3 de junio de 2014

Sociedad

Sociedad. El dolor de una madre contra todos

“Un recuerdo que nunca olvidaré. Hoy a las 4 de la mañana dejaba de latir tu corazón, Aarón, tus últimas palabras fueron ‘papá  ayúdame que me muero’, tuviste la conciencia de que la muerte te llegaba. Evaristo, aquí fueron los últimos pasos que diste en tu corta vida, hijo no sé si sufriste, solo sé que están en un lugar hermoso, sé que Dios los cuida y que un día podremos juntarnos. Aquí estamos enfrente a un lugar de un señor que es el único responsable de sus muertes y de mi secuela. Este señor hoy a dos años nunca fue citado a declarar, sólo vi un email argumentando una serie de cosas solo para excusarse de su culpabilidad. Tuvo la cara de acusar al padre de mis hijos. Dicen que fue quien desconectó el calefactor y que había dejado una carta a mi hija dando las órdenes de qué debía hacer con su carnicería, algo que no tiene ni pies ni cabeza, porque ante semejante acusación el fiscal no haya investigado porque no tiene significado, solo excusas para quedar libre de la culpa que tiene. Hoy esta casa se encuentra ocupada, supuestamente la vendió pero como el año pasado quedó notificado el escribano D’alessandro que serán responsables de dos vidas. Quiero hacer pública una lista escrita de puño y letras del señor De Loff quiénes son estas personas cómplices de la muerte de mis hijos… “Albañil: Guillermo Hernández. Plomero gasista: Luis Vacas. Carpintero: Oscar Mondaca. Sobrina: Stela Maris Málaga. Sobrina: Graciela Málaga. Cuñado: Rodolfo Landaburu. Electricista: Mario Lucio Santio. Seguro: Verónica Reich. Su gran amigo y martillero: Eduardo Escarlada… “Ante la justicia civil veremos cuántos van a caer. Hace un año y pico empecé a luchar con la justicia y seguiré hasta que los culpables paguen de la manera que sea. Mis hijos y yo somos hijos de un Dios de poder y en él confiamos que sea él quien gobierne al fiscal y jueces”. Cuando terminó la lectura de la carta, Graciela Arriola miró a los amigos y familiares que la acompañaban, observó en derredor al barrio en el que alguna vez vivió, recordó al señor de enfrente que nunca se atrevió a saludarla, y lanzó una frase seca que  cortó el aire y el silencio conmovido de los presentes: “Nunca a los fiscales y a los jueces les importó la muerte de mis hijos…”. Antes había contado el patético episodio que protagonizó el policía Gustavo Salomón, a quien acusó de haberle robado el celular ante el cadáver de una de las criaturas la noche de la tragedia, y que la Justicia tipificó como “Hurto calamitoso agravado”.  También habló de su actual pareja, quien “con su compañía se convirtió en el verdadero padre de mis hijos muertos”. Luego se abrazó con Marcela Aranda y otros familiares de víctimas recientes de hechos violentos ocurridos en Tandil y siguió caminando bajo el frío del atardecer de un día agitado: la esperaban la casa del martillero Eduardo Escarlada, en Uriburu y Saavedra y la del gasista Luis Vacas, en Mosconi al 300, a quienes la mujer señala, junto a De Loff, otrora dueño de la vivienda, como responsables de la muerte de Aarón y Evaristo.
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