15 de marzo de 2026
En la calle Suiza 2250, las preparaciones y gentileza de una gran repostera parecen consentirnos
por
Noelia, de Tandil A Gusto
Puedo aseverar que cuando menos lo esperamos, la ciudad que
habitamos, nos abraza nuevamente con propuestas sorprendentes. Durante un
período de tiempo, dejé de buscarlas para permitir que las experiencias me
encuentren a mí, en un momento y sitio insospechados.
¿De qué manera redacto estas palabras? Como he mencionado en
notas anteriores, puede que me encuentre con un establecimiento de manera
repentina o a través de redes sociales, en ambos casos, me dejo llevar por la
propuesta soltando cualquier tipo de expectativa. A mi entender, ésta detiene
el flujo de información, que llega a través de los sentidos y sensaciones casi
inefables.
El clima comienza a tornarse frío, regresan poco a poco los
sacos en colores pasteles de las señoras y los abrigos de los vecinos nos
anuncian sutilmente el cambio de estación. Es un momento del año donde muchos
de nosotros, volvemos a buscar en esos oscuros rincones de muebles empolvados
en la cocina, las cálidas tazas de otoño.
"La casa de campo, casa de té" decía el perfil en Instagram,
¿éste lugar se me habrá escapado? Pensé. Observé detenidamente su contenido y
aquello me generaba una gran curiosidad. Sin dudarlo, hice una reserva; "sábado
a las 18 horas, te reservo, ¡los esperamos!" respondió vivaz.
"En la calle Suiza, debemos girar a la derecha y continuar
unas cuadras" dijo mi compañero de ruta. Durante el silencioso trayecto, las
casas se hacían cada vez más pequeñas y eran en su mayoría cabañas de alquiler
envueltas en naturaleza. De pronto, un cartel y un largo camino arbolado
proclamaban nuestra llegada.

Recorrimos maravillados el sendero rodeado con enormes
árboles y parques sumamente cuidados por manos con un gran sentido de belleza.
A lo lejos, con semblante, se asomaba un altivo molino que brindaba un aire
completamente campero. Observábamos hacia un lado y luego hacia el otro sin
descanso, esperando que aparecieran por allí Hansel y Gretel.

La escalera de la casona era de piedra, y nos dirigía hacia
una imponente puerta de oscura y misteriosa madera. Celia abrió la puerta y
recibió gentilmente. Ella era cálida, y había algo especial en su tono de voz,
que yo esperaba descubrir.

Nuestras pisadas hacían un particular sonido en el suelo de
parquet, y en el salón, la luz era tenue, con rústicas mesas y algunos cuadros
que brindaban serenidad a la vista. Celia, nos invitó a sentarnos y acercó dos
menús que se acoplaban al aspecto campestre del establecimiento.

¡Qué música agradable! Me dije. Ella había ambientado todo
para que el comensal pudiera disfrutar de la merienda, sin distracciones,
incluyendo la musicalización y revistas de hogar en un rincón de la casa.
Describía su propuesta, encogiendo sus hombros y moviendo sus manos con
delicadeza y feminidad, su postura y voz pausada exponían un trato maternal.
La propuesta era variada y directa, escrita con claridad y
pensada para golosos paladares. Optamos la merienda para dos personas, y al
cabo de unos minutos donde algunas incontenibles lágrimas rozaron nuestras
mejillas a causa de la emoción por reconocer en ella estos invaluables gestos
maternos, la merienda llegó.

La propuesta de Celia contenía torta galesa negra, carrot
cake, tarta de chocolate, lemon pie, budín de té, strudel, tarta de coco con
dulce de leche, scones dulces y salados, una tetera de té negro y macarons con
té matcha. Cada bocado nos hacía sonreír de satisfacción, porque además de los
frescos y balanceados sabores, era ella quien se encontraba plasmada en cada
una de las preparaciones. Aquella merienda, nos hablaba con ternura.
Ella se puso de pie junto a nosotros al finalizar la
experiencia, y su mirada parecía llenarse de fulgor al hablar del recorrido a
la Patagonia que había realizado junto a su madre para encontrar las auténticas
recetas de strudel y torta galesa negra. Desprendía osadía e inspiración en sus
palabras que cubrían como un gran manto, nostalgia al recordar aquellos
atesorados momentos junto a la mujer con quien había aprendido la magia de la
cocina.
Junto a su esposo Jorge e impulsada por su nieta Abril,
Celia decidió reabrir su pastelería luego de hacer sus estudios en repostería.
Hablaba con mucho respeto sobre la ceremonia del té y de los aspectos a tener
en cuenta a la hora de desarrollar un proyecto gastronómico.
La vista hacia el parque, los ventanales, los árboles que se
mecían con el viento y el andar de Celia que procuraba que tengamos todo lo
necesario en la mesa, nos retrotrajo a tiempos de infancia donde nos sentábamos
a merendar dejándonos mimar. Resulta ser, que, al entrar a La Casa de Campo,
uno descubre inevitablemente lo que alberga el corazón de una mujer con un
único propósito; su completa entrega.
Gracias Celia por hacer de la gastronomía, un lugar donde
también cobijarnos
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