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25 de mayo de 2016
(Por Brando Bruni) Tandil, sin dudas, es una ciudad teatrera. No solo porque tiene una Facultad de Arte dentro de la Unicen que genera profesionales todos los años, basta con ver la agenda de cada fin de semana para notarlo. Gran parte de la responsabilidad por este boom teatral la tiene el Club de Teatro, algo que empezó como algo chiquito y hoy es una usina imparable de actores, directores y productores. Hace muy poquitos días, el 16 de mayo, el Club de Teatro cumplió nada menos que 20 años, por eso nos sentamos en las butacas de su sala 1 con Alejandra Casanova y Marcela Juárez para repasar estas dos décadas. PRIMER ACTO Todo comenzó en Rodríguez 545, atrás del mítico Teatro Cervantes. Pero antes, hubo una idea. “Veníamos trabajando juntas en un colegio, Marcela daba teatro y yo literatura. Entre las dos habíamos construido la materia teatro que hasta el momento el colegio no tenía. Después, el colegio cerró y así fue como salimos a buscar un lugar, con la idea de hacer teatro”, va recordando Alejandra. El objetivo original, dice Marcela, fue siempre “que el teatro no fuera para un sector reducido de teatreros, sino un derecho de cualquiera”. De allí el concepto de Club “un lugar donde además de hacer teatro, la gente se encontrara, pudiera sentirse parte”. “Establecimos algo que fue la convivencia de toda la gente que ama el teatro, desde el rol que sea. Eso trajo también una construcción de público muy importante para Tandil, empezamos a darle importancia a todos los roles, no solo al actor”, señala Juárez desde la fila 1. Apareció el lugar físico, ese recoveco de la Sociedad Española, que en su momento había sido también una clínica. Estaba en desuso, casi abandonado, se le tenían que hacer un montón de arreglos, no tenía siquiera luz y la instalación eléctrica era de las viejas, con cables de tela. Las dos, junto a amigos y parientes se pusieron manos a la obra, en este caso obra de construcción, no teatral. Así quedó fundado esto que desde el vamos iba mucho más allá de ser una sala y un espacio para dar talleres. “Las restricciones no nos limitaron. Empezamos a producir, no nos dejamos llevar por el no podemos. Algo que definió al Club, más allá que empezamos solas con las clases, es que se fue dando lugar a los otros. Eso tuvo que ver con el espíritu de Club, mucha gente se empezó a sentir parte desde adentro”, cuenta Marcela. SEGUNDO ACTO En 2011, con todo el trabajo encima y unos 300 alumnos, apareció la crisis, había que dejar el edificio. Cuestiones totalmente ajenas hacían que ese lugar tuviera otro destino. Pero como dicen, ante cada crisis aparece una oportunidad y hay que saber aprovecharla. “No sabíamos que hacer con toda la gente, pero en ningún momento pensamos en cerrar, la idea era encontrar algún lugar. En ese momento pedimos ayuda a todo el mundo. Algunos adhirieron con palabras de aliento y una palmada en el hombro. La gestión municipal fue la que tuvo la visión que con poco que nos ayuden salíamos adelante. Nos llamaron, celebramos el convenio de canje, donde el municipio se hacía cargo de becas y con eso pudimos alquilar este edificio”, describe la situación Marcela. Así apareció el imponente edificio que ocupan ahora en Chacabuco 517, había sido cine hasta hace un tiempo y no iba a dejar de albergar arte. La mudanza, como correspondía ya a su tradición, la fueron haciendo entre todos. Hoy, cuentan con dos cómodas salas bien equipadas que funcionan todos los días, ya sea con obras o clases. Un lujo. “EL TEATRO ES UNA ACTIVIDAD HUMANA BÁSICA” En los últimos años, el ambiente teatral tandilense vivió un crecimiento enorme. La gente empezó a acostumbrarse a ver teatro local, hubo una formación del espectador con la que tuvo que ver muchísimo estás dos décadas de laburo ininterrumpido. “El cambio tiene que ver con la continuidad del trabajo. El Club instaló un público que venía a ver a sus amigos y familiares, y de esa manera entró al mundo del teatro. Por otro lado, hubo más gente que empezó a hacer teatro para probar, y algunos de esos encontraron su vocación. Por otro lado, los que veían solo las obras que venían de Buenos Aires, encontraron que en Tandil había buen teatro y que en el Club había funciones todos los fines de semana”, analiza Juárez. Todo esto se fue dando transitando un camino paralelo al académico que brinda la Universidad, incluso compartiendo parte de los alumnos, obviamente con distintos objetivos. La semilla se plantó y empezaron a germinar actores y directores. Muchísimos nombres surgieron de la sala del Club para poner en escena obras mucho más allá de sus paredes. “Todavía no me puedo acostumbrar a ver la cartelera de espectáculos de Tandil y que en todas las salas haya gente del Club de Teatro, sean actores o directores. Eso es muy fuerte”, dice, orgullosa, Casanova. Por supuesto, mucho tuvo que ver también la cantidad de tandilenses, naturales