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4 de noviembre de 2016
por
Elías El Hage
La calesita estaba en el primer piso de la Galería 9 de Julio. Dicen que le pertenecía al viejo Machi, que era el dueño de la Juguetería Aladino. La calesita era una auténtica calesita de las de antes. Como la generación que la hizo suya, allá por 1964. Calesita bajo techo, cosa extraña si las hay. Se trata de un invento extraordinario porque alude, quizá sin que su autor se lo haya propuesto, al ciclo circular de la vida. Porque gira sobre su eje, como le pasa a cada mortal que anda por este mundo. O porque, en realidad, la vida-calesita nos hace girar sobre su recorrido esférico. Redondo. La esfera es la forma geométrica más perfecta. Julio Cortázar relacionaba al género del cuento con lo esférico, con eso que demanda una forma concluyente y perfecta.
No hubo otro juego en la infancia -salvo La Escondida, aunque no dependía de ningún aparato- más perfecto que la calesita. El viaje inaugural de un niño sin sus padres, ese primer asomo a la incertidumbre de lo desconocido, a sabiendas de que cuando la calesita cumpliera la vuelta completa allí iba estar mamá o papá, o un padrino o una tía, esperando. Alguien que hacía posible el principio de la libertad con seguridad. Hasta el mobiliario de la calesita se ajustaba, existencialmente, a lo que uno iba a ser en su vida: no era lo mismo ir colgado de la baranda, mirando como la tierra se movía debajo nuestro, que dar la vuelta montado al inestable caballito (algunos subían y bajaban), o sentado cómodamente en las aletas de un pez. No era lo mismo girar al volante del coche de carreras que viajar en bote. Era la calesita de entonces una suerte de metáfora de la existencia imposible de reconocer en la niñez. Habida cuenta de la presencia de El Hombre de la Sortija. Porque la sortija representaba, para decirlo en término de Dolina, esos cinco minutos de liga, de suerte, que cualquiera merece tener en esta vida. Dolina aconsejaba estar atentos para pescar al vuelo ese momento sublime. No era nada fácil arrebatarle la sortija a ese extraño burlador de almas ingenuas. No suena descabellado suponer que la sortija de la infancia era el Destino de la adultez.
Cuando se observa la vidriera de una juguetería uno toma dimensión del cruento paso del tiempo. No sólo en el niño que ya no somos. Sino también en la transformación sofisticada de los juguetes. La vidriera de una juguetería, en estos tiempos, se parece a un laboratorio de la Nasa. "Mirá los chiches que nos perdimos", me dijo, embelesado, un amigo el otro día. Tiendo a creer que no nos perdimos nada. Hubo algo mágico en esa ensoñación que nos permitió -hace algo así como cuarenta años- que el palo de escoba fuera un caballito o una escopeta. Que en la copa del árbol estuviera Tarzán, de pantalones cortos hasta los quince años, por lo menos. Que, en el mayor prodigio tecnológico, una muñeca hablara. Que las veredas se inventaron para la rayuela y que cualquier cosa más o menos redonda, como la Luna, podía servir para jugar a la pelota.
Hay en esa genealogía un acto que, al producirse, ponía el mundo patas para arriba: la travesura. Adjetivo que tranquilamente puede funcionar como sinónimo de aventura. El travieso de esa época podía tener 5 años pero también 15. Porque la travesura era vista sólo como eso, como una licencia de la infancia, como un recreo inesperado en la escuela de la vida.
Así debe leerse un acontecimiento contemporáneo a la calesita, el día que el joven Ricardo Cali Usandizaga y un amigo suyo, desde el balcón del quinto piso del edificio de la galería, arrojaron lo que en principio se creyó que era un objeto volador no identificado cuya naturaleza permaneció en discusión durante décadas, hasta hace exactamente una semana. Eran los tiempos que la comisaría primera tenía al oficial de calle Néstor Vapore, precisamente, recorriendo las apacibles callecitas del pueblo. Quien, vaya a saber por qué, esa tarde había decidido estacionar el auto del comisario frente a la Galería 9 de Julio. El incidente del que hablará todo Tandil al día siguiente creó su propia mitología, como suele ocurrir con la narrativa del anecdotario. Un hecho sucede de una forma y con los años la tradición oral lo va describiendo de otra, hasta que no sabemos muy bien cuánto de verdad y cuánto de ficción ocurrió en sus detalles. Pero sí sabemos qué fue lo que rompió el marco del devenir provinciano: el pintoresco ataque a la autoridad sin ninguna connotación política o ideológica. Porque Usandizaga y su cómplice (quien huyó tras el hecho), tuvieron una idea más o menos demencial, acaso ignorando por las leyes de la física en qué suerte de "meteorito" letal puede convertirse un objeto lanzado al vacío contra el techo de un patrullero. Para dejarlo pegado -al techo- contra el empedrado de la calle. Vapore, a cargo del procedimiento, sostuvo como un credo de fe que esa cosa que cayó desde la altura era un profiláctico cargado con 5 litros de agua. El argumento fue objetado seriamente y también tomado con sorna: si hubiera sido un preservativo, debería haber sido concebido para un miembro viril hiperdesarrollado. En cambio los diarios de la época definirían al proyectil como un "globo congelado". Cuatro días preso le costó a Usandizaga la travesura y algo más de cuarenta años el encuentro con este articulista para que por fin se sepa la verdad. Tomando un café en la confitería del Plaza, Cali volvió a repetir la modalidad del ataque: "Como cuando te falta letra te gusta abundar en esta historia, ahora te la cuento sin intermediarios. Lo que tiramos desde el quinto piso de la Galería fueron dos globos de cumpleaños cargados de agua. Vos no podés ni siquiera imaginarte, como tampoco pudimos imaginarnos nosotros, el tamaño de la bola enorme en que se convierte un globo de cumpleaños lleno de agua cayendo a pique desde el cielo", ilustró. Fue algo así como un proyectil cargado de 5 litros de agua en su interior, el cual lanzado desde tamaña altura configuró un demoledor misil de 25 kilos de peso que destrozó el techo del Falcon.
Se podrá decir que eran otras épocas. Con un detalle: el mundo de la infancia que nos tocó le reclamó a los niños de aquel Tandil pequeño como un pañuelo una palabra que hoy escasea debido a que la tecnología se chupó todo: la imaginación. Lo que no había, lo que no tuvimos, o lo que los viejos no nos pudieron comprar, lo creamos en nuestras mentes. Salvo la calesita de Machi en la Galería 9 de Julio. Esa ternura que se nos aparece desde el pasado en blanco y negro. Tan real como la imagen con que hoy la evocamos.
Fotografía: gentileza Daniel Espinosa
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