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17 de agosto de 2016
por
Mauro Carlucho
Cuando
surgió su nombre para esta sección, pensamos en ir a buscarla a su casa de
calle Pellegrini, pleno barrio de la estación. Contactamos a su hijo para ir a
verla y nos informaron que se había mudado a una residencia geriátrica.
Inmediatamente
nos surgieron algunas dudas. ¿Cómo estará Liri? La recordábamos tan jovial y
alegre que teníamos miedo de hallarla distinta.
Por suerte
cuando entramos al geriátrico la vimos reluciente. Sentadita en una mesa,
jugando al solitario, estaba al tanto de todo lo que pasaba en la sala. Sabía
que iríamos a visitarla y así se lo había hecho saber a toda la comunidad.
Hace poco
tiempo que se mudó. Ella aclara que era por la soledad. "Para estar más acompañada", nos dice. En pocos días movilizó todo
el establecimiento. Por supuesto que llevó un teclado para despuntar el vicio.
Pero también armó un grupo al que le enseña a tejer y compartió algunos juegos
de naipes para las horas largas.
"Hace poco cuando cumplí los 95 años -nació un
3 de agosto de 1921- vino todo el mundo. Mis amigas me decían que este lugar
parecía un hotel de 5 estrellas más que un geriátrico. Está muy bien cuidado,
la gente es muy amable. No sentís olores feos y la pasamos lindo. Yo me
divierto", sostuvo
a ElDiariodeTandil.
Buscamos un
lugar más tranquilo para ponernos a conversar. Nos invita a una sala ubicada
frente al patio. Camina con el andador, pero aclara que es "por confianza", ya
que puede moverse sola sin problemas.
Para ir
entrando en confidencia le pedimos que nos hable de su infancia, de sus padres.
Ella se pone el "casete" y comienza: "Primero
te quiero aclarar que fui muy feliz toda mi vida. En la infancia, en mi
adolescencia, como estudiante y de novia ni te cuento. Me casé con un hombre
modesto y trabajador. Siempre luchamos a la par. Trabajé y fuimos progresando
juntos. No fuimos ricos, pero nunca nos faltó nada. Ahora sí, pregúntame lo que
vos quieras".
Llegó al
mundo en un edificio que estaba ubicado donde hoy se encuentra la Clínica
Chacabuco. Allí se erigía la Sociedad Cosmopolita de Socorros Mutuos. "Mi abuelo era el encargado del salón.
Hacía de todo pobre. Era cobrador, limpiaba, gerente. Mi padre trabajaba en el
campo. Era constructor. Hacía galpones y casas en las estancias de la campaña.
Éramos 9 hermanos y no nos sobraba nada. Cuando tenía 6 años nos mudamos a 14
de Julio al 200, era una casa que había levantado mi padre. Recuerdo que tenía
una palmera y hoy todavía está en pie. Fue una de las primeras que hubo en la
ciudad".
Todos sus
estudios los hizo en la Escuela Normal, donde llegó a recibirse de maestra.
Pero al mismo tiempo empezó con la música. "Tenía
siete años y mi padre quería que yo estudie piano. Era como un orgullo para él.
Pasé por varias maestras al principio y no les gustaba mucho, hasta que un día
me llevaron con el maestro (Isaías) Orbe. Lo recuerdo como si fuera hoy, fui
acompañada de mi padre y el maestro me sentó al piano. Me pidió que toque un
tango y enseguida dijo: ?Esta señorita va a llegar lejos?. Imaginate la cara de
mi padre. Orbe era una persona muy destacada en aquel tiempo", indicó.
En la
escuela no se lució tanto como en la música. "No era mala alumna, pero era medio haragana y no tenía las mejores
notas", recuerda. Con la música era un diamante en bruto para el maestro
Orbe. Todavía era apenas una adolescente cuando la nombró su ayudante en las
clases. "Con él me gané el primer sueldo
a los 16 años. Donde hoy está la Universidad, antes estaba el Hotel Palace. En
las noches de verano un grupo tocaba musica en un escenario que estaba sobre el
comedor. Eran todos maestros. Orbe, los Nielsen, gente muy respetada. De joven
me invitaron a tocar con ellos. Recuerdo que me pagaron 40 pesos por la
presentación. En aquella época era imposible pedirle plata a nuestros padres,
me vinieron bárbaro", comentó.
Cada
relato, cada historia, terminan inexorablemente con una carcajada. Se siente
segura, no le debe nada a nadie. Es más, dio todo lo que tenía a su alcance por
amor a la música.
