26 de noviembre de 2015

Sociedad

Sociedad. Un día de noviembre en nuestro Tandil

Somos tandileros.

Una forma cultural que nos diferencia de quienes se hacen llamar tandilenses. Nos aparecemos en cualquier esquina. En la cola del supermercado. En la escuela, en el boliche o el banco. Como en espejos, nos reconocemos en los ojos del otro, los mismos que generación tras generación vimos crecer a este Tandil. No somos chorros ni coimeros. No vivimos de la trata de personas, de la quiniela, o de la droga. Vamos a la cancha y al igual que en el teatro, compartimos sonrisas y silencios. Entramos al hospital y saludamos con un beso, con la misma hermandad con que llegamos a la casa velatoria. Somos ese entramado de parentescos y lugares, mezcla de clases sociales con individuos que un día llegaron para siempre. Encarnamos  un consciente colectivo donde las categorías se diluyen. Se superan. No hay edades ni sexos. No somos piratas del asfalto, ni usureros. No somos ni tenemos testaferros. En nuestras mesas se comparten sueños, no dinero. Somos respetuosos con los servidores públicos, pero no con quienes se sirven de lo público. No curramos al estado nacional, ni provincial, ni municipal. Tenemos vocación de servicio, que no es lo mismo que la vocación por servirse… o ser ·”servicio” (como tragicómicamente no los apunto un amigo) No ocupamos obreros en negro ni nos quedamos con sus aportes previsionales. No vivimos de los pibes, ni de los viejos. No es la pureza lo que acciona este juego de luces y de sombras, porque entre varios agujeros, también nuestra conciencia sufre por pequeñas miserias, debilidades y egoísmos. Por esto, hay hijos que nos miran, hermanos que nos cuidan y perdonan, y padres que esperanzan en nosotros. No todo se compra, ni todos estamos en oferta. Por eso no llevamos alarmas en las venas. No somos ni mejores ni peores, pero somos honestos. Eso si, están esos algunos, que nos ven como un sujeto social anónimo,  pensado de manera abstracta, pero entre nosotros nos sabemos con nombres y apellidos; no somos la gente. Por eso es que hoy necesitamos decir nuestra palabra, con el mismo sentido y compromiso con que nos lo marcó  Nietzche: "Di tu palabra y rómpete" Siempre, entre nosotros habrá quien la haga suya para decir la voz de los demás… Hoy es noviembre en el Tandil Hubo, y habrá continuados noviembres , como este. Ese proceso donde la sociedad democráticamente decide y define su perfil. Donde se elige. Y en este elegir la contracara también se hace presente, y así podemos vernos los quienes somos quienes; donde algunos “elegidos” definen con su acción el sustrato ideológico que los moviliza. Su verdadera razón más allá del discurso papagayo, repetidor de consignas aprendidas de apuro. Quizá sean más que suficientes las razones para embroncarnos con nosotros mismos cuando cada dos años nos llaman a elegirnos, y para esto, el tiempo nos fue enseñando a mirar por debajo de las aguas. En este pueblo, donde todos nos sabemos, las piedritas de colores reflejan con hartura a ese collar que cuelga de la tilinguería neoliberal, donde se engarzan el fotoshop y el markenting, con el jefe de prensa y el asesor de imagen, mientras el prendedor cierra una bolsa de guita caída del misterio. Desde la historia, siempre una página nos salva para entender presentes. Como nos lo advierten desde la antigua Roma: “Sed non casta, temen cauta”  (La mujer del César debe) “ser honesta, y además parecerlo” Si lo que hacen no está bien, al menos, por favor  disimulen…Se nota demasiado. Porque, ¿Qué es la obscenidad?... sino aquello que no debiera mostrarse: lo sucio, lo oculto, la impudicia. Ya no hay  ingenuidad, esa muchacha  hija de los ojos cerrados. La violencia del descaro y la soberbia, deviene en paradoja y despierta, vierte luz y depura. Somos una cultura. La que nos encuentra en cada pibe que nos reconoce en la mirada de su padre, de su hermano o del abuelo. La que flota sobre cada granitullo. En cada amanecer que se espeja en las sierras. o en ese ver estrellas a los pies, desde el Parque. Una cultura del compartir un asado con amigos, sin la agachada demagógica de la foto para el diario. Los que nos fuimos construyendo en el ser, más que en el tener: como preocupación ontológica. Porque en algún momento comprendimos que las construcciones se mantienen con el mismo material con que fueron levantadas. Lo que se construye con dinero, habrás de mantenerlo con dinero. Tal vez por eso, elegimos edificar principios. Somos una cultura donde el tiempo persiste y nos duele a cada paso.  Escrita con la credibilidad de conocernos. Somos lo que somos, sin la necesidad de encontrar identidad en una camiseta. Esta gente, este mundo  y  esta historia no se compran con pancartas ni panfletos. Se nos afilia con el alma. Con solidaridad. Con ese intangible que se encuentra en la seguridad de fiar sin pedir nada a cambio. Es probable que alguien les haya leído a la pasada  la frase de Simone de Beauvoir:  “Es lícito violar una cultura, pero a condición de hacerle un hijo”- Y lo hicieron… Pero la vejación no siempre queda impune. Hay anticuerpos que leen en las entrañas la entrada de la mugre. Entonces no habrá parto. El niño nacerá… muerto. Aborto,  que le dicen…
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