31 de enero de 2018

PERSONAJE DE LA SEMANA

PERSONAJE DE LA SEMANA. Mi vida va prohibida, por no llevar papel...

por
Mauro Carlucho

Todavía no llega a los 40 años, pero parece que hubiera vivido tres vidas. Nació en un campo, en el interior de Costa Rica. En las inmediaciones solo había selva y vegetación abundante. El calor ardía las calles de ripio y casi no había industrialización. El trabajo de campo era todo a mano y mediante la fuerza animal.

Así pasó su infancia, rodeado de 4 hermanos y con una vida tranquila. Jugaban a los mismos juegos que aquí. A la escondida, a las bolitas y a la mancha. Recuerda las madrugadas a la 5 de la mañana. Ya que había que ayudar en las tareas agrícolas. Darle de comer a los animales de la granja y ayudar en lo que se podía.

Luego de almorzar se iban para la escuela. Tenía que caminar 7 kilómetros y atravesar aguaceros y calores que rajaban la tierra.

Su mundo constaba de selvas y ríos. Pero sus sueños lo llevaban a otro lado. Se imaginaba viviendo en ciudades importantes, como las que veía en las películas de Hollywood. Muchos jóvenes de Centroamérica salían de aquella tierra en busca de otro futuro.  Wagner sabía la historia de primos y paisanos de su tierra que ahora vivían en los Estados Unidos. Siempre se contaban historias o llegaban cartas donde mostraban fotos de autos lujosos y edificios que llegaban hasta el cielo.

Wagner le dijo a sus padres que soñaba con salir de Costa Rica en busca de un futuro mejor. Pero ellos querían otra cosa. No tenían fondos para ayudarlo y les daba miedo imaginarlo solo en Norteamérica. Pero él no se dejó frustrar. De a poco comenzó a juntar dinero para cumplir su sueño.

Probó una y otra vez de conseguir una visa para entrar al gran país del norte, pero en todas las oportunidades esta fue rechazada: "La segunda o tercera vez que fui, les dije que entraría de todas formas. Ya no me importaba el permiso. Tenía la convicción de que iba a vivir en los Estados Unidos de América", le dijo a El Diario de Tandil.

Le habían contado de un "coyote" que pasaba gente de la zona hacia los Estados Unidos, pero necesitaba mucho dinero. Cuando sus padres lo vieron completamente decidido en esta aventura, embargaron una parte de la chacra familiar y le hicieron un préstamo.

"Con 20 años salí de Costa Rica acompañado de un amigo. Del campo nos fuimos a San José y de allí tomamos un avión hacia el Distrito Federal de México. El Coyote nos había dado todas las indicaciones que debíamos seguir al pie de la letra. Esperamos una semana en un hotel y luego nos tomamos otro avión a Monterrey. Allí tuvimos el primer problema con migraciones, que debimos resolver con una coima que pagó mi amigo. Yo solo tenía unos pocos dólares que no pensaba sacar por nada del mundo. Nos fuimos a la terminal y tomamos un bus que nos acercó a la frontera. Cuando bajamos nos estaban esperando. Nos llevaron a una casa y nos tuvieron tres días encerrados. Después nos pasó a buscar una camioneta y nos llevó a un rancho perdido en el desierto. Éramos un grupo de 20 personas, con gente de todos lados de América. Había brasileros y muchos centroamericanos. Nos pidieron que descartemos todo lo que teníamos, la ropa, todo. Solos podíamos llevar un galón de agua por persona", contó en detalle sobre una aventura que recién empezaba.

Al día siguiente los pasó a buscar una camioneta y los llevó a todos hasta un monte de cactus, a pocos kilómetros del Rio Grande. Hito limítrofe entre los dos países. El calor era insoportable, pero la ansiedad por llegar a la "tierra prometida", podía más.

