7 de septiembre de 2016

MIRADAS

MIRADAS. Esto también pasa

por
Elías El Hage

Pasa la vida y sus contraluces, sus opacidades, a veces la brutalidad y el sinsentido de una época donde todo parece naturalizarse.

Pasa un "grupo comando" con intenciones de asaltar a un empresario próspero, pero el "grupo comando" no tiene ni siquiera un auto para la fuga. Corridos por la policía huyen de a pie sin lograr su propósito a campo traviesa por los yuyales, como novatos arrebatadores de gallineros ajenos.

Pasa esta vez sí un auténtico grupo comando. Y golpea con precisión: asaltan a un empresario que vive en una casa con aberturas blindadas y cámaras de vigilancia. Pero resulta que según los febriles mentideros del empedrado (que tienen la costumbre de no errar el diagnóstico), el empresario también "trabaja" de prestamista. Le roban, entonces, una pequeña fortuna que, para el caso, no ameritaría exponer la vida propia y la de la familia con un acto de resistencia frente a profesionales del delito, por más amor al dinero que se tenga.

También pasa otro caso extraño. Un hombre que tenía doscientos mil pesos escondidos en su casa decide viajar a Europa con su familia. Dejando en su vivienda lejana al radio urbano la plata que según contó le confió un cliente. Raro, tener semejante fortuna -además ajena- en su hogar, en vez de depositarla en el banco y viajar tranquilo a tierras tan distantes. El colofón es conocido: cuando el hombre volvió de las vacaciones encontró  que le habían entrado a la casa y se habían llevado las doscientas lucas de su cliente. La última información revela que la policía tendría una pista firme para dilucidar el hecho.

Y si algo faltaba era el robo que hace un tiempito ignorados boqueteros perpetraron en la sede de la Liga Agraria de Fútbol llevándose 70 mil pesos. ¿Quién los llevó hasta allí? "Con todo el que hablo me hace la misma pregunta, acerca de si alguno pasó el dato y pensamos que sí. Lo que pasa es que justo vinieron los clubes a pagar, siempre hay algo de dinero pero no ese monto", admitió el tesorero de la Liga. La sospecha carga ahora un tinte lúgubre y difícil de declarar públicamente, pues parece que el presunto datero en cuestión, acosado por las deudas de juego, días después concluyó su paso por este mundo de manera trágica.

Y a los matices inusuales de estos hechos policiales que por su narrativa resultan un tanto fantasmagóricos, debemos sumarle los cuatro o cinco robos diarios a gente de a pie que densifican la crispada atmósfera social logrando un combo de hastío, intolerancia y frustración.

Todo eso también pasa.

Y de golpe, en medio de este agobiante clima en el que se vive, ocurre algo que no suele ocupar la primera plana de los diarios. Ni la última, ni siquiera un recuadro, un pie de página. Pasa una anciana y llevándola de su brazo pasa un joven integrante de la Policía Local. Pasan, entonces, dos vecinos, uno en cada extremo de la biología. Uno llevando al otro. El policía a la anciana por calle Pinto, a paso lento ambos, como corresponde y se sabe desde tiempos inmemoriales que el más joven adapta su andar al ritmo del más viejo, como intuyendo quizá eso que decía Serrat, que todos llevamos un viejo encima. Y la imagen no es noticia para nadie, porque no hay empresarios prósperos, delincuentes sin códigos, puertas blindadas, prestamistas encubiertos, jugadores perdidos por la timba, y el vil metal convertido en el fetiche de la época.

Pasan despacio el joven policía y la abuela. Para darnos un respiro en medio del naufragio.

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