10 de agosto de 2016

PERSONAJE DE LA SEMANA

PERSONAJE DE LA SEMANA. El más puro amor

por
Mauro Carlucho

Los conocimos a través de una lectora del semanario, quien nos escribió un correo para que vayamos a ver a estos abuelos que cada día toman mate sentados en la vereda.

Él suele estar con el acordeón, ella teje y teje. Cada vecino que pasa los saluda y se queda hablando. Emilse habla fuerte, es muy extrovertida. Un verdadero personaje con un carisma especial.

Fuimos a conocer su historia, a sorprendernos con sus vidas y para que nos cuenten sus anécdotas. Nos encontramos con dos seres hermosos, agradecidos a la vida y viviendo una luna de miel permanente.

Emilse

Obviamente empezamos hablando con ella, primero por ser la dama y segundo porque no nos dejó otra alternativa. "¿Que querés que te cuente? Nos conocimos de viejitos, pero él se enamoró de mí y yo de él. Yo siento que es la persona más buena del mundo y desde el primer día que nos conocimos me hizo muy feliz".

Así empezó hablando de su historia. Fue la mejor definición que encontró para el amor. Antes posó para las fotos, nos invitó con un mate y nos mostró sus hermosos tejidos que diseña con entusiasmo.

Su nombre completo es Emilse Rene Rossi y pasó gran parte de su vida en el campo. Sus padres estaban de puesteros en una estancia de Anchorena, en la zona de Azucena. No atesora muy lindos recuerdos de esa época. Su padre era violento y hacían lo que podían para poder sobrellevar la situación. "Aprendimos a convivir con eso, dejábamos lo malo a un costado y tratábamos de seguir adelante con lo lindo que tiene la vida", explicó ella. "Mi papá no nos dejó ir a la escuela siquiera, mi mamá pensaba lo contrario pero no podía opinar, pobrecita", agregó.

Luego se casó y formó una linda familia con cuatro hijos. Trabajaban en el tambo de los Blanco Villegas, pegadito al Amanecer. El esfuerzo fue una constante a lo largo de su vida. Nunca tuvo nada fácil. A ella le gustaba bailar, salir, pero no lo sabía. Aquella época en la campaña rural fue muy sacrificada. "Que íbamos a ir a un baile, si antes de que amanezca teníamos que estar ordeñando. Sabes lo que era romper la escarcha de los bebederos con un hacha. Esos eran fríos?"

Cuando se vinieron a vivir a la ciudad no cambiaron muchas las cosas. Su esposo estaba chapado a la antigua y no dejaba que Emilse tenga una vida social activa. Apenas la dejaba seguir con sus tejidos, pero guarda que entre un hombre a la casa.

En ese contexto quedó viuda. Su marido sufrió una grave enfermedad y no sabía para donde salir.  

Pedro

Él se enorgullece de ser un gaucho de Rauch. Al igual que Emilse nació en 1930, en una familia humilde. Trabajó 17 años en el ferrocarril hasta que el desguace de la red vial lo echó a la calle. Como en el pueblo no había muchas alternativas se vino a Tandil.

Ya estaba separado de su primer matrimonio. Probó suerte en Cañuelas pero no funcionó. Acá consiguió trabajo en Metalúrgica, pero no era la suyo. Le gustaba el campo y quería probar suerte.

Estuvo por años de puestero en Gardey y Fultón, ya de grande se fue a trabajar con su hija y el yerno.

Estuvo casi 20 años solo. Eso sí, no se perdía un baile por nada.

Amor de otoño

Emilse quedó viuda entrando a la tercera edad, no sabía cómo seguir su camino. Fueron muchos años viviendo bajo las reglas patriarcales que imponía su compañero de toda la vida.

Dos hijas todavía vivían con ella, pero no era lo mismo. Algo tenía que cambiar.

Un día su vecina confidente la invitó a un baile de jubilados. "Tenes que salir un poco, distraerte", le dijo. A Emilse le encanta bailar, pero no se animaba. Sus vecinos insistieron y un día se fue medio escondida con ellos. No quería que sus hijos se enteren.

Al entrar al baile la sorprendió la imagen de un gaucho típico. Botas altas, bombacha de campo y sombrero negro. Parecía un jinete de otra época. Su amiga le hizo un comentario despectivo, pero a ella le llamó la atención. Su padre y sus hermanos usaban el atuendo típico. Quizás le dio ternura.

A los pocos minutos la sacó a bailar un tal Domínguez. Dio la casualidad que era el mismo apellido de su esposo.

A lo lejos, Pedro la seguía con la mirada. Su amiga se dio cuenta que Emilse era seguida al detalle por este, entonces la empezó a cargar. Cómplices, ellas, se detuvieron en que el gaucho estaba tomando un vaso con un líquido oscuro. "Debe ser un borrachín", aseveró la amiga. Entre las dos pergeñaron un plan, su amiga se acercó y le pidió un sorbo del vaso, alegó que no había traído la cartera. Cuando comprobó que era gaseosa le dio el visto bueno.

No habían pasado 3 minutos de esta escena que Pedro sacó a bailar a Emilse. "Me gustó de entrada -dijo ella- no sé, me llamó la atención. Después me enamoré porque es la persona más buena que conocí en mi vida. Compañero, buena gente. Fue una bendición habernos cruzado. Aquel día en el baile, al primer tema puso su carita junto a mi mejilla". Un atrevido el hombre, pero quien hubiera imaginado este presente 18 años después.

Ese día en el Club Excursionistas comenzó esta historia. Se empezaron a ver más seguido, él la quería visitar pero los hijos de ella se oponían enfáticamente. "Una de mis hijas me dijo que lo mataba si aparecía en la casa. ¡Encima siempre teníamos la escopeta cargada!", contó a ElDiariodeTandil mientras cebaba mates animadamente.

Pese a estas oposiciones y los celos propios de los hijos, ellos siguieron adelante. En el baile le sacaban viruta al piso y cuando podían se veían un ratito. "No sabes lo que tuve que remarla -comenta Pedro-. Los hijos de ella no querían saber nada, pero porque no me conocían", indicó él.

"Yo no me iba a rendir así de fácil -agrega ella-, si él me había devuelto la alegría, la felicidad. Ustedes no se imaginan como nos cambió la vida. Al año nos casamos, nos pusimos firmes y dimos el paso. Como yo era viuda y él no había pasado por la iglesia nos casamos con todo el circo", dice orgullosa mientras nos muestra las fotos de la boda.

Desde aquel día viven en una constate luna de miel. No pasa un día sin que se sienten en la vereda a tomar mate y pasar el rato juntos al sol.  "Disfrutamos de todo, de la vida, de abrir y cerrar los ojos cada día. Desayunamos, jugamos a la escoba, miramos la quiniela por la tele y almorzamos con mi hija. Después dormimos una siesta y a la tarde salimos de nuevo a la vereda. A veces el sale con el bandoneón y la gente le pide que toque una canción. Nos reímos y nos divertimos mucho", asegura.

Como Fermina Daza y Florentino Ariza en "El Amor en los Tiempos del Cólera" de Gabriel García Márquez, ellos vencieron el tiempo. Demuestran con creces que no hay límites para el amor. Ambos tienen 85 años y se los ve joviales, sueltos. Libres sería la definición más ajustada.

No importa como uno haya vivido o lo que el destino le puso enfrente. Siempre hay tiempo para ser feliz y para empezar de nuevo.


FOTOS NICOLÁS PROCOPIO:

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