12 de agosto de 2016

CRÓNICAS DEL PAGO CHICO

CRÓNICAS DEL PAGO CHICO. El Hombre de la Agenda

por
Elías El Hage

Lo primero que chocó fue la cabeza. El cuerpo rebotó por el impacto y ella cayó sentada sobre la vereda. A su lado, el celular parecía haber sobrevivido al impacto, aunque se le había salido la batería. La señorita había olvidado que a cierta edad -ya parecía tener más de cuarenta- hacer dos cosas al mismo tiempo es una complicación. Entre ellas, escribir un mensaje de texto caminando hacia el supermercado. Cuando reaccionó hizo lo que hace casi todo el mundo frente a tal circunstancia: levantarse de un salto, eléctricamente, para atenuar el papelón. Pocas instancias más humillantes para la condición humana que caerse desparramado, solito, en la calle.

Se paró pero estaba mareada, entonces una mano firme la sostuvo del brazo mientras la otra mano del hombre -que ella ahora veía entre la niebla del sofocón- con un pañuelo le limpiaba el chichón de la frente. La mujer apenas si agradeció bruscamente el gesto; contrariada por el mal momento del choque que le había agregado otra adversidad a esa mañana de perros que estaba viviendo. De modo que farfulló un par de onomatopeyas inentendibles, levantó la cartera, los restos del celular y siguió caminando.

En la tosca despedida olvidó una agenda pequeña que el choque contra el árbol había catapultado a la vereda. El hombre que la había socorrido, reparó en la agenda cuando la mujer ya parecía un fantasma doblando a paso vivo por Irigoyen hacia San Martín. Machucada y todo, la mujer decidió seguir hasta el supermercado.

El hombre guardó la agenda en la guantera y arrancó su auto. Por la tarde hurgó en la primera página y agradeció que la postmodernidad digital todavía no hubiera podido abolir a la agenda de papel. Tuvo la impresión de que si la agenda no se había extinguido de la faz de la tierra, en buena medida era porque las mujeres seguían apelando a su uso. Es más, la agenda tenía un formato, un color, un diseño, o para decirlo como debe ser, una estética incuestionablemente femenina. Encontró el nombre y la dirección escritos en una letra muy pequeña, que llevaba también la sustancia manuscrita de lo femenino.

Con las primeras sombras del atardecer estacionó el Corsa al borde el cordón, frente a la fachada de un edificio. Buscó el piso y el número en el portero eléctrico y se presentó como "El Hombre de la Agenda". La mujer dudó, se hizo un segundo eterno al otro lado, hasta que por fin entendió el motivo de aquella visita. Bajó. Su frente ahora exhibía una curita que disimulaba el chichón.

-La perdiste cuando chocaste contra el árbol -dijo el hombre.

-Tenés razón. ¿Fuiste vos el que me socorrió?

-El mismo.

-Entonces discúlpame, estaba tan enojada?

-Y  sí? suele pasarnos eso cuando nos caemos en la calle. Nos enojamos.

-No fue por la caída -dijo ella y un destello de rabia le cruzó los ojos.

-Ah, yo pensé que?

-No, no. Fue por, por?

Un silencio dubitante se abrió como un paréntesis entre ambos.

-¿Por qué? -preguntó el hombre intrigado.

-Venía escribiendo un mensaje de Whatssap...

-Claro, suele pasar?

-Mejor dicho, venía contestando un mensaje -corrigió la mujer.

-Ah, bueno, para el caso es lo mismo -dijo él, pragmático.

-Para el caso del choque contra el árbol, sí. No pude evitarlo. Es que  me dio tanta bronca, tanta furia, que apenas leí su mensaje me puse a contestarlo y el árbol se me vino encima. Porque, ¿a vos te parece? -dijo ella y esta vez había virado del enojo a una mezcla de perplejidad y tristeza.

-¿Si a mí me parece qué cosa?? -inquirió el hombre, sin entender.

-El imbécil de mi novio, mejor dicho mi ex? ¡Me dejó con un mensaje de whatssap! ¡Tres años de noviazgo y me dejó con un "chau" a través del Whatssap! -su voz todavía conservaba la indignación que la había llevado derechito al árbol.

-Bueno -dijo el hombre-, son las formas de estos tiempos? ¿no?

-Sí, está bien, está bien, pero no sé, aunque sea un mail, una carta, una flor? como hizo ese tipo el otro día que salió en televisión. Fue a la cita del divorcio en el juzgado y le regaló un ramo de rosas a su señora, agradeciéndole lo feliz que había sido con ella. ¡Eso es un hombre! ¡Esas son formas de despedirse, carajo! -dijo la mujer, que seguía dolida, tenía un nudo en la garganta y el hilo de una lágrima trémula había empezado a pintarle la mitad de la cara.

El hombre sacó otra vez el pañuelo y le limpió la mejilla.

-Conmigo vos no ganás para pañuelos -dijo ella intentando sonreír.

-Tu agenda -dijo él.

Ella se restregó los ojos, tomó la agenda y la abrió en un gesto instintivo, como para confirmar que se trataba de la misma agenda con que dibujaba los corazoncitos al pie de cada anotación que ameritaba el romance con su media naranja. Entonces vio el sobre, cuadrado, blanco, cerrado, con el nombre de su novio al dorso.

-¿Y esto? -preguntó.

-No sé -dijo el hombre, y se encogió de hombros.

-Es una carta de Juan. Yo sabía que tan turro no podía ser. Me había puesto el sobre en la agenda sin que me diera cuenta -dijo.

-Viste, a veces los tipos tenemos estas cosas? -dijo él por decir algo y empezó a retirarse hacia el cordón. Del bolsillo del pantalón buscó la llave del auto.

La mujer abrió el sobre, sacó el papel y leyó de corrido. Supo entonces que, a la hora en que te cuelgan la galleta, es lo mismo que lo hagan con veinte cartas de desamor, un mensaje de texto o una serenata. Que te dejen duele siempre y, bajo la modalidad cobarde del escrito, más.  El hombre subió al coche y lo puso en marcha. Entonces ella rompió en dos pedazos el papel, se acercó a la ventanilla y le dijo.

-Perdoname, no te agradecí el gesto. ¿Querés un café?

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