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21 de junio de 2016
por
Federico Sánchez Chopa
(Por Federico Sánchez Chopa)
Eso sentí al llegar. Tantos recuerdos que vuelven en un solo momento, todos juntos sin anestesia. Hacía mucho tiempo que no tenía esas sensaciones, añoranzas de una etapa de mi vida que transcurrieron entre las paredes, pasillos y muchos mates en MI campus universitario. Mientras espero los chorizos para arrancar con el asado de bienvenida a los estudiantes de primer año, sueño y juego con mis recuerdos.
Los que han vivido esta maravillosa etapa de estudiante en nuestra facu, saben de lo que hablo. El saludo matutino en el buffet -aunque en mi época de estudiante era muy distinto al de hoy en día-, era la parada obligada luego de viajar apretujados por media hora en el azul o el marrón, para venir a cursar al "submarino", otra vez apretujados. El nutria, el turco, el gallego? apodos que nunca nos olvidaremos, como algunos otros que no se pueden listar. Esas complicidades con los profes que fuimos aprendiendo a valorar al avanzar en la carrera, y que recordamos mucho más cuando ya no estamos bajo sus alas, cuando la maduración obligatoria de la vida nos lleva a armar nuestros propios caminos.
¿Quién se puede olvidar de los asados del Confa, que donde hay oportunidad pone su arte culinario a disposición? ¿O de las olimpíadas de primavera, que terminabas de correr y tenías que ponerte los botines para jugar al rugby, antes de ir al gimnasio a jugar al básquet, y no te olvides que a las 4 te están esperando para el partido de fútbol contra exactas? Siempre con un tinto en la mano, y una hinchada violeta que no para de cantar: "nos quedamo'en la cama, nos quedamo' durmiendo?". Mateo, dirigiendo como árbitro principal, nos sonríe de manera discreta.
Arranca el asado y los mozos (estudiantes con ganas de ayudar) sirven chorizos a más de 800 personas, te alcanzan el pan, reponen ensaladas y a los más viejos (o sea, nosotros) nos preguntan constantemente si necesitamos algo. Ver esas miradas cálidas y respetuosas me hizo acordar de esas mañanas eternas, todos sentados en los pasillos con las carpetas abiertas, repasando a último momento, esperando a rendir el examen. Esa culpa la tienen mis antepasados, que me legaron este apellido. Esperar a la S era una eternidad, un sufrimiento, un parto. Veías desfilar caras alegres y tristes por doquier, sin saber el resultado que te esperaba. "¿Qué te tomaron?" era lo primero que se escuchaba después de cerrar la puerta, y ahí arrancaban los murmullos, las alegrías y los desencantos. El que tenía la carpeta en la mano, saltaba a la página 194, donde estaba explicado el proceso fisiológico de liberación pulsátil de esa hormona, o a la página 23, donde había anotado que el ñandú incuba los huevos por 40 días. Ni hablar de los puntos de sutura, o el teclado equino. Era un murmullo constante con muchos suspiros, hasta que se cortaba en seco cuando se escuchaba de nuevo la puerta: el profe salía con libreta en mano y una cara seria que hacía tomar la sopa al cuco. Y llamaba al próximo, y la historia se repetía.
Me acuerdo que teníamos -los de apellidos del fondo de la lista- un compañero que era nuestro "conejillo de Indias". Si él aprobaba, la cosa venía bien, ahora si desaprobaba, estábamos al horno? y con papas. No sé qué fue de la vida del Flaco, nunca más me lo crucé, ni en un congreso, ni en alguna charla, o en alguna estación de servicio que suelen ser los lugares elegidos para el almuerzo de los veterinarios de campo. Espero que la vida haya sido tan buena con él, como lo fue conmigo.
Llega el turno del asado, hecho al asador, un manjar indescriptible. Somos los primeros en recibirlo, son las ventajas que vienen con la edad. Miro a mis lados y veo complicidad, compañerismo, amistad. Siempre hubo excusas para unos mates, unos bizcochos o unas facturas "oreadas". Siempre hubo excusas para juntarse: "mis viejos me mandaron una encomienda con chorizos y quesos del campo", decía uno en el pasillo de aulas comunes 1 después de la clase de farmacología, y un aluvión de "yo voy!" se escuchaba al instante. Nada de andar mandando mensajitos por whatsapp, Facebook, o siquiera SMS para saber si la juntada era a las 5 o a las 8. Todo se arreglaba a la salida de las clases. Bicicleta, subidas y bajadas por todo Tandil, hasta llegar a tan glorioso destino, un buen salamín con queso del campo de un amigo.
Se termina la comida y empieza la música. Inmediatamente una parva de gente se dispone a juntar los tablones, las sillas para dejar espacio para lo que viene: EL BAILE. El pub de veterinarias, los Bailes Universitarios, Casa de piedra, Yamó, Woody, La terraza, Millenium, El Ángel, Macoco, Malú, Chiapas, Paca, Tabasco, María Morena, Gloria y tantos otros lugares donde la amistad seguía creciendo, donde se compartía una cerveza o un vino con todos, donde más de uno conoció al amor de su vida, o donde se rompieron varias relaciones. Ahí seguían los encuentros, las mismas caras que habíamos visto durante todo el día, seguían al lado nuestro. Nada de Tinder, nada de selfies, nada de celus.
Miro el reloj, 1 am del día sábado. Hora de partir, que hay que levantarse temprano. Comienzan las actividades de un nuevo día. Tomar unos mates con mi esposa, acompañar a mis hijas a hockey, que a las 10 tienen partido. Llevar a pasear a la perra, hacer compras, ordenar la casa y esas otras yerbas que son cotidianas en esta otra etapa de la vida. Antes de irme a casa quiero decirles a los chicos que disfruten, que vivan la vida universitaria, y que esa vida sea una vida sana, pero son muchos y no puedo. Tal vez el lunes, o en la semana, cuando los cruce en algún momento. Por suerte, yo sigo recorriendo los pasillos, las aulas y los laboratorios de la facu. Sigo viviendo y sintiendo esas mismas cosas de hace varios años, pero con una mirada distinta, con una mirada de "profe".
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