20 de agosto de 2015
“Ellos no medían la gravedad de lo que podía pasar”
Analía Donini y Soledad Bastarrica también accedieron a dialogar en exclusiva con ElDiariodeTandil. Acompañaron a Lucas y Luciano hasta el último día. Hoy el dolor permanece presente como una marca de hierro en la piel. ((((bajada)))))
Junto a Natalia Fiori, y los familiares cercanos, comparten el dolor de no tener más a sus seres queridos. Esos que se fueron de repente, sin poder despedirse.
“Lucas no entendía los riesgos que corría en la fábrica, nosotros tampoco, creo que muy poca gente sabía lo que podía pasar. Cuando volvía a casa después de trabajar se hablaba del trabajo pero nunca me imaginé este final. Él a veces protestaba porque algunas cosas no funcionaban o porque había cosas que no estaban como tenían que estar, pero él no se quería meter. Él me decía, yo voy, trabajo, hago lo mío y me vengo a mi casa”, comenta Donini.
Soledad agrega que a su esposo “le gustaba lo que hacía, tenían un sentimiento por la fábrica. Para Luciano era especial trabajar ahí y mira como terminaron”.
Los tres operarios llevaban mucho tiempo en Metalúrgica, Juan Cruz Andrade hacía 18 años que se calzaba el mameluco y sus compañeros casi 10. “Muchas veces Lucas llegaba a casa con quemaduras, pero generalmente eran salpicaduras. Estuvo 9 años trabajando en los hornos y nunca se imaginó terminar así”, agrega Bastarrica.
Es evidente que los operarios no eran conscientes del peligro de trabajar en dichas condiciones. Después de la tragedia sus familiares supieron de las maquinas vetustas, las instalaciones deterioradas y las graves fallas de seguridad e higiene que denunciaba el Ministerio de Trabajo.
“Por eso nos dolió cuando Lunghi salió a decir que ‘era una planta modelo’. Después de la explosión fuimos a su despacho, recorrimos las oficinas de todos los políticos y nadie nos dio bola. El Intendente nos dijo que él no tenía la culpa de lo que pasó y le creemos, pero luego se borró al igual que todos. Quedamos solas peleando con Renault”, dice todavía dolida una de las viudas.
También son críticas de la actuación de la UOM, “Romano fue y vino. Nunca se jugó del todo. Cuando lo apretábamos venía y nos escuchaba, pero después se escondía de nuevo. Cuando nos recibió en el sindicato quedamos como unas boludas. En ese momento estábamos shoqueadas y no caíamos. Uno de los que estaba en la reunión nos dijo que la muerte de los chicos era culpa de las mujeres porque nos quedábamos en casa y ellos tenían que salir a trabajar. También acusaban a los delegados porque no informaban cómo era la situación de la planta”. Delirante.
Recordemos que meses antes, Romano denunciaba las condiciones. Ellos, los representantes de los trabajadores, sabían lo que pasaba y no hicieron lo suficiente.
Ellas entienden que los responsables están en una encrucijada, porque nadie se quiere hacer cargo de dejar a 200 familias sin trabajo, “pero algo tiene que cambiar. Está visto que los incidentes siguen pasando y no se hace nada para mejorar las condiciones”.
En el transcurso de la entrevista recuerdan una situación que todavía duele, “un día lo vamos a ver a Pablo Bossio, gente cercana a él me había dicho que estaba a nuestra disposición y quería colaborar. Fuimos y le pedimos solamente que nos haga un contacto con algún medio de comunicación nacional para poder hacer visible el hecho (recordemos que ningún medio foráneo se hizo eco de la tragedia). Ahí nos dijo que no podía hacer nada porque solo tenía llegada a los canales deportivos. Fue un golpe más de tantos que recibimos. Todos nos cerraban la puerta”.
Ni siquiera se sintieron apoyadas por los compañeros de trabajo. El miedo a perder el empleo, o vaya a saber que temores, los alejaron de las viudas. La primera marcha al municipio fue multitudinaria, pero poco a poco fueron perdiendo apoyo. Hoy solo un pequeño grupo de familiares y amigos las acompaña en esta lucha.
A ellas les duele la indiferencia, pero no las amedrenta. Insisten con su verdad. ”Nos sentimos ninguneadas por la justicia. Pedimos que citen a declarar los supervisores, a los que armaban los turnos y nunca nos prestaron atención. Una causa de tres muertes la cerraron en 9 meses. Uno ve que la justicia tarda años en investigar y acá lo hicieron express. Estas cosas nos hacen pensar”, dicen casi a dúo.
