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15 de septiembre de 2016
15/09/2016
por
Rodrigo Podestá
Cada día colaborar con algo para que sus hijos tengan un mejor lugar donde aprender, jugar y compartir en ese mundo del Jardín de Infantes, de pequeños que están juntos algunas horas y sueñan que son caballeros y princesas, soldados y mujeres maravilla.
"Cuando arrancamos el Jardín era una casilla, un vagón, había que derrumbarlo porque ahí no se podía estar más", empieza contando Micaela Champonois, una de las protagonistas de esta historia de madres que se involucran con la escuela de sus hijos, que se comprometieron con su lugar, su barrio, "cruzamos enfrente a la Iglesia San Cayetano a unos salones que prestó la capilla y, mientras tanto, se fue construyendo lo que es hoy el edificio del Jardín N° 916, "Juana Manso", en el barrio de Villa Aguirre. En el año 1992 empecé a trabajar, tocamos puertas por muchos lados para que se haga el Jardín, era un vagón, había que renovarlo. Mis siete hijos fueron ahí", dice Micaela mientras toma unos mates.
¿Cómo nacieron estas ganas de Micaela por hacer, por involucrarse en el lugar donde se educaron sus hijos? Y ella contesta, "por que me gusta, tal vez porque tenía mi vocación que no pude desarrollar, que no pude hacer, porque mi sueño era ser maestra jardinera y no pude estudiar, y ahí me sentía bien. Ahí me sentía cómoda. Inclusive una de mis hijas estudió para Maestra Jardinera y las mismas maestras que tuvo en el Jardín luego las tuvo de profesoras en la UNICEN".
Hoy ella está sentada junto a Andrea Rivero, otra de las madres del Jardín N° 916, otra mujer que siente que se puede hacer algo cada día para que las cosas funcionen, que el trabajo en equipo es mejor que los arrebatos individuales, que una comunidad se construye con lazos de amistad y confianza: "yo me vine al barrio y me hice amiga de Micaela, y cuando mi hijo iba a cumplir los tres años quería que vaya al Jardín, en ese momento hacían falta manos, los recursos no alcanzaban para darle el desayuno y la merienda a los nenes, no alcanzaba. Entonces íbamos las mamás a hacer tortas, pizzetas, comidas para los chicos, ya que algunos sólo tenían la merienda que comían en el Jardín porque eran de familias muy humildes. Así empezamos a trabajar, entré como revisora de cuentas hasta que llegué a ser presidenta de la Cooperadora del Jardín de Infantes. Tanto para Mica como para mí es nuestra casa el Jardín. A mí los chicos me pueden y me gustaba ayudar, me gusta sentirme útil, y además se hizo un grupo muy lindo de compañeros porque éramos todos luchando por lo mismo, no importaban los roles, ser presidenta, ser secretaria, lo que importaba eran las ganas de trabajar y de ser buenos compañeros y si uno no podía ir, decir "no te preocupes voy yo, lo hago yo". Y nos hemos levantado a las 6 de la mañana para hacerles el desayuno a los maestros porque era el único regalo que podían recibir porque no había plata, y trabajar con esas ganas y hacerlo".
De tiempos acelerados y un pequeño lugar para ayudar
Micaela y Andrea son dos mujeres como seguramente muchas otras de Tandil, sencillos héroes anónimos que se levantan cada día para darle una vida digna a sus hijos y su familia. Y, ¿cómo ven ellas hoy la educación de nuestros niños?, ¿en qué situación estamos, mejor o peor que tiempos pasados?
"Está muy complicado", dice Micaela con un poco de desazón, "me parece que hoy los chicos no tienen límites, tenemos que ponerles más límites, hay mucha soltura, mucha falta de respeto hacia el docente. Antes los respetabas, ahora no hay más respeto".
Andrea agrega su mirada, "creo que en los tiempos que estamos viviendo tan acelerados, donde los papás trabajan todo el tiempo fuera de casa, se perdió el concepto de familia, la comunicación y todo eso que había antes. Hay cosas geniales que trae la época actual pero otras no, trae complicaciones". Y por esa razón destacan lo valioso que es papel de un lugar y una institución como el Jardín de Infantes, un espacio de contención, de unión, de aprendizaje, "el Jardín es muy importante para los chicos para compartir, para salir un poco de mamá y papá, a mí me costó mucho dejarlos, me quedaba en la puerta, pero es bueno dejarlos", confiesa Andrea entre risas, "se corta un poco el vínculo entre la mamá y el nene que después si pasa el tiempo se sufre más, es muy bueno, me parece que es primordial para los chicos. Se aprenden muchas cosas y si no después es muy duro empezar el colegio de cero, que es otro mundo, otra cosa. En el Jardín van a jugar, en la escuela ya van a aprender, a estudiar. El Jardín es como un juego, es muy importante".
Micaela también opina sobre cómo es la relación hoy entre las familias y la escuela, "hoy no hay tantas familias consumadas, ahora hay muchos papás separados entonces cada uno tiene su vida. Antes el Jardín o la escuela era el punto de encuentro de las familias, es donde se hacía la kermesse e iba la tía, la abuela, todos. Ahora tal vez va la mamá o el papá y nadie más". Y Andrea se suma, "también por esto de estar todo el tiempo atrás del peso, de salir a trabajar, ya no nos deja tiempo. Por más que quieras ser un excelente papá y tal vez lo puedas ser, no podés cumplir con tantas cosas, es imposible salir a trabajar y decir tengo reunión de Cooperadora o tengo que ir a ayudar al Jardín de mi hijo. No te dan los tiempos. También está un poco el "yoismo", yo tengo que salir a trabajar para que no me falte a mí, y antes estaba más la mirada en el otro, creo que como seres humanos estamos en un punto donde nos importa el nosotros, nos fijamos en el otro cuando ya es una tragedia, ahí sí nos sale la faceta solidaria, cuando hay inundaciones, tragedias, pero tiene que pasar algo así. Pero esa cosa de la solidaridad porque sí, ya no se ve tanto".
Las dos recuerdan todas las cosas que hicieron juntas y con otras madres y padres para ayudar al Jardín a través de la Cooperadora: "cuando no había nada, salíamos a hacer una rifa, un baratillo, salir a pedir por los negocios.Como una vez que hicimos un torneo de truco que no fue nadie", cuentan riéndose, "o como esa vez que la directora Mirta compró pelotas en Mar del Plata para el Jardín y fue en un Fiat 147, y quería meter todas las pelotas y no le entraban, y las empujaba y empujaba, y de pronto se le abrió la puerta y las pelotas empezaron a caer por la ruta. Las cosas que hemos hecho, pasamos años maravillosos juntos".
Micaela confiesa que, "cuando vine no conocía a nadie y esas madres que colaboraban con la Cooperadora hoy son mi familia, yo les digo "ustedes son mi segunda familia", las conocí en el Jardín, me abrieron las puertas y trabajamos juntos". Y agrega, "el docente está solo y hay que acompañarlo, y necesita de la ayuda de papá y mamá, y de la tía, de la abuela, del que quiera acercarse a colaborar".
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