11 de agosto de 2016

ANÁLISIS

ANÁLISIS. La patada en el culo

por
Elías El Hage

Se sabía que la destemplada actitud de la empresa brasileña -que levantó campamento dejando a todo su personal con los sueldos caídos y sin respuesta alguna-, iba a tener su punto de inflexión en la concreción de una medida extrema: el bloqueo del Parque Industrial por parte de los trabajadores de la empresa y de la UOM.

El gobierno había intentado por todos los medios evitar esa instancia, entregando incluso una cobertura asistencial paliativa a los trabajadores, y actuando directamente sobre Cinpal a través del consulado para que Joaquím Carvahlo, la cara visible de la firma, entregara alguna respuesta que no fuera la nada misma.

En tanto, Romano acompañó la toma de la fábrica y luego el piquete de los trabajadores a metros del acceso al Parque Industrial, pero tras la cuarta ausencia de Cinpal en el Ministerio de Trabajo, o le faltó muñeca política para manejar la transición o empujó la decisión de bloquear el Parque Industrial. Con lo cual involucró en el conflicto a 51 fábricas y casi 800 trabajadores que a diario al Parque concurren. Un recurso de amparo que el gobierno presentó a la Justicia, podría haber sido una salida elegante a la fuerte presión que efectuó el empresariado sobre el poder político -es cierto- pero también y sobre todo y directamente en la figura de Antonio Caló, secretario general de la estructura nacional de la UOM. Ayer por la tarde la Justicia intentó notificar dos veces a Romano del visto bueno al amparo pero siempre encontró las puertas de la UOM cerradas. Pero en plena actitud elusiva, el secretario general recibió un llamado telefónico de tono perentorio: "O levantás el bloqueo o te intervengo la seccional y te vas con una patada en el culo", le dijo Caló, sin sutilezas. Acto seguido, obediente, Romano fue hasta el Parque Industrial y ordenó el fin del bloqueo, en medio del desencanto, la decepción y la certidumbre de los trabajadores de que su secretario general les había soltado la mano. Tal como textualmente lo dijeron a los medios.

Romano -que no se caracteriza por su buen talante ante las críticas periodísticas- tomó la decisión esperada. Y calcada de sumisión a la patronal, esta vez a su jefe corporativo. Cuando explotó el horno metalúrgico, el padre de Lucas Serén, una de las víctimas, lo acusó en la cara directamente como un sindicalista que había actuado en connivencia con la patronal para que finalmente cayera un manto de impunidad y el olvido sobre la tragedia. El fantasma del cierre de la Metalúrgica y el despido masivo de trabajadores, que agitó entonces el jefe de la UOM local, sirvió para convertir a esas tres muertes en un ominoso epílogo de silencio y complicidad. Romano conservó su sindicato y la realidad es que Metalúrgica no cerró y, por el contrario, actualmente está produciendo más y tomando nuevos trabajadores a su planta.

El error garrafal que hace tres días cometió Carlos Romano y lo dejó sin autoridad moral frente a los 40 trabajadores de Cinpal, parece un infantilismo político en la figura de un dirigente gremial con dilatada experiencia. Bloquear el acceso a un parque industrial que tiene 50 empresas y 800 trabajadores no pareciera ser la mejor idea para destrabar un conflicto donde el Estado, además, siempre lo tuvo presente y sentado a su mesa.

La convincente patada en el culo que le auguró Caló -un dirigente que, dicen, nunca lo quiso mucho- podría ser módicamente olvidada si el trascendido que está flotando por debajo del conflicto con Cinpal se convierte en una certeza: la posibilidad de que un empresario de Tandil -que no viene del palo de la fundición- compre la fábrica que abandonó a su suerte la impresentable firma brasileña.

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