15 de abril de 2016

Sociedad

Sociedad. Adiós Fabián, te vamos a extrañar

(Por Mauro Carlucho - Fotos: Nicolás Procopio) Fabián Alonso es un protagonista de aquel tiempo. Simpático, de mirada cómplice, se supo ganar el corazón de sus vecinos. Contamos un poco de su historia, sus anécdotas. La amistad con Zanatelli, sus correrías con el padre Actis. Mil recuerdos que atraviesan nuestro pago chico. Quien no lo ha visto por el centro, acomodando el tránsito, dándole paso a los peatones en la esquinas. Desde hace 4 años trabaja en el Carrefour de 9 de Julio. Allí, vestido de ropa reglamentaria y con la insignia en el pecho, se apresta a acomodar los changuitos o acomodar los productos que quedan perdidos en los pasillos. Como bien dijo en la entrevista: “Me gusta ayudar a la gente”. Ese es su espíritu y así lo reconoce el vecino, que siempre tiene un saludo afectuoso o una palabra de agradecimiento. Pactamos la entrevista con Carmen, su mamá de jóvenes 89 años. Cuando atravesamos la puerta de entrada en la casa de Maipú al 1000 descubrimos que ella es casi tan personaje como él. Extrovertida, amable, supo educar con amor a sus 5 hijos. A cada uno de los cual llamó Teófilo, como el padre. “Para que se sepa que todos son del mismo padre”, dice entre risas. Fabián es el quinto de la lista. Llegó a este mundo el 5 de octubre de 1959. Las cuentas rápidas nos dice que tiene 56 ‘pirulos’. Carmen recuerda al detalle aquel día. “Estuvo grave cuando nació, pero pudimos salir adelante. Tuvimos muchísima ayuda de mis padres”, nos dice. Al lado está él, se hace el distraído, pero sabe a quién nos referimos. “A medida que fue pasando el tiempo me di cuenta de qué era especial, no se comportaba igual que cualquier chico. Entonces lo fuimos a ver al Dr. Suarez García, allí me dijo lo que pasaba”. Fabián nació con síndrome de down. “El Dr. Le tomó la mano, la miró detenidamente y me dijo que me quede tranquila, porque era limítrofe”. Llama la atención la relación médico – paciente en aquel entonces. “Por las dudas yo no me quedé quieta, era maestra pero no sabía cómo debía criarlo, como comportarme con él. Entonces empezamos a ver a otros especialistas, enseguida fui a Mar del Plata y se repitió la escena, el médico le tomó la mano, la miró y repitió las palabras de Suarez García. Mucha gente me ayudó, me dieron consejos, había que criarlo como a cualquier hijo y yo les hice caso. Nunca lo sobreprotegí, lo traté con el mismo amor que a los otros cuatro hermanos. Tuvo independencia y ‘ganó’ la calle”, recuerda. Apenas si ganó la calle, le encanta pasear por el centro y hacer de amigos. “Hace poco me enteré que iba todas las mañanas a una confitería del centro a tomar café. Él dice que lo invitaban y se sentía a gusto”. Fue libre de hacer sus amistades y moverse a placer. “Yo sentía como que era el hijo del pueblo, porque cada uno que me veía me decía ‘lo vi en la plaza’, ‘estaba por Rodríguez’, la gente lo quiere mucho”. A Carmen se le llenan los ojos de lágrimas y se ríe. Se ríe mucho. Fabián la mira y disfruta. Volvemos hacia aquellos primeros pasos y comentan que no pudieron adaptarse a la escuela. Empezó un tiempo en la 503 pero no resultó. “Como docente debo decir que no comparto la sectorización en escuelas para chicos discapacitados. Todas las personas deben ir a una escuela común y corriente. Donde comparta el tiempo con los demás y tengan un tratamiento especial. La escuela ofrece una formación integral, no es solo la académica o educativa. Yo veía que el sufría, no estaba contento. Además veía que no podía leer y escribir. Yo como maestra me daba cuenta. Después hace de todo, se maneja solo muy bien, no quise exigirlo con lo que no se sentía cómodo”, explica. Con respecto a su formación, nos dice que “no le quería fallar, por eso hice cursos en Buenos Aires, con instituciones que asesoran a padres de hijos discapacitados. Aprendí muchísimo. Me fueron diciendo paso a paso como iba evolucionar