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21 de junio de 2016
por
Pablo Aspesi
Por Pablo Aspesi
Nuestra ciudad ha tenido el mes pasado un crecimiento de
hechos que muchas veces las estadísticas no reflejan, dado que estas se basan
en las denuncias policiales que innumerables veces no se radican.
No sólo es notorio el aumento en el número de delitos que se
cometen, sino que es sumamente preocupante el nivel de violencia manifiesta en
nuestra sociedad. Cada vez son más los hechos cometidos por menores
pertenecientes a grupos postergados y esto hace pensar que existe una íntima
relación entre la pobreza y el delito. No podemos negar que consta una correspondencia
entre la vulnerabilidad, las adicciones y la delincuencia. Sin embargo, la
cuestión para ser mucho más compleja.
Hace poco tiempo el ensayista, editor, y profesor de la
Universidad de Buenos Aires, Alejandro Katz manifestaba que el principal drama
de nuestro país no es la larga supervivencia de la Argentina populista, ni
tampoco la inseguridad, ni la inflación. La pobreza, sin dudas es dramática,
pero el gran drama de nuestro país es la desigualdad. Para sostener esta
afirmación, se refería, entre otras cuestiones, a un estudio que comenzó en
Inglaterra y luego se reprodujo en otros países, donde se muestra que las
sociedades ricas pero con gran desigualdad, son más disfuncionales que
sociedades pobres pero igualitarias.
Resulta necesario no sólo hablar de desigualdad en términos
sociales, donde por un lado hablaríamos
de la pobreza y por otro, necesariamente deberíamos hablar de la riqueza. La
fortuna desmedida que han obtenido algunos amigos del poder, es verdaderamente
escandalosa, inmoral.
En el otro extremo social de la riqueza desvergonzada,
encontramos las condiciones de vulnerabilidad, donde la pobreza no es sólo
económica, donde no sólo hay escasos recursos para alimentarse, vestirse y
contar con una vivienda digna. También hay pobreza intelectual, falta de
educación, de cultura del trabajo y el progreso, falta de pensamiento crítico
que permita emitir juicios de valor ante las acciones propias y ajenas.
Pese a que esto es sumamente preocupante, y el conjunto de
la sociedad debería tratar de ocuparse, puede decirse que nuestro país tiene
una desigualdad aún más devastadora, porque además es un fenómeno del que poco
se habla, y es la desigualdad ante la Ley.
En la discusión para solucionar el flagelo de la
inseguridad, encontramos por un lado a quienes proponen aumentar el número de
efectivos policiales, extender el servicio de monitoreo y extremar todo tipo de
medidas de control, sin importar si esto termina siendo una restricción de las
libertades. Por otro lado, también se presentan quienes se aventuran a explicar
la inseguridad en términos punitivos, desde una visión judicial,
responsabilizando a la Justicia Garantista de no ser lo suficientemente dura en
castigar a quienes delinquen. Tanto quienes opinan de una u otra forma, poco
dicen de la necesidad de generar igualdad de condiciones ante la Ley.
Y en este sentido, no se puede dejar de referirse a los
delitos cometidos por funcionarios públicos que terminan prescribiendo, o en
procesos judiciales llamativamente lentos.
Es verdad que la corrupción sucede en todo el mundo, pero mientras que
en otros países el propio Estado la condena y las sociedades se manifiestan en
su contra, en nuestro país el delito tiende a naturalizarse.
Se podrían enumerar una gran cantidad de hechos corruptos en
los últimos treinta años de democracia en nuestro país, algunos que son una
mera sospechas y otros judicialmente probados. Pero entre las situaciones que
manifiestan una clara diferencia en los procesos judiciales es necesario hacer
referencia al caso casi paradigmático del ex presidente Carlos Menem, condenado
por contrabando de armas a Croacia y
Ecuador a la pena de siete años de presión, que pese a ser de cumplimiento efectivo
nunca fue a la cárcel por ese delito, pues resta el desafuero en el Senado.
Otro caso donde la Justicia no se muestra determinada a actuar es en lo
referido al ex vicepresidente Amado Boudou, procesado en la causa Ciccone, que
será recordado como la primera vez en la historia del país, donde un
vicepresidente en funciones es llamado a declaración indagatoria, pero sin
embargo el proceso parece haberse estancado aprovechando la falta de atención
los medios de comunicación, que se encuentran ocupados en un caso de corrupción
más escandalosa aún, la denominada Ruta del Dinero K.
Esta desigualdad entre quienes se encuentran en el poder y
los ciudadanos comunes, no es inocua.
Como se dijo antes, por un lado se naturaliza el delito, se afianza en
la sociedad la idea que todo está permitido. Y por otro lado, vacía de
autoridad moral a los gobiernos para llevar adelante cualquier lucha contra la
delincuencia. La falta de determinación contra el delito no es sólo por
complicidad, es también una muestra de la falta de integridad de los
gobernantes.
Ante esto, es necesario llevar adelante un cambio cultural, sobre bases éticas. No sólo seamos intolerantes al delito que podemos sufrir de manera personal, también seámoslo cuando nos roban como sociedad la posibilidad de ser un mejor país.
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