14 de febrero de 2016

Opinión

Opinión. Lester no se bajó

physique du rôl de Carlos Gardel, por lo tanto tenía que afeitarse la barba y el bigote y teñirse el pelo de negro, justo él que ya había asumido la azotea ceniza y blanca. Contra los pronósticos pesimistas Lester estudió, ensayó sin pausa, dejó que el director le marcara los tiempos hasta que se convirtió, sencillamente, en Carlos Gardel. Toda la obra era una alegoría del cantor en una suerte de plaza del exilio acompañado por una presencia mítica: Rita Hayworth. El encuentro de estos dos artistas constituía la metáfora de un tiempo demasiado bello para ser real. De modo que la obra transcurría como en un estadio de ilusión, como un espejismo construido a dos voces en la media penumbra del Auditorium Municipal. La noche del debut el público quedó perplejo cuando apareció Carlos Gardel encima de un Lester irreconocible. Lo acompañaba María Molina, en el papel de una diva alta y digna, herida por el olvido. Entonces a los actores se les reveló una vez más para qué sirve un estreno: sirve para que ocurra lo que nunca sucedió en un ensayo general. Porque en mitad de la obra, Lester fue al lugar del escenario que el director le había marcado durante los ensayos. Era una escena intimista donde Gardel, bajo un reflejo azulado, se ponía a cantar a capela “Volver”. El Colorado se plantó en el rincón elegido y clavó su mirada aguachenta en un punto impreciso del horizonte. Entonces empezó a cantar. A tres metros de altura, colgado de un andamio detrás del telón, el Flaco Lazarte tenía que hacer dos cosas al mismo tiempo: prender un ventilador y acercarlo a una bandeja repleta de telgopor picado. El efecto sería el de la nieve cayendo sobre la figura de Gardel en el exacto momento que el morocho tarareaba aquello de “las nieves del tiempo platearon tu ser…”. El director prendió el ventilador y el efecto embelesó al público y lo dejó suspendido en esa imagen de ensueño: la de Gardel difuminado mágicamente entre los copos de nieve bajo una penumbra azul. La obra se habría encaminado hacia su mejor final si el Colorado hubiera visto llegar un resto de telgopor que viajó como un cohete desde el ventilador hasta la boca abierta del actor. Pero Lester no vio nada y mientras decía “Volveeeeeeeeerrr…” sintió que algo le entraba en la boca, y luego percibió una picazón intensa en la garganta. “Me atoré con el telgopor” pensó. Entonces miró desesperado a su director y trató de no perderse con la letra, pero la voz se le quebró porque el fragmento de telgopor no iba ni para arriba ni para abajo, hasta que empezó a toser, una, dos, tres veces, y la voz se le convirtió en un hilo, un chillido ronco, hasta que no pudo aguantar más y clamó suplicante: “Cof, cof… ¡Qué lo tiró…! ¡Cómo nieva!”. El enorme ángel guardián que lo protege le dio una mano y lo dejó llegar hasta el final de la obra. Lali Expósito no tuvo esa suerte. Quizá no sea lo mismo tragarse un bicho que un fragmento de telgopor. Ni tener que cantar a tener que hablar. Pero ante la adversidad inesperada también se calibra el volumen de un artista -su animalidad escénica- que lo llevará o no a tomar una decisión límite: la de retirarse del escenario. Cuando las papas quemaban, Lester no se bajó.

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