28 de octubre de 2026

ENFOQUE

ENFOQUE. La eternidad, los iluminados y las manos

Por Alejandro Latorre

La pantalla del Espacio INCAA UNICEN proyecta un Tandil lejano y planificado: el de los trazos de la ciudad 2050, en el marco de la Semana FLAMA. Es lunes a la hora de la siesta. Allí, el moderador Rodrigo Rotonda deja picando una encrucijada existencial: mientras algunos exponentes confiesan que ya no van a estar para esa fecha, viendo el mañana como una eternidad inalcanzable, otros se aferran a esa instancia como la posibilidad de trascender a través de las ideas y los proyectos.

Ese horizonte de planificación conceptual encuentra su correlato vital al cruzar el umbral de calle San Lorenzo 1131, donde también aparecieron los zapatos gastados de este cronista el martes siguiente. En el galpón de Coopraee, Victoria Miguez está rodeada de viejos parlantes y un teclado en desuso, con el sol entrando por la ventana de atrás como un gato curioso. Ella, profe de arte y grabadora, no necesita maquetas del mañana para ganarle al olvido; en este rincón de resistencia analógica, transmuta el descarte tecnológico en una matriz viva donde se imprime la dignidad presente del laburo cooperativo.

Detrás de esa luz, en el corazón del taller, el francés Yoan Wako y Jorge Bustes meten los dedos en las entrañas de aparatos de los ochenta y noventa que parecen inmortales, desafiando cualquier obsolescencia. Son dos obreros fraternos, macanudos, que manejan el soldador con la paciencia de los antiguos alquimistas. Al verlos operar en ese caos que reina como dueña de una belleza espontánea, uno entiende que la verdadera trascendencia no es una abstracción digital ni una proclama formal. Estos pibes transformaron la alienación del trabajo que alguna vez denunció Marx en un acto creativo: al recuperar el control sobre el objeto y el saber, recuperan su propio tiempo. No corren detrás del cronómetro; habitan un instante eterno donde el desarmar y revivir la materia se transforma en un lazo de compañerismo puro y trinchera diaria para cuidar el morfi.

Es en ese chispazo donde la UNICEN y el Municipio encuentran el sentido más profundo de su articulación estratégica. La universidad pública robustece su matriz cuando camina el empedrado y pone el lomo junto a estos iluminados de la calle San Lorenzo, demostrando que el futuro de la comunidad no se escribe únicamente con algoritmos en pantallas de última generación. Los debates que proyectan el mañana necesitan de la flama de este galpón para nutrirse de realidad, concepto y acción. Vemos con estos fotogramas que mientras en los espacios de planificación se teoriza saludablemente sobre los límites de la vida humana de acá a un cuarto de siglo, abajo, en el latido cotidiano de la periferia, la muchachada de la cooperativa conquista la eternidad en el presente: salvando al Tandil del día a día, con la solidaridad como bandera y las manos embellecidas de grasa.


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