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14 de septiembre de 2019
Tiempos felices: Diego Urraco sonríe en plena jornada de trabajo, desde el mítico quincho de Las Pircas
Copia del proyecto de las colectoras con la calle atravesando la estación de servicio ?Las Pircas?
El quincho fue consumido por un pavoroso incendio en 1985. Lo reconstruyeron y ampliaron.
Diego y Cecilio Urraco posan frente al quincho donde servían mil desayunos por día.
El movimiento de colectivos era incesante. Los choferes iban a Las Pircas antes que a la Terminal de Ómnibus, atraídos por la calidad de los servicios.
Cecilio Urraco, 50 años como empresario de estaciones de servicio.
Los Urraco debutaron en el rubro alquilando la estación de servicio que funcionó en Av. Colón y Garibaldi.
La nota dirigida al intendente de facto Victorio Mazzarol solicitando la habilitación de Las Pircas.
La colectora fallida evidencia la desidia de un país donde el menú de resolución de un conflicto siempre incluye la opción ?patear para adelante?, con la esperanza de que a otro le toque resolverlo.
CAPÍTULO UNO. EL ORIGEN
Las Pircas fue una estación de servicio emblemática. Abierta en mayo de 1964 a la vera de la Ruta Nacional 226, era la parada más lógica en el camino que conectaba el principal balneario argentino con las provincias del sur y el centro del país. Si Atalaya fue sinónimo de una época para quienes transitaban la ruta Buenos Aires-Mar del Plata, Las Pircas hizo lo propio en esta parte de la provincia.
Mar del Plata fue en esos años y durante varias décadas un destino aspiracional de la clase media argentina. En temporada estival las rutas que conectaban con la ciudad balnearia explotaban de tránsito. En esa época los vehículos entregaban menor autonomía por kilómetro y había muchas menos estaciones de servicio que en la actualidad. Por esa combinación de factores, sumada a un fuerte turismo interno, algunas de esas estaciones alcanzaron estatus de íconos, mojones en la ruta, refugio y descanso obligatorio.
Las Pircas nació apurada. Prueba de ese alumbramiento prematuro es la nota manuscrita enviada el 30 de junio de 1969 al coronel Victorio Mazzarol, intendente de la dictadura, solicitando la habilitación un lustro después de la apertura.
El texto de la nota enviada al comisionado Mazzarol:
"Tenemos el agrado de dirigirnos a Ud., rogándole quiere tener a bien ordenar a quien corresponda se nos inscriba y habilite con retroactividad al día 2 de mayo de 1964 la estación de servicio denominada 'Las Pircas' ubicada en la Ruta 226 Km. 166. Rogándole también disimular el hecho de no haberlo comunicado en el momento oportuno, ello fue debido a un olvido involuntario. En consecuencia deseamos se practique la correspondiente liquidación de impuestos hasta el día en que hemos cesado en nuestras actividades comerciales, lo cual comunicamos por separado".
La solicitud de habilitación se repetiría unos años más tarde con otros actores y con resultado afirmativo, cuando la estación fue comprada por los hermanos Urraco. Cecilio y Diego llevarían Las Pircas a su máximo potencial y escribirían las páginas de la época dorada.
Si esto fuera una serie de Netflix aquí entrarían un par de saltos temporales y un spoiler.
Primera carambola del destino: los nuevos dueños pidieron la habilitación a otro intendente llegado tras un Golpe de Estado, Julio José Zanatelli. Segunda paradoja: el teniente coronel que la habilitó siendo comisionado de facto la hizo cerrar en su mandato democrático, desconociendo la habilitación que había firmado 20 años antes, enfundado en su traje verde oliva.
Pero para llegar a eso, todavía faltan un par de capítulos.
CAPÍTULO DOS. HERMANOS AUDACES.
Cecilio Urraco tenía 24 años y manejaba un colectivo. Su hermano Diego trabajaba en la Buxton del Tandil industrial de los años '70.
Un día se enteraron de que estaba en alquiler la estación de servicio de Avenida Colón y Garibaldi. No tenían el dinero pero sí el empuje, la osadía y algunos contactos que confiaban en ellos y estaban dispuestos a invertir.
Cecilio lleva 50 años en la actividad y guarda en su memoria imágenes vívidas de aquel comienzo; con el financiamiento de "gente de campo y algunos amigos" rentaron la esquina que tenía, además de los surtidores, una cochera cubierta para agregar un extra a los ingresos por venta de combustible.
