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23 de septiembre de 2016
por
Elías El Hage
EN EL IMPERIAL. Fue en el Imperial, en 1967. Jorge Luis Borges había pedido un plato de arroz con un huevo duro. Mientras hablaba con quienes lo habían traído a Tandil para que diera una charla sobre Edgar Allan Poe, entró un tipo al restaurante. Fue derecho hasta la mesa del ilustre escritor y, cortando la charla, preguntó de manera intempestiva dónde estaba el baño. Borges lo fusiló con una ironía que el tipo jamás alcanzó a comprender: "Al fondo y a la derecha. Detrás de un cartel que dice ?Caballeros?? no le haga caso y siga?". La cosa no terminó ahí. Dicen que entre uno de los comensales de la mesa que acompañaba al escritor había un descendiente de vascos y erudito y proactivo vecino, cuestión que Borges naturalmente ignoraba. Alguien entonces le preguntó su opinión sobre la cultura vasca, a lo que Borges, tal vez sin malicia pero sin anestesia sentenció: "¿Qué se puede esperar de un pueblo que hace 500 años se dedica a ordeñar vacas". La ceguera del maestro le impidió ver -pero no quizá percibir- la tensión del mal momento.
PAPELITOS. En los ?60 la llegada de un circo era todo un acontecimiento para el pueblo. Una de esas mañanas lo primero que vieron los vecinos de la Vuelta al Perro fue un elefante rengo tirando un carro destartalado. De pie en el pescante venía un italiano con camiseta de frisa y un smoking apestando a mortadela. Al cuello llevaba colgado un megáfono con el que se aprestaba a anunciar la fabulosa presencia del Circo Papelitos. Se trataba de un circo antiguo, es decir con un menú artístico completo. Bajo su carpa se representaba no sólo la exhibición de animales, hombres que lanzaban fuego y payasos; también tenía lugar la función de teatro y el conjunto musical en boga de la época. El circo tenía por dueño a un tano, un rufián simpático. Sobre el hombro del tano se posaba la gran atracción del circo: un loro paraguayo a quien se le adjudicaba un prodigio mayor: el loro deleitaría a la concurrencia con el recitado del santo rosario. La atracción magnética del loro despertó el furor en la boletería. Sin embargo todo lo que el loro se redujo a decir fue un decepcionante: "Amén". Cinco días después el dueño del circo informó por el megáfono una presencia estelar para la función despedida. Por eso el tano anunció a precios populares el espectacular recital de "Los Cantores del Alba", conjunto folclórico que era la revelación de la temporada. Y otra vez a la populosa barriada donde se instaló la carpa irían a arribar tandileros de todos los rincones de la urbe. Fue el Tano en persona quien proclamó el último acto de la función despedida. "¡Damas y caballeros!", dijo exultante ante la carpa llena, "ha llegado el momento de presentarles lo prometido? Con ustedes? ¡Los cantores del alba!, gritó y una cerrada ovación coronó a sus palabras. Pero a continuación el aplauso quedó congelado en un silencio estupefacto, y en las caras de los centenares de vecinos que habían pagado la entrada al circo se dibujó una mueca de perplejidad irremontable. Porque los cantores del alba aparecieron en toda su más absurda dimensión. Se trató de cuatro empleados del circo que subieron al escenario? ¡con cuatro gallos abajo del brazo! Fue un largo minuto de atontamiento general. Después empezaron a volar los bancos y los insultos por la estafa consumada pero el Tano ya tenía todo planeado. El circo se fugó esa misma noche llevando al apócrifo loro rezador escondido en el carro tirado por el elefante rengo.
El HOMBRE ORQUESTA. Será inevitable que en la charla sobre Witoldo aporte una digresión acerca de Archiprete, también llamado "El Hombre Orquesta", personaje estrambótico que el escritor polaco conoció en sus cotidianos cruces callejeros con los personajes de la época. Será inevitable que recuerde el día que Archiprete, quien daba conferencias sobre los "corpúsculos luminosos" en medio de la hilaridad general, escribió un libro inentendible bajo el título de "¿Por qué vivo yo?", cuyo manuscrito envió por correo a un editor porteño. Y será inevitable contar la fulminante respuesta que le dio el editor: "Usted vive aún porque no me trajo el libro personalmente".
EN FLAMINGO. Pero si bien la confitería Rex era el ámbito intelectual donde se movían Gombrowicz y sus jóvenes discípulos tandilenses, había entonces un duelo de clase entre la aristocrática confitería Moritat y la plebeya Flamingo. Este boliche, ubicado en la Galería que une las calles Pinto y 9 de Julio, tenía un entrepiso que aún guarda la memoria insepulta de un inefable acontecimiento. Todo comenzó cuando los amigos de un personaje de la época, el Flaco Araya, le pidieron que exhibiera la última de sus aficiones. Parece que el hombre contaba con incipientes conocimientos acerca de una materia ignota para esos años: el yoga, disciplina que combina la meditación con la destreza física, la agilidad con la filosofía oriental, y la armonía del cuerpo y el alma. Pues bien, los caballeros le solicitaron que hiciera un ejercicio de yoga muy en boga por entonces: una suerte de enrosque de las piernas sobre la cabeza, pirueta que convertía al cuerpo humano en una pelota de carne sobre el piso. El Flaco Araya se quitó la campera y se recostó en el entrepiso del boliche. Luego se sentó, se concentró, respiró hondo y estiró las extremidades inferiores. Tras un minuto de meditación tomó impulso y de un tirón revoleó las piernas hacia atrás, hasta que logró pasarlas por ambos lados de la cabeza. Enseguida los pies, como una suerte de tenaza, rodearon el cuello despertando la gran ovación de la noche. Tras el aplauso se abatió la duda. Convertido en un nudo de músculos y huesos, el Flaco Araya no salía de su posición ultrafetal, como si fuera el fueye cerrado de un bandoneón, hasta que cinco segundos después los amigos escucharon el alarido espeluznante. "¡Ayúdenme que me quedé trabado!", gritó el Flaco. Los parroquianos se entregaron a la carcajada. Los pocos que intentaron desanudarlo no lograron sacarle los pies enroscados sobre el cogote. Entonces lo cargaron en la caja de una camioneta y se lo llevaron a la guardia del Hospital, a toda velocidad por esas calles que los atorrantes tomaron a propósito para hacerle sentir al amante del yoga -que seguía enroscado sobre sí mismo- los rigores del tortuoso empedrado tandileño. Al tiempo Flamingo cerró sus puertas, dicen, meses antes del final de Moritat.
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