20 de enero de 2016

Sociedad

Sociedad. Juan “Tuto” Luján: “La base del ‘Tandilín’ está…”

-Usted como disc-jockey se formó en una década intermedia a las míticas, la del 80. -Sí, soy de la generación del Cura Anderson, de Claudio Crespi, del gordo Furlanis. -¿Qué es de la vida de Furlanis? ¿Sabe algo de él? -Sí, sí, me visitó estando yo en Italia. Vive en Panamá, bueno… no sé si se puede decir. Por ahí hay alguno que quiere ir a buscarlo jajaja… -Pero está un poco lejos… -Sí, sí… -¿Era buen disc-jockey Furlanis? -Era bueno Darío. Cuando empecé a mí me gustaba él y Néstor Sandoval. Al Negro Ríos no lo escuché nunca. Era más de Grisby, de los 70. Yo empecé en el 81. -Estamos hablando de 34 años atrás. ¿Cómo recuerda la noche de entonces? -Era mucho más tranquilo. A mí me gustaba la música y no me gustaba bailar, así que le fui encontrando la vuelta metiéndome como disc-jockey. Pero desde los doce años venía escuchando música. -Anderson dice que “disc-jockey que no engancha no es disc-jockey”. -Sí, tiene razón. El enganche hace que la gente vaya con el mismo ritmo para que no pares de bailar. Ahora es más fácil hacerlo, pero antes era realmente difícil. Y también era muy difícil de conseguir la música. Uno tenía que hacer que el tema entrara antes que el tipo empezara a cantar, el secreto básico del enganche. Pero una canción que empezaba con una introducción de 1 minuto, a uno no le da tiempo para nada. Y ahí sonaste, se te pinchaba el globo. -Empezó en Circulares. -Sí, iba a la matiné y cuando terminaba me escondía detrás de las cortinas. Yo limpiaba el boliche y me quedaba para después de las doce, que era de Veterinarias. Me quedaba escondido, una cosa de locos. Después laburando hice Yamó y Casablanca. -Casablanca quedó en la historia como el boliche más trampa de Tandil. -Sí, pero era un lugar de prestigio en su momento, un lugar de elite. -Una elite tramposa… -Sí, como una especie de “Mau Mau” de Tandil, ¿no? Ahí trabajé con Ángel Elissondo cuando él ya estaba grande. Estuve un año en la cabina vieja, arriba, todavía estaban los casettes. Lindo lugar pero empezaba a las once de la noche y terminaba a las siete de la mañana. Hoy la noche empieza a las tres de la mañana, o sea que es peor que nunca. Se perdió toda la mística que tenían aquellos lugares, se perdió ese glamour, esa cosa de intimidad, los reservados, el champagne. -¿Y la previa actual qué le parece? -Es una cuestión económica, más que nada. Los chicos al no tener el poder adquisitivo para hacer una noche entera acortan el tiempo en su casa, comen algo, se van quedando y cuando se aburren va al boliche. Y ya son las tres de la mañana. Para mí no es negocio. Antes la gente estaba cuatro horas o más en el boliche. -¿Usted era consciente del valor simbólico que representaba el disc-jockey en el boliche? -Sí, totalmente. Ser disc-jockey era ser un personaje de prestigio en la discoteca y en la ciudad. Por eso estaba muy cuidado. Por ejemplo, a mí no me permitían que lleve gente a la cabina. Siempre tomé mi trabajo con mucho respeto y pasión. -¿Es un mito eso de que el disc-jockey por ser tal ganaba más con las mujeres? -Y… una ayudita te daba. Pero te tenías que quedar ahí. Te ayudaba… ser la novia del disc-jocky a la chica le daba un lugar social importante pero era aburrido estar ahí. Se tenía que quedar hasta el final de la noche. Un aburrimiento. -¿Cuántos años fue disc-jockey? -No fui, soy… sigo laburando. Estoy en Molly Malone todos los domingos. -A la flauta, ¿y cómo es haber pasado de Circulares a Molly? -Y es como haber atravesado el túnel del tiempo… jajaja. En Italia también trabajé de disc-jockey. Tuve que modificar todo mi repertorio, poner música en inglés, internacional. Aprendí. Me fui