"Nos habían dicho que debíamos cruzar por un túnel, pero días atrás habían tenido un problema con la policía fronteriza y decidieron cruzar a través del rio.  Estábamos apostados a pocos metros del cauce, cuando vimos pasar a la patrulla, nos acercamos a hurtadillas y el coyote nos dio la orden de cruzarlo. Ya estábamos en tierra de los EEUU, pero todavía faltaban muchas historias por vivir", indicó.

Caminaron con mucho miedo unos kilómetros por el desierto y llegaron a otro rancho perdido entre cactus y tierra árida. Allí los encerraron en una habitación como animales. Les tiraban la comida en el piso y usaban un rincón del cuarto como baño. Hacía dos días que no comían. El calor y los olores eran insoportables.

"Al otro día nos  pasaron a buscar como estaba previsto y nos subieron a una camioneta, la caja de la camioneta tenía un doble fondo y nos hicieron acostar como si fuera un tetris. Nos taparon con un caucho y salimos rumbo a Texas. La gente estaba contenta, ya viajábamos por rutas norteamericanas  y calculábamos que en pocas horas llegaríamos a destino. De pronto empezamos a escuchar unas sirenas. Gritos, corridas y la lona que vuela por los aires. Salimos todos de un salto y vemos a un policía armado que tenia esposado al coyote. Yo tenía todo el costado del cuerpo quemado por la chapa de la camioneta.  Cuando yo logro salir tengo un policía que me hablaba en ingles y me apuntaba. Fue todo una locura. Eran dos policías y nosotros éramos más de 20, entre el coyote y los inmigrantes. La mayoría no tenía nada que perder. En eso el coyote empezó a correr y saltó un alambrado de un pique. Yo y mi amigo corrimos detrás de él, lo mismo hizo otro muchacho. Al resto del grupo no los vi nunca más. Corrimos todo lo que pudimos, después de un rato venía el helicóptero y en esa parte por donde te pasan, hay mucha ropa, muchos zapatos, son unas franjas inmensas que se ven desde el aire, de toda la gente que pasa y va largando lo que lleva demás, nosotros nos escondíamos ahí cuando pasaba el helicóptero. Al resto de la gente se escuchaba que la iban agarrando, nosotros quedamos escondidos hasta que oscureció. Era como una película.  Caminamos toda la noche, de día nos escondíamos. A los dos días dejaron de pasar los helicópteros, entonces pudimos seguir avanzando, siguiendo lo que nos decía el coyote. No teníamos nada para comer y apenas nos mojábamos los labios con un poco  de agua.  De noche teníamos que hacer guardia para dormir. Dos dormían y los otros dos hacían guardia por los perros salvajes que andan en el desierto. Los veíamos como nos iban rodeando y los echábamos con piedras. Fueron días terribles. Hasta que una mañana vimos una luz a lo lejos. Era un rancho. El coyote no quería saber nada con que vayamos, porque podían ser policías o gente que nos denunciara. Pero yo no daba más. No tenía más energía. Nos acercamos, salieron dos perros gigantes y atrás un señor mayor. Nos dijo que nos iba a ayudar y que traigamos a los demás. Luego nos encerró en un galpón y nos dijo que era policía, pero que nos iba a ayudar de todas maneras. Al rato volvió con un vasito muy pequeño de agua para cada uno. Yo estaba sediento, quería beberme un barril entero. Pero el tipo nos encerró de nuevo. Cada tanto nos traía un vasito. Luego nos explicó que había aprendido la lección cuando la gente se le moría en ese mismo lugar.  Reventaban a causa de la deshidratación. En cambio, si les daba agua de a poco, podían sobrellevar la situación. Después vino y le quito las esposas al coyote. Nos dejó hacer una llamada para contactar a la gente que trabajaba con el coyote y nos pidió que dejemos el lugar lo antes posible. Cansados, pero luego de comer y beber agua, volvimos a caminar por el desierto. Estuvimos varias horas hasta que llegamos al punto de reunión con esta gente. Nos pasó a buscar una camioneta y seguimos camino. Volvimos al rancho del desierto de donde habíamos partido y empezamos nuevamente el viaje con otro grupo. A la mañana salimos en camioneta y nos dejó en medio del desierto. Creo que caminamos seis días. Sin comida y apenas con agua. Cada tanto nos dejaban descansar. Pero había que dormir en cuclillas, por las hormigas y alacranes que acechan en todo momento. Fue una experiencia terrible. No se la recomiendo a nadie. Pero no tenía otra manera de llegar allí. En todo el viaje siempre intenté estar junto al coyote en la delantera del grupo. Pero una noche me quedé sin fuerzas. Me fui quedando atrás y terminé en el suelo. Por un tiempo me rendí. Los demás seguían avanzando y nadie te espera. Se veían huesos y restos humanos por todo el camino. Pero me salió una fuerza interior de no sé donde, me puse de pie y comencé a correr. No hice tiempo a alcanzar al grupo, que ya habíamos llegado a una ruta. Allí nos vino a buscar una camioneta. El chofer paró a comprar comida, gaseosas y nos llevó a un departamento en la ciudad de Dallas. Cada vez estaba más cerca de mi sueño", contó como si estuviera relatando una película.

