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15 de julio de 2016
por
Elías El Hage
1. LA GORRA Y EL FERRETERO
Se presume
que era de Napaleofú, aunque un cliente arriesgó de oídas que el hombre era
natural de los pagos de La Numancia. Sea como fuere, se trataba de un
indubitable habitante del mundo rural. Que entró, decidido, a una flamante
ferretería de la ciudad. Llevaba unas bombachas gastadas, botas, chaleco de
cuero y muy oronda y soberbia sobre su cabeza, una gorra de color beige. Nuestro
personaje podría haber salido de cualquier cuadro de Molina Campos, pero en
realidad acababa de bajarse de su camioneta, había consultado un tanto
confusamente los secretos del parquímetro, y vencido ante la novedosa
tecnología se encomendó a Dios para que el inspector no le hiciera la multa
durante el tiempo que le llevara su estancia en la ferretería. Ya venía loco
por el tránsito infernal, los semáforos con la onda verde desactualizada, la
intemperancia de los conductores, los peatones que cruzaban las calles por
donde se les cantaba, y lo único que le faltaba era que la grúa le llevara la
chata.
Así, a paso
rápido, entró a la ferretería. Sacó número y repasó mentalmente todo lo que
tenía que comprar: no era mucho. Se imponía una herramienta necesaria que había
perdido inexplicablemente: la llave francesa que siempre lo sacaba de algún
apuro.
Lo
atendieron con esa afectación impersonal que exudan las ferreterías donde uno
no es un hombre, por decirlo así, un ser ontológico o un sujeto histórico: uno
es un tornillo, una bordeadora, una bolsa de clavos, una pinza pico de loro.
Salvo que uno sea un cliente ya muy conocido, un habitué del lugar, alguien que
hasta tiene cuenta corriente en el negocio.
Pero nuestro personaje, se ha dicho, venía de Napaleofú. O de La
Numancia. Y no lo conocían ni en la ferretería ni en casi ningún lugar de
Tandil.
De modo que
compró la llave francesa más algunas cosas menores, así de golpe, sin preguntar
el precio. De crédulo o por descuido. Sólo lo consultó al final y por una
cuestión de forma. La voz monótona del ferretero anunciando el importe de la
herramienta también sonó impersonal, como si le estuviera hablando a la luna o
a una estatua.
-¿Eh? ¿Cuánto me dijo, don? -volvió a preguntar el paisano,
creyendo que había escuchado mal.
El
ferretero reiteró la cifra. El paisano se quitó la gorra y la dejó arriba del
mostrador. Luego, pausadamente, metió la mano en el bolsillo trasero de la
bombacha, sacó la billetera y pagó.
Empezó a irse del lugar a paso lento, portando ese extraordinario doble
tiempo mental que tiene la gente de campo, hecho de intuición, desconfianza y
picardía.
En ese
momento el ferretero le pegó el grito desde el mostrador.
-¡Jefe! ¡Se olvida la gorra!
Entonces el
paisano -frente a la demudada clientela- lo liquidó con la respuesta antes de
mandarse a mudar.
-Dejatela, ¿para qué la quiero? -dijo y remató-: ¡Si me arrancaste la cabeza!
2. PAOLO Y LAS CÁMARAS
El día que
Jorge "Paolo" Montejo cumplió años, Juan Alberto Badía se lo festejó en su
programa de televisión. "Paolo" había llegado a la fama. En la tribuna estaban
sus padres. "Venga, venga, don Montejo",
le dijo Badía al momento de soplar las velitas: "Acérquese, hombre? ¿o le tiene miedo a las cámaras?". A lo que el
viejo Montejo soltó con total y rotunda naturalidad: "¡Que le voy a tener miedo a las cámaras si toda la vida tuve una
gomería!".
3. LA PUERTA DE SELVETTI
El Colorado
Santiago Selvetti fue el empresario icónico del siglo pasado, el hombre que
inventó Metalúrgica Tandil, el arquetipo del emprendedor. En los años 80 se le
ocurrió construir el edificio de la Galería de los Puentes. Hacerlo le costó
sangre, sudor y lágrimas. Y lo salvó in extremis el rescate financiero del
Banco Comercial de Tandil.
A la
entrada de la Galería, el empresario hizo colocar una puerta corrediza
eléctrica, automática. Era la llegada de la modernidad tecnológica al pueblo.
El día de la inauguración, a paso ágil y enérgico, feliz ante el martirio de
una obra consumada, Selvetti entró a la galería. Encaró con el impulso
desmedido que expresan los hombres de acción. Pero los sensores fallaron, la
puerta no se abrió y Selvetti rebotó contra el vidrio y quedó sentado de culo
en mitad de la vereda.
"No es la mejor forma de entrar por primera vez
a un lugar que uno creó", dicen que le dijo el Colorado al responsable de la obra. El humor lo
acompañó a lo largo de toda su vida.
4. NADA FINO
Indalecio
Oroquieta tenía como segundo nombre María. Llegó a ser intendente municipal de
carácter interino en 2000, tras la renuncia forzada por problemas de salud de
Julio Zanatelli. Cierto día la Secretaría Privada recibió un mensaje dirigido a
MARÍA INDALECIO OROQUIETA. Quien la escribió pensó que el Intendente era una
mujer.
Al ver la nota, Oroquieta, que nunca sobresalió por su sutileza ni su galanura, le dijo a una de las secretarias: "A éste contestále que el Intendente de Tandil tiene sobrante, no tajo".
5. MORIRÁS CON LA BOCA BIEN ABIERTA
La señora,
ya septuagenaria, decidió ir al teatro. El arrasador éxito de la obra "Morirás
con las piernas bien cerradas", también había cautivado su interés.
Emperifiolada para la ocasión llegó hasta la boletería, abrió la cartera y
pidió con la más completa naturalidad: "Una
entrada para ?Morirás con las tetas bien paradas?, por favor?".
6. EL SEÑOR DE LOS ANILLOS
Sintió que
esa noche era su noche. En pleno ritual de la catrera y con el fin de darle
mayor volumen y rigidez a su miembro viril, el hombre decidió introducir un
anillo en su sexagenario "pitilín". El resultado fue dantesco: una inflamación
morcilleó horrorosamente su pene llevándolo derechito a la Clínica Chacabuco.
Luego de horas dramáticas, el cirujano logró romper la alianza fatal y nuestro
personaje zafó por milagro de la irreparable amputación del miembro. No así de
los comentarios venenosos y las burlas soeces del vecindario. Desde entonces se
lo conoce como El Señor de los Anillos.
7. BULONES
Puerta de
la sucursal de Carrefour del centro. Morocha pulposa y bien plantada sale
cargada de bolsas del supermercado. Arquetipo del Hombre Primitivo al volante
de un Audi que desacelera y le dice: "¿Qué
comés, mamita, bulones?". Morocha que lo fulmina con un lapidario: "No, boludo, soy la dueña de Bulonfer".
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