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30 de noviembre de 2016
por
Elías El Hage
No fue la fatalidad. No fue el
alcohol. No fue (si tomamos en cuenta el fallo aunque por ahora no sepamos los
fundamentos) el devenir del relato de una discusión dramática vivida entre el
padre y la hija a bordo de la camioneta, trama que con el trasfondo de una
tragedia familiar (el suicidio de la esposa de Amores) parece haber urdido la
mente del defensor invencible, como un manotazo de ahogado para salvar a su cliente,
quien hace rato se había hundido en su temeridad bestial y no menos bestial
ajenidad frente al dolor ajeno. No fueron las condiciones climáticas. No fueron
fallas mecánicas. No fue el destino. Fue Amores, curioso significante para la
paradoja aciaga de esta historia. Un hombre que con tan lírico apellido atropella
y mata a un mandadero luego de pasar el semáforo en rojo mientras corre una picada
contra un Ford Focus en plena Avenida España, a una velocidad de impacto de
entre 83 y 99 kilómetros por hora.
Un hombre de 60 años -como sostuvieron
el fiscal Marcos Egusquiza y el representante de la familia Herrería, Dr.
Luciano Tumini- es un hombre hecho. De un adolescente se puede comprender un
arresto de idiotez o de inconsciencia. No de un camionero que a lo largo de su
vida hizo "dos millones de kilómetros
sin un solo accidente", como
enfatizó el propio Dames. Sin embargo, en esa medianoche irreparable Amores saca arando
su Toyota Hilux del semáforo de 9 de Julio y España, pisa el acelerador que
abre ruidosamente el motor del turbo y así habrá de cruzar las últimas dos cuadras con
semáforo en rojo, del lado izquierdo de la avenida, con media camioneta
ocupando el carril opuesto, disputando metro a metro una picada contra el
conductor de un Focus que nunca apareció. Tres testigos los vieron y hundieron
el relato de Dames: ¿qué padre que está discutiendo gravemente con su hija arriba
de la camioneta se le ocurrirá, al mismo tiempo, ponerse a correr una picada
con un desconocido? Los jueces parecen haber ido en la misma dirección de los
testigos. Pero ni siquiera ese desborde de inmadurez impropia de un adulto
resulta tan demoledor como el después de
Amores luego de impactar al mandadero. Nunca se acerca al cuerpo moribundo de
Herrería; contempla con preocupación las roturas de su camioneta y encima se le
ocurre la inopinada idea de amedrentar a un testigo, el taxista Lavayén, y
decirle que "lo va a cagar a tiros"
si cuenta lo que vio. No hay en Amores el menor signo de culpa ni de empatía
por la persona que acaba de atropellar. Tampoco lo habrá después. Va preso y
como acto reflejo busca al abogado penalista más prestigioso de la ciudad.
Confía en los saberes de Dames y en la mitología que ha crecido en torno a su figura.
Y Dames parece no ver, en esos primeros momentos, el oleaje leve que precede al
tsunami. El fenomenal cambio de época y de paradigma en cuanto a la vida y la
muerte en la vía pública. Y toma el caso confiado en lo que habrá de decirle a
los tres jueces durante su vibrante alegato: que no hay nadie en esta ciudad a
lo largo de toda su historia que haya ido preso por atropellar a un vecino, aun
mortalmente. Y acudiendo a la cobardía del ejemplo (la cita es de Borges) manda
al frente pero con decoro corporativo, es decir no nombrándolo, "a un profesional de nuestra ciudad que
tuvo un accidente con dos muertos". Y ya sin decoro cita también el caso
Espinel. Fue un acto criminal ocurrido en el año 2006 y catalogado como accidente de
tránsito que se llevó las vidas de tres jóvenes médicos: Vázquez, Bertini y
Ferraro, en el kilómetro 222 de la ruta 226, exacto lugar donde hoy se pueden
ver tres cruces blancas. Dames les recordó a los jueces que el desaprensivo
conductor se abrió en plena loma y con doble línea amarilla para superar a un
camión, en un lugar donde sobrepasar a otro es un homicidio de base y donde
abundan los carteles al respecto. Ese sobrepaso terminó con una colisión
frontal contra el automóvil en el que viajaban hacia Tandil los tres médicos
que murieron en el choque, abundó Dames, para luego suscribir que a Espinel la
Justicia "le dio tres años de prisión en
suspenso". Es decir, que no fue preso. ¿Por qué entonces Amores sí? ¿Qué
conjura siniestra se ha creado en torno a un transportista que durante 30 años
al volante no tuvo una sola infracción de tránsito?, pregunta retóricamente el
abogado.
