026
Por Alejandro Latorre
En el campus de la UNICEN, donde los horneros laburan el barro con la paciencia de un artesano y el viento entre los álamos suena a nostalgia, camina Martín Dulau. Tiene 23 años, la mirada limpia de los que vienen de Las Flores y un mambo de esos que valen la pena: quiere unir el frío de las ecuaciones con el calor de la vida.
Martín entró a Exactas en 2021 buscando "qué onda la vida". Pero ojo, no buscaba un título para colgar en la pared de un living burgués; buscaba el secreto de la existencia en la Licenciatura en Ciencias Físicas. Iba bien, notas altas, pizarrón completo. Pero un día, el vacío. Esa náusea de la que hablaba el viejo Camus. Walter White decía que la química es el estudio del cambio, pero Martín sentía que a su cambio le faltaba cuerpo. Le faltaba sangre, célula, sentir. La razón le estaba ganando por goleada a la emoción, y el flaco se plantó.
Dejó todo dos años. Se fue a laburar, a ensuciarse las manos, a ver si en el llano encontraba lo que el teorema no le daba. Y ahí, entre mareos de internet y búsquedas nocturnas, apareció el Ayurveda, esa ciencia milenaria de la India que no te mira como un número.
"Me pegué un mareo bárbaro al principio", se ríe Martín mientras los álamos le dan la razón con un cabeceo. Entendió que la Física y el Ayurveda son las dos caras de la misma moneda, la dualidad que nos rompe la cabeza. El pibe decidió volver, pero con otra armadura: hoy su "militancia" es fusionar esos dos mundos. No quiere ser un científico de laboratorio encerrado en una torre de marfil; quiere ser un físico que te da un masaje, que te entiende el átomo, pero también el sentimiento.
Hoy, entre parciales de termodinámica, Martín ya asesora y pone las manos en la carne. Es su camino, su forma de abrazar el absurdo. En una cultura que te obliga a elegir entre la cabeza o el corazón, él elige la red. "Tandil es un lugar con un potencial tremendo", dice, y se le nota que cree en lo que hace. Quiere armar una red de gente que ame, que haga el bien, que una los polos que la academia -a veces tan rígida- insiste en separar.
Y ahí está el valor de nuestra Universidad Pública. No es solo un lugar para aprender a derivar o integrar; es el territorio donde un pibe de Las Flores puede permitirse dudar, romperse y volverse a armar para intentar salvar el mundo con una teoría que mezcla a Newton con el espíritu.
Martín Dulau no está loco. O quizás sí, con esa locura hermosa de los que no se conforman con el gris. Mientras el sol cae sobre el predio y los alumnos corren el bondi, el "físico-ayurvédico" sigue construyendo su norte. Porque al final del día, como decía el francés, aunque todo parezca al pedo, crear algo interesante es la única forma de ganarle la partida al silencio.
A veces, Martín parece un bicho que sigue el rastro de esos sabios de barrio, como los que todavía resisten en la Farmacia Garbellini. En esa esquina de Avellaneda, donde todavía sobreviven las balanzas analógicas -esas que pesan el alma con la precisión de un relojero- y el aroma a herboristería te envuelve como un abrazo, se entiende mejor su mambo. Es la misma fe en el preparado magistral, en el respeto por la materia y el espíritu que el pibe quiere rescatar del olvido académico.
SU COMPROMISO CON LOS DEMAS
Su compromiso con los demás no anida solo en estos sueños de párrafos arriba. Martín fue secretario de deportes de "La Facu" y colaboró varios años en el centro de estudiantes. Un poco su manera de andar trae una vez más a ese gran trabajador universitario que se fue de gira días atrás: Betho Laulhe, un ser humano que comprendió su rol no solo como un conjunto de tareas, sino como una forma de acompañar a otros.
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