10 de octubre de 2015

Política

Política. La revolución en colectivo

“Porque instalamos un estado revolucionario dentro de un country y si vienen a desalojarnos nos tendrán que barrer… ”, me dice con total naturalidad Lezica, sonriendo. Antes, apenas empezamos a hablar, se preocupó por detallar el nombre de la organización que hace poco se escindió de la Corriente Clasista Combativa. “Nuestra organización se llama Movimiento 1º de Octubre José María Bulnes. Bulnes era el cacique Yanquetruz, que así se hacía llamar como su nombre de guerra. Yanquetruz fue un estratega de la pampa húmeda. Tuvo una relación comercial muy fuerte con Rosas y a su vez es el cacique emblema de la lucha de los pueblos originarios, la lucha de lo que ellos llamaban la usurpación de la tierra. Fue el cacique que ajustició al coronel Ottamendi. Él es nuestro emblema y respecto al 1º de octubre, le pusimos así porque ese día realizamos el primer corte de ruta de desocupados en Tandil”, historia Lezica. El rústico colectivo se los prestó un vecino del barrio. La imagen me devuelve a la memoria el título de una novela de Mempo Giardinelli: La revolución en bicicleta. Hay una pava negra de hollín y un mate que va y viene. La ubicación del micro permite divisar el valle de las tierras de la ex Tandilia SRL y también la entrada al Cerro Granito. El nombre dispara la primera aclaración. “No es Cerro Granito. Es Villa Cordobita, pero los vecinos de la comisión que formaron prefieren decir que son de Cerro Granito, parece que queda mejor…”, dice Griselda, irónica. A veces, cuando se relaja, una sonrisa por donde asoman sus dientes blanquísimos le afloja el rictus tenso con que suele aparecer en las fotos. Algunos sostienen que es descendiente de los indios qom; su pareja, Lezica, anduvo dos años de linyera, pero llegó a Tandil para trabajar en una cantera. Cuentan que la planificación de la toma demandó cuatro meses y Griselda acude a un giro textual para ejemplificar el nivel de conciencia de clase que fueron incorporando las 130 personas a medida que pasaban los días de la toma. “Antes a las casas de los vecinos que nos desprecian, nuestra gente las llamaban las casas de los chetos… ahora les dicen las casas de los burgueses”. “Nos castigan porque recibimos algunas ayuda sociales del sistema. Y sí, las recibimos pero para combatirlo”, aclara Lezica. Salimos a dar una vuelta por las tierras ocupadas. Para donde uno mire el entorno deslumbra con una estética exuberante. “El problema es que les arruinamos un negocio de 100 millones de pesos”, asegura. Las carpas y algunas improvisadas casillas de chapa contrastan severamente con las modernas construcciones del naciente barrio en el que viven aproximadamente treinta familias. El paisaje también tributa cierta belleza bucólica que el patrullero a la entrada del barrio interpone como un anticlimax. En la línea del horizonte se divisa un espejo de agua. Pero apenas se llega al cerro lo que abruma la vista es una montaña de chatarra, propiedad del hombre que vive debajo de las antenas, quien nunca en su vida debe haber recibido tantas visitas como en estos veinte días. Ambos creen que la toma libra una batalla específica contra el poder político, señalando la presión que éste realiza sobre el poder judicial. La extremidad ideológica y su consecuente praxis del Movimiento 1º de Octubre es tan palpable como el silencio de radio de otros movimientos sociales que también pelean por el tema tierra. “El silencio que más me ofende es el de las organizaciones de derechos humanos. Sea pelean para ser unos más fachos que los otros”, dice Lezica. Cuenta que la toma tiene dos delegados por manzana, que la gente -inquilinos en su mayoría- vive en las tierras ocupadas y que cada mañana va a trabajar, pregunta a qué hora es la asamblea y la reunión de delegados. En la asamblea se debate todo lo que hay que debatir, se pregunta si hay necesidad de llevar a alguien al médico, y se ajusta la cuestión de las guardias de vigilancia nocturna. Y en cuanto a los vecinos nucleados en la Comisión Cerro Granito aclara: “Para nosotros ellos no existen. Están en el medio de una toma de terrenos acéfalos y vacantes. Ellos son los que pugnan por desalojarnos, pero nosotros no tenemos nada que ver con ellos que están ahí, en sus casitas. En terrenos que les compraron a Cerviño y a Alewarts con escrituras falsas. El temor que tienen es que si sale a la luz que compraron con escrituras truchas ellos también van a quedar como ocupas. Es horrible para ellos… la conciencia de las clases medias y pequeño burguesas tienen un horror de quedarse sin su sustento, como lo fue el corralito en 2002… Quizá haya alguien que compró de buena fe, no lo sabemos… pero cuando alguien te dice que pagó 40 mil dólares y en la escritura figura 20 mil dólares, no sé si compro de tan buena fe”. A la hora de la despedida le pregunto a Lezica hasta dónde piensan llegar. “Hasta donde la gente quiera”, responde. Siete días después de la entrevista, con la espada del desalojo al acecho y sin negociación visible a la vista, la toma parece haber entrado en un inquietante punto sin retorno.
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