Se desprende de la causa la importancia que el fiscal Morey puso en el testimonio de Néstor Leguizamón. El operario que compartió la escena de la explosión con las víctimas. A casi 600 días de aquella fatídica madrugada sigue ligado a Metalúrgica y cortó todo tipo de vínculo con las viudas.
“No queremos pensar mal de él, pero desapareció. Nosotras queríamos saber cuáles fueron las últimas palabras de ellos, si pensaron en nosotros, si dijeron algo de cómo se dio la explosión. Pero no nos quiso recibir. Después declaró una cosa en su primera exposición y luego se desdijo”, según consta en el expediente,en su primera declaración sostuvo que el horno estaba tapado y en la siguiente declaración adujo que Juan Cruz Andrade lo había dejado destapado. Además de inferir que su compañero fue el responsable de la tragedia.
“Pero tampoco es solo Leguizamón. Hay como un temor que alcanza a todos. Todos cubren a la empresa y no salen a decir lo que pasa. Es como una relación enfermiza. Mis propios hermanos siguen yendo a trabajar a la planta. Yo no lo puedo comprender del todo”, nos dice Analía Donini.
Pese a sus constantes retrocesos, Metalúrgica sigue ofreciendo condiciones económicas superiores a la media de las empresas metalmecánicas. Hay operarios que llevan 20 o 30 años de servicio y no consideran pegar el portazo. La trampa económica levanta sus muros.
“Vino gente a insultarme a mi casa porque decían que yo quería dejarlos sin trabajo. Pasó a los pocos días de la explosión. Yo no entendía nada. Es como que te pisoteen cuando estás en el piso. Mi marido estaba recién muerto”, nos dice y uno no puede comprender como llegamos a tanto.
Sus puntos están claros, hablan de las condiciones de la fábrica y de la falta de una responsable en el momento del incidente. Ambas cuestiones la explican con fundamentos que al parecer no fueron convincentes para la justicia.
El ocaso de una empresa modelo
El periodista y escritor Néstor Dipaola supo describir la importancia de nuestros pioneros en la metalmecánica. ((((bajada)))))
La historia de la metalurgia local tiene una imagen memorable en los hermanos Bariffi, oriundos del norte de Italia, que realizaron la primera colada de hierro gris en su taller de la Avenida Colón, durante 1918. Unos veinte años después el sector que trabaja el metal se ha multiplicado, son casi 150 talleres de fundición y mecánica, herrerías y carpinterías, cuya expansión es tributaria de la renovación tecnológica del campo durante la década de 1920. A mediados de los 40 el taller se transforma en Bariffi Industria Metalúrgica Argentina (BIMA), la primera fábrica local y la primera que produce autopartes, un antecedente de los productos metálicos que van a distinguir a la ciudad y que tendrá su continuadora en Metalúrgica Tandil y muchas fábricas y talleres. Tales establecimientos son el espacio de experiencias de agremiación y luchas sindicales, provocadas por las condiciones de trabajo y remuneración, y estimuladas por las corrientes políticas e ideológicas del escenario nacional.
Aurelio Santiago Selvetti llegó a Tandil con tan sólo 19 años pero decidido a desarrollar en esta ciudad toda su energía, creatividad y potencial. En 1947 fundó la emblemática firma Metalúrgica Tandil, fundición de autopartes que durante décadas fue la más importante de Sudamérica.
Esta empresa en su apogeo llegó a contar con 40 ingenieros y 2 mil obreros dando trabajo a 500 talleres de la zona.
El Tractor Pampa
En 1953, Santiago Selvetti y el modelista valenciano Fernando Monsalve, participaron de un almuerzo ofrecido a 220 empresarios del país por el presidente de IAME (Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado), brigadier Juan Ignacio San Martín. Al término del almuerzo, este último dijo que había traído del Uruguay un tractor alemán, Lanz Bull, que estaba desarmando pieza por pieza. Lo expuso sobre tablones a la vista de todos e invitó a los empresarios a elegir la parte que cada uno estaba dispuesto a fabricar en un término de 120 días. La mayoría se precipitó a elegir y cuando se acercó Selvetti con su acompañante sólo quedaba un block (que pesaba más de 200 kilos), una cabeza de cilindro y un pistón. Selvetti lo miró a Monsalve y le preguntó:
-¿Podemos hacer esto?
-¿Quién lo ha hecho en Alemania? ¿El hombre o el Espíritu Santo?
Y así nació el primer tractor argentino, el Pampa, del que se vendieron cuatro mil unidades. Así surgió la industria automotriz nacional.
Entre Soriano y Laplace
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