Los tuvieron 5 días en ese lugar, hasta que una mañana les dijeron que había llegado el gran día.  Les dijeron que iban a dar un paseo, pero en determinado momento los bajaron de la camioneta y les pidieron que sigan caminando sin mirar atrás. Que no miren fijo a nadie y que sigan unas cuadras para obtener la "libertad".

Con la piel erizada por los nervios y una mezcla de cansancio y emoción, los sorprendió el coyote que habían contactado en Costa Rica. Los subió a otra camioneta y los llevó a New Jersey, donde finalizaba el viaje.

Habían pasado 17 días desde su salida de San José. Una odisea increíble que repiten a diario miles de latinos.

Cuando llegaron a Nueva Jersey tardó poco tiempo en acomodarse. Unos paisanos de su tierra le dieron cobijo y lo ayudaron a conseguir empleo. Primero se dedicó a la pintura y luego aprendió a trabajar como carpintero. El idioma nunca fue un problema. En 10 años que pasó en el norte, nunca aprendió a hablar fluido. Pero tampoco nunca lo necesitó.

Trabajó en relación de dependencia  y luego se independizó. Le fue muy bien económicamente. Pagó la deuda con su familia y logró un muy buen bienestar.  Se hizo de amigos, conoció a una chica y esta quedó embarazada.

"Económicamente fue la mejor época de mi vida. Era el sueño americano. Pero nada dura para siempre. Despilfarré mucho dinero y en un momento comencé a tener graves problemas con la madre de mi hijo. Me llevó a la corte por la manutención y tuve muchos problemas. No me dejaba ver a mi hijo y yo estaba mal. Empecé a perder empleos y todo iba para atrás. En ese tiempo conocí a Claudia, que es de Tandil, y nos pusimos de novio. Para salir de ese caos decidimos venir a Tandil. Era el año 2010. Aquí no conseguía empleo y no la estaba pasando bien. Asi que me fui para Costa Rica. Me había ido hacía más de 10 años y mi madre casi se muere de un infarto al verme llegar. Estuve seis meses y nunca me pude sentir bien. Era un extranjero en mi tierra natal. Claudia me fue a buscar y nos volvimos a Tandil. En esta oportunidad pude conseguir trabajo y estamos muy bien, la ciudad es linda y me tratan bárbaro. Pero tampoco siento que sea de aquí. Tengo decidido volver a Norteamérica. Se lo prometí a mi hijo y lo pienso cumplir. Hace siete años que no lo veo. No sé como haremos para entrar, pero ya una vez lo pude hacer y ahora los papeles tampoco serán un impedimento", finalizó.

Una historia distinta para este Personaje de la Semana. Una aventura increíble que nos permite pensar en los inmigrantes y en todo lo que hacen las personas por cumplir sus sueños.  Creemos que estas situaciones pasan en las películas o en historias lejanas, pero a veces pasan a solo unas cuadras de nuestra casa.

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