20 de abril de 2013

Política

Política. La cacerola y el conservadurismo dinámico

Jorge Dipi Di Paola: “Vivimos en una ciudad tan apática que si alguna vez llega a caer la bomba atómica, rebota”. Pues bien: la apatía ha concluido. Ahora un sector clave de la comunidad económica y social, su clase media, la que mueve la polea transformadora de la carísima ciudad-éxito en la que vivimos, la que forma opinión, la que hace ganar o perder elecciones, ha salido a la calle. Ha dejado atrás su ancestral temor al ridículo. Ha creído que por fin vale la pena arrojarse a la aventura de bajar del cordón, caminar el adoquín, ir paso a paso con el otro, exponerse a ser mirado por el que observa el cacerolazo desde la tribuna del bar. La clase media pasó de la no-política a la praxis política, a esta suerte de militancia unipersonal catártica bajo el influjo de consignas-ingredientes con que fue llenando la cacerola: la libertad, la corrupción, el cepo al dólar, la República, la inflación, la inseguridad. Salir a la calle, exponerse, expresar un estado de ánimo político, es la gran novedad de estos días para la tandilidad. La esquina de Pinto y Rodríguez solía ser el tradicional encuentro para los festejos futboleros. Ya no es tan así. La Pirámide de la Plaza Independencia estaba asociada a la imagen de funcionarios grises depositando una corona de flores durante un día patrio. Y las calles, a la hora de las movilizaciones y de poner el cuerpo, tenían otros protagonistas: gente a la que le mataron un familiar, desocupados, en fin, hombres y mujeres a quienes alguna vez tragedia los había eyectado a la intemperie del empedrado. La cuestión ha ido cambiando en este nuevo clima de época que se vive con treinta años de democracia. La clase media lugareña, hasta hace muy poco, no había pasado por esta experiencia histórica. La catarsis del 18A, especialmente, agrega un dato no menor al paisaje político argentino: mientras en el país decreció el número de manifestantes, en nuestra comarca la cifra subió el doble. Los pavorosos reduccionismos de “golpistas” por un lado y “zurdos con American Express” por el otro, no están a la altura del momento histórico fascinante que vive el país, aunque la dura polarización política de la sociedad duela porque se lleva amistades de años, grietas en la familia, silencios incómodos y roturas varias. Volviendo a Tandil, politólogos y afines podrán elucubrar las teorías que expliquen este escenario. Abrevo en la tesis del conservadurismo dinámico porque la clase media expresa, como ninguna otra, esta paradoja. Es ontológicamente conservadora en la defensa de sus intereses de clase pero también es dinámica en su praxis, en su acción y en su reacción. Así, en definitiva, se hizo esta ciudad. Los íconos del conservadurismo dinámico -con excepción de Juan Fugl- habitan el panteón de la historia local. Nada cotiza mejor en Tandil que el hacer. O el saber hacer. Y la mayoría de los hacedores más respetados por la historia oficial, especialmente en política, fueron conservadores (de centro o de derecha desde su dogma político) que hicieron cosas en la gestión pública o privada. La clase media también conserva y hace. El 18A produjo esta doble secuencia: conservando su propia sustancia de base hizo un hecho político en la categoría de acontecimiento. A los muchos ingredientes-consignas con que ha ido llenando la cacerola de su hastío, se impone el que más la perturba, el que más la irrita y el que más la incomoda: el kirchnerismo. “Es la ideología, estúpido”, le dijo un cacerolero a otro, durante la marcha, en un acto de brutal honestidad, cambiando aquella célebre sentencia de Bill Clinton. Las razones de este malestar profundo y de piel con el Mundo K habrá que tratar de ir buscarlas en otro artículo.
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