24 de febrero de 2016

Papel

Papel. Flores para el amor

“Empecé a cuidar coches en la zona del Calvario. Fui por curiosidad y vi que me gustaba. Estaba en contacto con mucha gente, ayudaba a los turistas, les sacaba fotos y de paso me hacía unos mangos”, le contó a ElDiariodeTandil. “Todavía iba a la escuela, pero ni bien podía zafar me iba a trabajar. Mis viejos siempre me inculcaron que había que laburar y a mí me gustaba el trabajo”, al poco tiempo dejó la escuela y se dedicó de lleno a ser un “trapito”. Así estuvo unos cuantos años. Con el tiempo descubrió el lado B de trabajar en la noche. Las disputas con los otros laburantes. Los peligros y los excesos que aparecen cuando se esconde el sol. A su familia no le gustaba que vuelva tarde y le reprochaban que busque otra cosa. Por aquel tiempo, trabajando sobre Monseñor de Andrea, “vi a una señora que vendía rosas en los restaurantes y me gustó la idea. Se me prendió la lamparita y me puse a ver como lo podía hacer. A los pocos días caí en un vivero ubicado en 9 de Julio antes de llegar a Garibaldi y pregunté por las rosas. No sabía el precio ni como se podía hacer, pero Gerardo (el florista) me enseñó algunos consejos y salí a la calle”. Dicha relación comercial comenzó así de repente y se mantiene hasta hoy. En todos estos años que lleva vendiendo rosas en la noche, siempre fue a buscarlas al mismo lugar. “Se portó bárbaro conmigo, porque me daba la materia prima y se las pagaba después de venderlas. Ese empujoncito fue importante. Además de que siempre me hizo precio”, agregó. Con la ganancia, Jorge ayuda en su casa aunque “menos de lo que debería”, se sinceró. Hace poco más de un año perdió a su padre y su mamá trabaja a destajo en casas de familia. “Me gustaría ayudarla más, pero ahora estoy ahorrando para un tratamiento dental”, nos dijo. Para organizar el trabajo, primero apuntó a los restaurantes. Pasó por el Grill y pidió permiso al dueño: “Como no te voy a dar permiso, si te estas ganando la vida pibe”, le dijo gentilmente el empresario. “No me olvido de esos gestos. Son personas que me ayudaron mucho. Después fui a la Aldea, a lo de Martín. Así fui pasando por casi todos los restaurantes, agregué los cafés y también los boliches”, contó. Algunos le ponen mala cara o directamente le prohíben la entrada como a todo vendedor ambulante, por eso destaca a los que le abrieron las puertas. “Con el tiempo fui aprendiendo algunos códigos. Hoy te puedo decir que me conocen casi todos, pero me mandé algunas macanas, como cualquier pibe. Los errores me enseñaron que no tengo que hablar de más, que cuando hay lío mejor salir para otro lado, también vuelvo a mi casa en Remis, hay que tomar recaudos”, sostuvo. En la semana también se lo suele ver por el centro con su mochila a cuestas. “De día a veces ando con cd’s, películas o juegos de play station. Lo hago de la misma manera, voy y ofrezco los productos. Si a alguien le interesa bien, y si no, sigo mi camino”. Pero su fuerte son las flores, en especial las rosas. Cada viernes llena la mochila y tipo 22:30 enfila para los sectores gastronómicos. Con tantos años de experiencia, ya sabe dónde comenzar y como seguir. Lo mismo las mesas, sabe leer de antemano en donde ofrecer y en donde hay más posibilidades de concretar la operación. Rara vez le quedan rosas por vender al finalizar el finde. Defiende a ultranza su producto y conoce el mercado. Aunque a veces queda desorientado. “Me ha pasado muchas veces que un caballero compre rosas y la mujer nos la quiera aceptar. Se ponen nerviosas y les da vergüenza. Después la escuchas y se quejan porque su pareja no es atenta. Yo soy muy romántico, estoy convencido que hay que agasajar a nuestra pareja, comprarle bombones, un osito de peluche… y flores, por supuesto”, sonríe. De inmediato se pone serio y trata de volver al tema: “Déjame agregar algo, me molesta mucho cuando juegan con el sentimiento de los demás. No me gusta la infidelidad, algo que veo mucho en la