5 de octubre de 2026

ENFOQUE

ENFOQUE. Aniversario de Unicen: Piedras y caminos

Por Alejandro Latorre

Las palabras danzarinas como mariposas le tocan el hombro al cronista del empedrado que sale del Teatro La Fábrica, el sábado por la noche. Observa en sus pensamientos que, a las apuradas, el caminante diurno que cruza la esquina de Pinto y Chacabuco solo suele ver las oficinas administrativas del Rectorado de la Unicen.

Sin embargo, si uno se detiene sobre la calle Pinto, cuando el sol de la tarde pega de refilón, las paredes revelan un secreto de oro y barro: el increíble trabajo de los frentistas de principios del siglo pasado. Ese revestimiento ideado por el arquitecto Massimiliano Pancetta Bisighini y ejecutado por el constructor José Staneck para el antiguo Palace Hotel en 1919, es un homenaje al músculo de nuestra identidad.

El talento de aquellos obreros anónimos que moldearon esa fachada a mano alzada conecta de forma directa con la historia grande de las canteras y con una nueva edición de la Fiesta del Picapedrero en Cerro Leones que se avecina. La piedra, en Tandil, nunca fue solo mineral; fue y es organización, cultura y laburo.

Pero los edificios emblemáticos no son solo patrimonio frío o monumentos nacionales; son los ojos y los brazos de quienes los habitan hoy. En esa misma esquina, el pasado de piedra se vuelve presente y calor humano en el andar diario de Carlitos Marchioli, el cafetero de toda la vida que custodia las mañanas del centro con sus termos y su charla oportuna.

Unos pasos más adentro, la primera trinchera de la universidad pública la sostienen ellas: Claudia Lúgaro y Cecilia Cabot. Las compañeras de la entrada son mucho más que personal administrativo; son la primera sonrisa, el mapa a mano y la contención exacta para esos pichones que llegan desde distintos puntos de la región con los miedos y los sueños cargados en la mochila. Ellas reciben la timidez del recién llegado y la transforman en pertenencia.

Y si de sostener el gigante se trata, el barro se hace carne en las manos laburantes del Lungo "Mono" Ijurco. El ex arquero aurinegro, que tantas veces voló para salvar los tres palos, hoy le pone el cuerpo al mantenimiento diario del edificio. Con la misma firmeza con la que atajaba penales en el estadio San Martín, las manos del "Mono" cuidan los picaportes longevos, pintan las paredes del tiempo y mantienen en pie la estructura donde se cocina el futuro.

Es en esa amalgama diaria donde resuena el vitalismo de poetas como Walt Whitman, aquel que cantaba a los caminos abiertos y a las almas libres. Porque hablar de esta esquina de piedra no es hablar solo de Tandil; es hablar del mapa vivo de una región que late. Es el eco de los pibes que viajan desde el cemento y la piedra de Olavarría, las calles tranquilas de Azul, o los que llegan trayendo el olor a mar y puerto desde Quequén. Esos cachorros traen en la mochila la misma arcilla universal que describía el poeta neoyorquino: la sagrada aventura de marchar hacia adelante, el derecho irrenunciable a los sueños y el deseo de ser los arquitectos de su propio destino a través de la educación pública. A las puertas de un nuevo aniversario de la UNICEN, cuando se soplen 52 velas el próximo viernes 9 de octubre, la esquina de Pinto y Chacabuco demuestra que su valor no está únicamente en la simetría de sus incansables pilastras centenarias.

El verdadero milagro ocurre cuando el legado de aquellos picapedreros que fundaron el suelo comulga con el "Mono", con Carlitos, con Claudia y Cecilia, o con cada estudiante de la región que cruza el umbral para escribir su propia página en la historia del mundo.


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