Antes de
dedicarse por completo al piano ejerció como maestra. Estuvo casi 7 años
viviendo en el campo -venía de tanto en tanto a la ciudad-. Fue maestra en Lumb
(partido de Necochea), en la Numancia y en Napaleofú. "Fue una etapa muy linda también, sacrificada. Pero no me quejo,
siempre hice muchos amigos y pude hacer lo que me gusta", explica.
En esa
época conoció al que sería su esposo a lo largo de toda la vida. Ella había venido del campo a
pasar un fin de semana cuando fue con su hermana a una retreta. Seguro el 95%
de ustedes se preguntarán que era esto. Se trataba de un evento habitual en los
años ?40. "Había una banda musical que
tocaba en el kiosco y la gente caminaba por calle Independencia hasta la
Iglesia. Las chicas caminaban por el veredón y los caballeros se paraban
mirando como si fuera la vuelta al perro. Ese día yo fui con mi hermana, por
ahí lo vi y pensé: ?¡Que churro este hombre!, ¡qué lindo sería hacerlo picar
para la kermesse del Santamarina!".
Esa
desfachatez le vino de fábrica. Es extrovertida y alegre. "Pero la historia sigue", nos dice. "Cuando estamos entrando al baile lo vemos atrás nuestro. Pensé que yo
también le había gustado y me puse contenta. De pronto nos sacan a bailar, pero
el sacó a mi hermana y un amigo me sacó a mí. Me quería morir. Pasaron unos
temas y cambiamos de pareja. Recuerdo que estaba tocando la orquesta de los
Hermanos Ballent. Hablamos de música, porque él también era músico, de
golosinas y caramelos. Eran otras épocas ¿no?".
Luego de 4
años de novios dieron el sí ante el altar. Ella tenía 27 y el 29. No lo
pudieron hacer antes por falta de fondos.
"Mi marido trabajaba en el Molino
El Progreso y apenas ganaba 115 pesos por quincena. Tuvimos que ahorrar para
comprar la casa y todo lo que necesitábamos. Había que adaptarse a lo que
había, pero ojo, no me quejo".
Don Baretta
compró una casa vieja en el Barrio de la Estación a cuatro mil pesos. Era muy
humilde, apenas una cocina rustica, el cuarto y una letrina en el fondo. "Trabajó mucho en la casa, porque no
teníamos nada. Al costado vivía los Pasty y no había paredes, apenas unos
alambres".
Cuando se
casaron Liri debió dejar su oficio de maestra rural, ya que no podía estar
viviendo en el campo. Su marido le propuso que dicte música en la casa y retome
su otra pasión.
"Que te voy a decir de la música, me dio todo.
Trabaje muchísimo durante toda mi vida. Empecé con unos pocos alumnos y en un
momento no entrabamos en mi casa de tantos que eran. Trabajé con el maestro Orbe
en la Universidad Popular. En aquella época Juan Buzón era el caudillo del
pueblo. Fundó la escuela, pero nunca la oficializó. Nos pagaban dos pesos por
alumno, pero vaya que hacía falta. Cualquier manguito nos venía bien",
Tocó con
todos los maestros y los grandes intérpretes de su época. Hizo teatro y se
paseó por todos los escenarios. Era lo mismo presentarse ante el público más
ilustre de la ciudad o en medio de una tertulia de jubilados. Ella y su piano
fueron un dúo inseparable, aunque también se animó con el acordeón.
De grande
recibió merecidos homenajes. La cultura de Tandil tiene un capitulo con su
nombre grabado a fuego. Por eso no extrañó cuando la eligieron entre las 10
mujeres pioneras de nuestra ciudad. "Fue
una distinción muy linda. Me llegó por sorpresa y me hicieron emocionar. De las
10 mujeres yo soy la única que sigue viva. Otro día me llevaron para presentar
un mural en el barrio de la estación. Cuando falte no me van a poder olvidar
tan fácil", dice entre risas.
"Yo siempre le digo a mis hijos, a mis nietos y
a mis amigos: Cuando me muera no quiero ver a nadie llorando. Quiero que
cuenten cuentos, a mí siempre me gustaron los cuentos verdes. Así quiero que me
recuerden. A veces les cuento cuentos a los viejitos de acá adentro y las
enfermeras me retan. Pero es lindo, no sabes cómo se ríen los viejitos", avisa, cómplice.
Antes de
terminar la entrevista trae el órgano y lo pone en la mesa. Sus compañeros la
siguen con la mirada. "Hace poco me di
cuenta que se me van ciertos tonos en la mano izquierda. Debe ser la edad, pero
lo llevo bien, mirá como me piden que toque música", celebra.
Atrás todos la miran. Es la artista de la residencia. Una mujer feliz y agradecida de la vida.
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