1 de octubre de 2015

Política

Política. El debate político sobre la pobreza o… un pobre debate sobre la política

la ausencia de publicación de indicadores oficiales de la pobreza e indigencia en Argentina. A principios del 2014, el INDEC motorizó un profundo cambio en la metodología utilizada para el cálculo del índice de precios al consumidor (IPC). El nuevo indicador, conocido como IPCNu, sustituyó al histórico IPC–GBA. Este hecho implicó la selección de un nuevo período de referencia, la modificación de la canasta base de bienes y servicios, y la extensión de los alcances territoriales para el relevamiento de los precios. Tal decisión tuvo varios efectos colaterales. En particular, una de las principales secuelas fue la discontinuidad en la medición de incidencia de pobreza e indigencia por ingresos monetarios, que se publicaba desde 1993. Concretamente, se calculaba el costo de adquirir dos canastas de bienes y servicios, en función de los datos del IPC: la básica (CBT) y la alimentaria (CBA). Con tales cestas se proyectaban dos umbrales: pobreza e indigencia, respectivamente. Luego, si el ingreso familiar no superaba dicho límite, se asumía que sus integrantes inscribían en la categoría de pobres. Al mismo tiempo, se consideraban indigentes a aquellos con ingresos inferiores al costo de la CBA. Con esta premisa, y tomando los datos sobre ingresos familiares de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) se calculaba la población que ingresaba en cada categorías. En todo caso, el gobierno decidió discontinuar este indicador por razones metodológicas que, en principio, producían una sobreestimación del nivel de pobreza. La subdeclaración de ingresos en la EPH, el carácter unidimensional, la base de cálculo, el ámbito geográfico, la imposibilidad de empalme entre los IPC se mencionaron, entre otros argumentos, como sustento de tal decisión. La ausencia de un indicador oficial ha sido controversial y ha colocado en el centro de la escena a ciertas mediciones privadas, como la realizada por el Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina, y ha dado lugar a polémicas estériles como la famosa discusión en torno a la cantidad de pobres en Argentina y Alemania. Más allá de lo anecdótico, la pregunta relevante es si resulta razonable no medir oficialmente la pobreza. En mi opinión, la respuesta es un categórico NO. En general, la información pública y los indicadores, en particular, se construyen como instrumentos para monitorear la efectividad de las políticas públicas. Sin indicadores, ¿cómo evalúa, el gobierno, si determinada medida ha generado los efectos deseados? Para ponerlo en otros términos, la Constitución contempla como un derecho el acceso a la vivienda digna. Si no tenemos en claro qué es, ¿cómo sabremos cuántas no lo son? Por otro lado, la metodología no es una excusa. En el mundo conviven múltiples enfoques para estimar la pobreza. El espectro incluye tanto indicadores unidimensionales como multidimensionales (por ejemplo, Reino Unido combina más de 50 índices para diferentes grupos poblacionales).  También, existen distintos desarrollos metodológicos como, por ejemplo, los de Rowntree; Friedman; Orshansky; Leyden; Deeleck; Sen; Dagum, Gambassi y Lemi, entre otros. Como se puede observar, hay variantes múltiples. Personalmente, creo que el camino correcto es un esquema multidimensional que permitiría percibir la pobreza “real”. De acuerdo con el Premio Nobel Amartya Sen serían pobres aquellas personas que tienen“…menos posibilidades de llevar una vida normal…” Ahora bien, un cambio metodológico no implica que la realidad se modifique. Los hechos son objetivos. La magia y el ilusionismo lo dejamos para David Copperfield y sus colegas…

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