noche. Eso no sirve. Yo pienso a la antigua, capaz por eso hoy estoy solo”. La experiencia le marca que “hay románticos de todas las edades. No es que los grandes compran más. Es transversal. La clase media capaz es la que más regala, a mí los de plata casi que no me compran y los pobres tampoco”. Las jornadas laborales se extienden hasta la madrugada. Su madre preocupada, muchas veces no se duerme hasta que vuelve de trabajar. “A veces se me hace tarde porque encuentro a algún amigo y me quedo en el boliche, pero ojo, no me hago el ‘gato’ cuando salgo a trabajar. Sé diferenciar las cosas”, advirtió. Hay veces que sueña con conseguir otro trabajo, “me gustaría tener algo fijo, en blanco. Hay momentos que sueño con tener mi propio vivero, pero me gustaría seguir con esto. Hay veces que te cansas de la gente, de hablar, de poner buena cara para ofrecer las flores, pero después se te pasa. Ojalá me pueda jubilar vendiendo rosas”, soltó al aire. En estos años como “socio del amor” ayudó a formar varias parejas. “Me pone contento que la gente me diga que conquistó a su novia por mis rosas o que después se casaron. También pasan cosas lindas, una vez un vecino me contrató para que vaya a una quinta pasando el Dique y lleve rosas para todas las invitadas. Un gesto hermoso. Eran como 20 matrimonios celebrando un encuentro y cada dama recibió una rosa de su pareja. Son servicios que me gustan, que hacen bien”. Con el tiempo, también aprendió sobre la materia prima. “Hoy te puedo decir que se mucho de rosas. Se diferenciar cuando son de cámara, las importadas de Colombia o Ecuador que son más lindas y grandes, o también las Argentinas, que hay muy buenas. Les doy consejos para que sepan cómo cuidarlas, por ejemplo les digo que la rosa blanca dura poco por el sol. Como deben ponerlas en agua, todo suma”, matiza. “En el verano también hay mucho jazmín, pero es una flor muy delicada y se mancha enseguida. En el invierno van muy bien las fresias, el perfume es rico y gusta mucho”, aconseja. En la semana se juega algún picado en El Fortín Futbol 5 con amigos y recorre mucho la ciudad. Le gusta la oferta de paseos turísticos que tenemos, pero agrega que “actualmente están bastante abandonados. Hay pastos largos y algunos están descuidados. Tandil es una ciudad muy linda, tenemos muchos turistas que dejan su dinero y tenemos que cuidarlos. Por eso soy el primero en indicarles algunos secretos de la ciudad y recomendarles paseos o lugares para ir a visitar”. Trabajar en la noche no es fácil, hay que conocer sus secretos y saber dónde meterse: “Hay de todo, como a toda hora. Están los tranquis, los que buscan kilombo, la gente buena. Quizás hay más violencia o inseguridad. Mirá lo que paso en el corso. Apuñalaron a una nena. Hay mucho loco dando vuelta. Hay que saber andar con cuidado. Alguna vez me han querido pegar pero yo vengo zafando. No me gusta la agresión. Por eso es bueno ser tu propio jefe, yo me manejo los horarios. Si algo no me gusta me tomo un remis y me vuelvo a casa”. José comentó que los problemas a veces nacen con la ‘competencia’. “En fechas como Semana Santa o feriados aparecen vendedor ambulantes de afuera y me quieren copar la parada. Yo les hablo con respeto y les pido que respeten mi lugar. Estoy hace 15 años trabajando en estos lugares. Pero también están los otros casos, tengo buena onda por ejemplo con la chica que está en Yrigoyen y España. No nos vemos como competencia, sino que compartimos las experiencias. A esta altura nos conocemos todos. Lo importante es que yo me siento querido y reconocido en la calle. Siento el afecto de la gente aunque a veces me cargan con que esto no es un trabajo y yo les respondo con algún chiste. Como esas veces que ofrezco las flores y el hombre rápidamente me dice que no porque es alérgico. Yo le digo que no me verseé, - vos sos alérgico a regalar flores!, le digo”. [gallery ids="118971,118967,118968,118969,118970"]  
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