Ocurre que a Dames (por más que
sea Dames) también lo costó un tiempo entender la sintonía fina de la nueva
atmósfera social respecto a los accidentes de tránsito. Si hubiera intuido que
la historia iba a terminar como terminó, es probable que no habría tomado el
caso, no por el resultado final -en definitiva una contingencia para la que
está preparado cualquier profesional del derecho-, sino por el rostro del
adversario que lo derrotó. Perdió en principio porque estaba acorralado y tenía
todas las fichas en contra. Su cliente ni siquiera le había dejado el margen de la
misericordia. Aun así le rogó a los jueces para que fallaran de acuerdo al
orden jurídico vigente, sabiendo que todo su enorme prestigio estaba siendo
derrotado por el soplo intangible del nuevo paradigma hecho del dolor y la
indignación que expresa la opinión pública en la era digital, la era de las
comunicaciones en simultáneo, la era de las redes donde una noticia al minuto es viralizada
por miles de personas que fundan y forman opinión, al amparo también de una
actitud militante por parte de los familiares y amigos de Herrería. A partir de
los casos Barrios y Cabello, ya no les resulta muy sencillo a los jueces
aplicar la letra siempre más o menos elástica de la doctrina. Hay una mirada
que también se ha posado sobre ellos y esa carga, subjetiva pero de altísima
potencia y capital simbólico, hoy
también es una parte más entre las partes del todo que componen un proceso.
Tres hábeas corpus le costó a
Dames (y el embargo de su casa a Amores) conseguir el beneficio de la prisión
domiciliaria para su cliente. Frente al fallo de ayer, ejemplar, histórico e
inédito, hay quienes le bajan el precio porque el condenado estará preso en su
casa. Cabe recordar que diez de los diecinueve meses que estuvo detenido, Amores
lo hizo en una cárcel común y que una condena de la envergadura que
dictaminaron por unanimidad los jueces Echeverría, Arecha y Galli, lo convierte
en un fantasma del pasado. Preso en la jaula que empezó a construir desde la
cálida noche de febrero de 2015 que sacó arando la Toyota Hilux hasta que dos
cuadras después se llevó puesto al mandadero y a su propio destino. Había tenido
11 segundos para evitar el desastre y todo lo que hizo hasta el instante final
en que por reflejo clavó los frenos, fue apretar el acelerador.
Cubrí este juicio procurando no
hacer caso de los lugares comunes o ciertos reduccionismos que suelen deformar
la mirada del que tiene que narrar los hechos. Ni el emblema de la prosperidad
social -la Toyota Hilux- contra el símbolo de un trabajador en estado de
precariedad -su moto-; ni la tentación binaria de reducir el drama a la muerte
de un pobre a manos de un rico. La primera tragedia es lo que no tiene remedio:
Herrería murió a los 35 años y una estrella amarilla se pinta en el asfalto
donde cayó. Pero al dolor de la pérdida, sus familiares debieron sumarle el
completo desapego de su victimario. Sospecho que algo de todo esto entrevieron
los jueces para darle a Amores la pena de un homicidio simple. Esa ausencia de
mínima humanidad, ese forzado pedido de disculpas dicho in extremis, en las
últimas palabras de lo poco y nada que balbuceó cuando el juez Agustín
Echeverría lo invitó a hablar. Ese perdón a la familia pronunciado sin ganas ni
convicción, sin culpa ni arrepentimiento, matizado por la excusa de que no
había podido hacerlo ya que tras el accidente enseguida había quedado preso.
Amores desconoce el poder balsámico de la palabra. Una carta personal a la
madre del mandadero Herrería desde la cárcel hubiera reparado, aunque sea en parte,
lo que su acción produjo. Nunca la escribió. Por eso durante el juicio se
encontró con las miradas cargadas de dolor y de implacable memoria, los rostros
heridos esperando justicia y los gestos impenetrables que halló en los
familiares del mandadero las pocas veces que se atrevió a mirarlos. Por eso,
aunque jamás recibió un solo desborde, sintió que lo suyo había sido
literalmente imperdonable. Y cuando concluyó la lectura del veredicto, en medio
de las lágrimas de los familiares de la víctima y el alivio por una sentencia
reparadora, pareció que de golpe una brisa fresca abría la puerta del recinto,
y que por allí entraba Emilio Herrería, sonriendo, luminosamente vivo, mientras
él, Amores, terminaba de morirse con las esposas colocadas.
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