"Bueno, decirle cochera es demasiado -se sincera- porque era básicamente un tinglado al que le faltaba alguna que otra chapa y estaba un poco deteriorado, así que más que una cochera era arrimar autos en el playón, pero a nosotros todo nos sumaba".
El inicio fue a pura garra y ni les alcanzaba para pagar la carga de un camión cisterna completo así que "le comprábamos a Petrotandil de a dos mil litros para ir revendiendo y armarnos de a poco, porque un camión tanque completo costaba un millón de pesos de esa época que era un dineral".
Una nueva digresión de la trama principal nos ubica un poco más adelante en el tiempo. Los hermanos Urraco ya dejaron atrás su primera experiencia en el rubro en busca de un sueño más grande. Entonces, YPF se hace cargo de la estación de Colón y Garibaldi y la renueva por completo. Así funcionará durante años hasta que la petrolera la abandone y selle la suerte de esa esquina, que hasta nuestros días sigue convertida en una cáscara vacía. ¿El motivo? Cuando YPF la cierra también da de baja la habilitación y la nueva reglamentación impide aprobar la operación de nuevas estaciones de servicio dentro de las cuatro avenidas. A esto se suma la gran dificultad para reconvertirlas en desarrollos inmobiliarios por lo extremadamente costoso que resulta retirar los tanques subterráneos y la consiguiente remediación del pasivo ambiental.
Por este motivo -que fue nota de tapa de este medio en noviembre de 2018- las estaciones de servicio cerradas permanecen ancladas al pasado como barcos fantasma.
CAPÍTULO TRES. VAMOS A LA RUTA
Mientras Diego y Cecilio hacían experiencia como expendedores de combustible en la avenida de los tilos, Las Pircas había cambiado de dueño.
La escribana Belén Urraco, hija de Cecilio, recibe a este diario en su estudio de la calle Fuerte Independencia con una voluminosa carpeta que cuenta la historia de Las Pircas.
"Los Pessino le vendieron a García y luego este le vendió a mi familia. Como la operación entre Pessino y García había sido por boleto de compraventa -sin escritura- mi papá y mi tío dieron intervención a la justicia y el juez López Santoro, tras el juicio de escrituración, ordenó que Pessino escriturase directamente a nombre de mi papá". Así, en los papeles al menos, la estación pasó de Pessino a Urraco, aunque García llegó a explotarla en un breve período intermedio.
"El lindero que cita el juzgado en la escritura era la ruta. Es decir que la parcela iba desde la parte de atrás de Las Pircas hasta la Ruta 226", apunta la escribana.
Este será un detalle central a la hora de explicar más tarde lo que la familia Urraco entiende como una desposesión gratuita; lisa y llanamente un robo con apariencia de legalidad ejecutado por el Estado; una injusticia que lleva tres décadas y parece destinada a extinguirse en el olvido.
"Nosotros compramos con mi hermano a mediados de la década del 70. La estación tenía seis surtidores y en esa época no había la cantidad que hay ahora así que había mucha demanda, pero nosotros vimos la oportunidad de mejorar el servicio y hacernos más fuertes", relata Cecilio.
Siguiendo esa premisa construyeron el salón comedor y para eventos sociales en 1978. "Construimos un restaurante completo y lo equipamos con todo. Lo hicimos pensando que ese año íbamos a tener dos temporadas en vez de una. Por un lado el verano y por otro el mundial de fútbol que tenía a Mar del Plata como una de las sedes. Pero resulta que Argentina nunca jugó en Mar del Plata".
El error de cálculo no impidió que aprovecharan al menos el movimiento fuerte correspondiente al partido inaugural disputado en el estadio José María Minella. La ceremonia inaugural era un atractivo aunque no jugara Argentina. Aquel viernes 2 de junio Italia le ganó a Francia por 2-1 con goles de Rossi y Zaccarelli; Lacombe había puesto en ventaja a los galos al minuto de juego. Y los Urraco, que no paraban de llenar tanques y atender clientes hambrientos, festejaron como si hubiera ganado Argentina.
Con el tiempo quedaría demostrado que la inversión que demandó la construcción del quincho se recuperaría con creces, a pesar de que el mundial no hubiera generado los dividendos esperados.
La ubicación estratégica de la estación y el esmero para brindar servicios de calidad empezaron a dar frutos rápidamente.
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