o adoptivos, que decidieron hacer teatro. “El teatro es una actividad humana básica. Dramatizamos de chiquitos y después eso se va perdiendo. En realidad el ser humano es un animal de juego. El juego es un espacio sanador, de aprendizaje. La educación que tenemos a lo largo de la escolaridad hace que eso se vaya reduciendo hasta quedar solo en una cabeza que apenas puede discernir que pasa en el mundo. No estamos inventando algo, recuperamos algo que tenemos de naturaleza”, analiza detalladamente Marcela. Así se va mezclando gente de todo tipo, casi 400 alumnos con distintos objetivos, porque como bien dicen, “el único requisito para entrar al Club es amar el teatro y tener el respeto por la actividad teatral”. “Hay gente que se anota en teatro sin saber lo que va a encontrar. Hay todo tipo de casos, el que busca un grupo humano, el que vienen a probar a ver de qué se trata, el curioso. Pero no cualquiera cae a hacer teatro, hay un punto que nos une y es la sensibilidad”, afirma Casanova y agrega que ahí dentro “no existe la competencia, cada uno tiene su proceso interno y debe ser respetado”. En el Club, todos sus socios son iguales. GESTIONANDO HACIA EL FUTURO El Club está pasando por uno de sus mejores momentos, pero pensando a futuro, aseguran que “siempre faltan cosas. Hay que gestionar, es muy caro mantener las salas. Nos encantaría tener un terreno propio para proyectar a futuro. A nivel club, esto es permanente, tener nuevas propuestas, gente que nos enseñe”. “La formación de todos los que trabajamos acá es un punto importante para nosotros. Estar todo el tiempo actualizados, hacer nuevos talleres, hace que podamos hablar de futuro”, cuenta Marcela pero agrega que “hay algo importante, que la gestión no nos robe tiempo de la búsqueda artística. Uno es actor y director primero, y después gestor. Hay que encontrar el espacio para todas las cosas”. Alejandra por su parte cierra diciendo que “a nivel personal hay algo muy gratificante. Nuestros hijos están en el Club en diferentes roles. Podemos descansar un poco, delegar”. El club tiene un buen presente… y hay futuro. DE MONOLOGOS, PORTEÑOS Y OSCURIDAD En el Club, y producidas desde el mismo Club, se han puesto en escena una cantidad incontable de obras. Pero a la hora de pedirles que elijan un par, por las razones que fueran, mencionan, por ejemplo, a “Porteños”, “que trajo un público particular y fue de las primeras que vendió anticipadas. Los monólogos de Marcos, que dirigía Alejandra, que trajeron todo ese público nuevo”. “El Monologo del Cornudo, que se empezó a hacer a las 12 de la noche y se llenaba. Se hicieron 95 funciones”, rememora Alejandra y Marcela agrega que “otra obra que funcionó como bisagra fue “Nada que ver, teatro oscuro”. Trajo un público nuevo y hace seis años que está, la ponemos hoy y se llena”. EL CLUB por Pepo Sanzano En diciembre de 1999 me volví a Tandil, de Buenos Aires, con mi familia. Venía con toda la gana junta, volver a hacer teatro y a dar clases. Todo iba a ser tranquilo y con tiempo. No me apuraba nadie, tenía que bajar un par de cambios del ritmo de la tele y de la ciudad que me había expulsado de allá. En Febrero del 2000 me crucé con Marcela por la calle y me dijo: “Venite al Club que tenemos que charlar”. ¿Club? Yo nunca fui pa’ los deportes, mi forma humana casi que no se adaptaba a ninguno. Al Club de Teatro. Me da la dirección: al lado del Cervantes, pasillo largo hasta el fondo. Recordé que había estado en una nota de radio que nos había hecho alguna vez el Pibe Techeiro, pero el lugar estaba distinto, sala de Teatro con butacas en gradas, telones de fondo y patas, cabina y en uno de los antiguos consultorios, Marcela con Ale. Charlamos un rato nomás, cortito y al pie, “¿Querés dar clases acá?” Listo, la sonrisa se me instaló en el cuerpo, tardé como un nanosegundo en responder, me metieron en la familia. Ya era parte del Club… pero de Teatro. Ahí empecé con adolescentes y me llené de vida, seguí con teatro para adultos, mis primeras clases de Clown, los estrenos de las obras que hice acá, Gardel- Gardel y volver al teatro infantil, mis primeras clases de Improvisación, Porteños, Los Correveydile, las Argonautas, Los Cuatros, Porteños, Mandíbula afilada y actuar con Marcela, La Herencia y ser el primer director de Alejandra, con Marcela y Vero Gargiulo en el elenco, Los Mabelos. Escribir Norma y Teté directamente teniendo en cuenta “el escenario del club” con todas esas puertas y usarlas. Un torbellino de recuerdos frenéticos de hacer todo el tiempo. Todo lo que quería, las chicas me lo dieron de movida en mi vuelta a Tandil. Fui y vine como profe, mil veces por avatares de laburo, pero siempre volviendo, porque uno vuelve a su casa. Y el Club es eso… Mi casa. [gallery ids="127238,127239,127240,127241,127242,127243,127244,127245"] NOTA PUBLICADA EN EL SEMANARIO EL DIARIO DE TANDIL DEL SÁBADO 21 DE MAYO DE 2016
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