de acá como un acto de paracaidismo, por ganas de probar otra cosa, de ver qué había más allá. En un momento pensé que el mundo no podía terminar en Tandil. Pensé entonces que si me iba a Mar del Plata a los quince días estaba de vuelta y a Buenos Aires lo mismo. Busqué un lugar a donde no me pudiera volver. Y se me fue la mano, me fui a Italia, a Florencia, y estuve diez años. -Y cuando volvió se encontró con otra ciudad. Sí, otro mundo, pero con una base que sigue estando igual. Digamos, la base del “Tandilín” está… jajaja. Yo pensaba que si pasaban los diez o doce años en Italia no iba a poder volver más porque no encontraría más nada de lo que había antes. -Lo extraño como disc-jockey es que haya sobrevivido al tiempo. La música también sufre la dictadura de la moda. -Sí, pero te adaptás. Yo me tuve que adaptar a la cumbia, que me pegó para la mierda. Volví en el 2004, un solo regreso en diez años. Volví y fui a Museo a saludar a Sandra (Maqueira) y a los chicos. Y me encontré que estaban pasando la misma música de 2001, como si culturalmente no hubiera pasado nada en el país. Todavía estaban pasando los Cadillacs, los Auténticos Decadentes, era una música vieja. Me pegó muy mal eso. Sí en el rock encontré más música en vivo y pibes que saben tocar, más riqueza. -¿Y a los disc-jockeys jóvenes cómo los ve? -Y lo que pasa es que la exigencia es otra también. No necesitan generar un clima porque ya saben que la gente lo que quiere es divertirse, bailar las cumbias de moda y nada más. Ahora se pueden repetir canciones, no pasa nada, está todo más permitido. Antes tenías que saber poner los lentos bien enganchados, la música de aguante, los temas intermedios, los rápidos. Y la cumbia era para los negros, solamente en el cabaré. Yo no sé muy bien si la clase media bajó o la baja subió. -Es un fenómeno increíble cómo se impuso la cumbia como gusto musical. -En todos lados. Hasta en Punta del Este. Y si no ponés cumbia se te arma quilombo, te dicen que sos un grasa. Tenés que ponerla porque el formato cambió, la gente quiere eso. -¿Se resistió? -Al principio sí, pero ahora le encontré el gustito. Porque las cumbias están bien hechas, tienen base, arreglos, están hechas para eso, son como de laboratorio.  Antes la música tenía más mística, ahora lo que importa es el baile, nada más. La cumbia es facilista y de un contenido vulgar, cosa que no me gusta. Un lenguaje muy sexual o insultante que para mí no va, se podría usar de otro modo. Hay cumbias que yo no pongo. -¿De los 80 cuál fue el boliche emblema de Tandil? -Para mí fue Yamó. También La Traba, Plateado. Esos fueron los boliches más fuertes y con esa mística de la que hablaba. -¿Hoy hay algún boliche así, con esa identidad? -Haciendo un paralelismo podría llegar a ser Cabaña Beach. Fui dos veces y me transmitió eso, esa atmósfera, los preparativos, esa onda artesanal. -¿Hasta cuándo va a pasar música? -Ja, yo quiero ser como Mochín Marafioti. Pienso que nunca me voy a poder despegar porque es algo que me nace natural. Me aburro en las fiestas, si no hago eso me aburro. Como público me quiero ir. -¿Y el berretín de poner un boliche propio lo tiene? -Sí, eso está, siempre está. En cualquier momento hago algo. Hay un público que podría llegar a ir. Me gustaría hacer algo cuidado. -¿Cuándo volvió de Italia después de diez años –que es mucho tiempo- cuáles fueron las cosas que más lo impactaron de Tandil? -El impacto edilicio es grande, importante, mucho crecimiento. Y el tránsito, demasiado. En Florencia hay mucho más tránsito pero nadie te pasa por la derecha. Eso me impactó. Y también me pareció la ciudad un poco sucia. -¿Se readaptó rápido? -Sí, pero me costó.
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