14 de diciembre de 2015

Opinión

Opinión. Padre que mira a su hijo

Miguel Lunghi en pleno discurso, durante la reinauguración de la biblioteca Juan Antonio Salceda del club Ferro Carril Sud, era lo primero que se veía. Francisco Lester se había instalado en un rincón de la sala. Quienes lo conocen saben que fue una rara avis de la política, o sea un político sentimental. Hacía minutos, de pie y con los ojos nublados, había resistido emocionalmente lo que podría ser el primer discurso oficial de su hijo, Ezequiel Lester, quien desde hace un año es presidente de Ferro. Y pasó lo que tenía pasar: en un momento a Lester hijo se le llenaron los ojos de lágrimas. Un lapsus de emoción se filtró a la hora de la dialéctica, atravesada por el nudo en la garganta, mientras recorría el camino que iba de las ruinas de la decadencia a la recuperación del club. Esa sala, la biblioteca recuperada que evoca el nombre de Juanillo, era el ejemplo de un trabajo de base, silencioso, acompañado de un grupo político muy sólido, con que el joven dirigente tomó la presidencia de un club que había pasado por una crisis terminal. Lester había destruido el mito de que billetera mata político ganándole con muñeca política la interna sin internas al empresario Edgardo Vázquez, quien luego de su intervención retiró su postulación para la presidencia del club. En su discurso, el presidente trazó ese recorrido hecho con gestión y sin grandes recursos, y cuando superó el trance de la emoción sentó las bases para lo que viene: el anhelo de abrir un jardín de infantes en la casa de calle Arana y un playón deportivo en el espacioso terreno donde el sábado se realizó la kermés, a metros de la sede del club. No es una palabra elegida al azar. La kermés fue una de las acciones sociales preferidas de los clubes de barrio del siglo pasado para recaudar fondos genuinos. Lester ha vuelto al origen de la política de los clubes de antaño. Conduce la Luna de los Tilos como metáfora de la Luna de Avellaneda. Con un trabajo de base silencioso pero eficiente, donde además ha comenzado a hacer tallar fuerte el arte sutil de la política: frente a Miguel Lunghi, durante el acto de reapertura de la biblioteca, le tiró una pared al intendente para contar con el Estado Municipal a la hora de planificar el jardín y el playón de deportivo. “No queremos que nos regalen nada, sí trabajar juntos por el bien del club”, aclaró. El intendente aceptó el convite con un baño de realidad: “Con todo gusto, Ezequiel… pero en vez del jardín empecemos con una guardería, empecemos por el principio…”, dijo Lunghi en medio del aplauso de la concurrencia. El capital personal del político sigue siendo su activo más importante en la sociedad de urbe intermedia que tenemos en Tandil donde todavía nos conocemos (casi) todos. Eso le dijo directamente la librera Alicia Laco, hincha ferviente de Santamarina, cuando se acercó para apoyar desde la librería Alfa a la biblioteca del club con una promoción de donación de libros para sus clientes: “Esto lo hacemos por Ferro, pero fundamentalmente Ezequiel, esto lo hacemos por vos, por lo buena persona que sos y porque te lo merecés”, le dijo Laco. Después Lunghi le gastó la broma del sombrero panameño a Francisco Lester que, conmovido, miraba a su hijo, tal como si se estuviera mirando a sí mismo treinta años atrás, cuando las maniobras de la política –desde el seno de su partido- le impidieron ser candidato a intendente siendo presidente del Concejo Deliberante. Con humildad, modos cordiales y espíritu de hacedor, Ezequiel Lester empieza a ser mirado como ese peronista cuyo perfil naturaliza mejor con la clase media local, tan esquiva al kirchnerismo de los últimos años. No se trata de una cuestión meramente estética, ideológica o de gestualidad política, sino, sobre todo, de entender que hay otra forma –que es la antítesis de la chequera y de la caja- para construir poder como dirigente político, gestionando a pulmón y desde la tradición histórica de un club popular que entre sus notables tuvo ni más menos que al escritor Juanillo Salceda y al socialista Juan Nigro, impulsor socialista de la Usina Popular. Un club que atesora la mística fundacional del barrio de la Estación. Desde allí Ezequiel Lester empezó a transitar un viaje que muy probablemente tenga su primera estación en el Concejo Deliberante de 2017. Es joven, tiene ganas y tiene un apellido peronista, capital simbólico que tampoco debe desdeñarse hacia afuera ni hacia dentro, cuando se revisa la historia familiar y las motivaciones subjetivas pero sumamente racionales por las cuales los vecinos desde hace por lo menos medio siglo eligen a su intendente. Buena parte de esa cosmovisión  -que entronca a los Lester con el peronismo de Tandil- se explica en la imagen del padre que mira a su hijo.
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