y que tenía que hacer. ‘Nunca en el vocabulario la palabra pobrecito’, eso me quedó marcado. ‘Es un chico con capacidades diferentes, trátelo como se merece. Si se porta bien lo felicita y si se portal mal lo tiene que retar. No tenga contemplaciones’, me decían. Yo les hice caso y acá estamos”, sostiene. Carmen era maestra rural, aconsejada por amigos agarró un cargo en la Escuela 27 que estaba en la cantera San Luis y allí se dirigió. Pero luego consiguió el traslado hacia un puesto administrativo en donde hoy funciona la Casa de la Cultura. Todas las mañanas madre e hijo caminaban hasta el centro, ella se apostaba en el edificio de Rodríguez y Belgrano y él salía a buscar aventuras. “Un día me llaman mis compañeras para que mire por la ventana, al frente en la plaza Fabián jugaba a la escondida con el padre Actis”. La ternura de la escena se presenta ante nosotros. “Tenían una relación especial, un día le robó el carrito de la misa y daba vueltas por todos lados mientras el padre lo corría entre risas”. Los abuelos se preocupaban al ver a Fabián acomodando el tránsito o caminando entre los autos, pero a él le gustaba. Lo hacía feliz. Su familia así lo sintió y le dieron todas las libertades. De chico en los veranos le gustaba ir a la pileta del Club Santamarina, ubicada en el predio de Belgrano y Roca. “Aprendió a nadar con Sequeira, a tirarse del trampolín. Pasó temporadas enteras disfrutando del sol y los amigos. En aquella época agarraba la bicicleta y salía. Lamentablemente después se la tuvimos que esconder porque los vecinos veían que andaba haciendo locuras por la calle y nos venían a contar. Cuando llegaba a la esquina sacaba el brazo para avisar que estaba por doblar. Era un ‘plato’ verlo, pero preferimos evitar un accidente”. Julio Zanatelli también tuvo un especial cariño con él. “El intendente tenía un nieto con síndrome de down y siempre lo tenía presente. Una vez lo puso a cuidar los piletones del dique y quería pagarle por sus servicios, llegando al fin de la temporada le preguntó que quería como parte de pago y Fabián le pidió un órgano. A los pocos días teníamos el instrumento en casa, los hermanos se reían, todavía debe estar guardado en algún rincón de la casa”, advierte. “Usted no se imagina lo que significa su compañía para mí. Le podría decir que unió a la familia. Se quieren mucho con sus hermanos, a pesar de algunas peleas. Porque Fabián tiene su genio y no le gusta que lo manden. ‘A mí solo me manda la mami’, les dice cuando le piden algo que no le gusta hacer”. Los médicos le aconsejan que salga a caminar, pero ahora lo hace a regañadientes. Apenas da unas cuentas vueltas a la plaza de los troncos y se quiere volver. Ahora le gusta andar en colectivo. Todas las mañanas temprano se dirige a la parada y espera el micro que lo lleve hasta el trabajo. “Le estoy muy agradecido a la gente de Carrefour, resulta que un día llega a casa y me dice que consiguió trabajo. Entonces fuimos a hablar con esta gente para ver cómo era la cosa. Ellos me explicaron cómo se dio todo y me preguntaron que pretendía yo. ‘Ustedes pongan un horario y denle una tarea’, les dije. No saben cómo le cambió la vida, se siente útil, se levanta con otras ganas”, explica. Ya van 5 años caminando los pasillos de la ex Casa Tía. El trabajo le dio una rutina que sigue hasta hoy. “Se levanta temprano, antes que nadie en la casa. Se baña, se afeita, le abre la puerta al perro (otra infaltable compañía) y se hace el desayuno. Ya para ese entonces despertó a toda la casa. Después vuelve al mediodía, llega contento, chocho”, finaliza. A un costado, Fabián escucha, se ríe, responde cuando tiene ganas y la reta cuando Carmen cuenta sus anécdotas. Es casi de noche y hay que preparar la cena. Nos despedimos y me saluda afectuosamente. Me conoce desde hace 30 minutos, pero yo lo tengo presente desde hace mucho. Como casi todos los tandilenses.
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