12 de julio de 2014

Papel

Papel. ¿Cómo era Tandil el día que jugamos la final del 90?

Un gallo obstinado y desobediente insiste en un canto tardío. Es, por ahora, la única voz que desafía el silencio del 1º de enero. Por ahí se le suma un ladrido impertinente, una canilla abierta, un gato que huye mojado por el salpicón. El primer día del año, en un barrio cualquiera, a la mañana temprano –pero no de madrugada– parece ser el reino de los animales. No anda ni un alma. Las almohadas se agitan aún con el sueño de los trasnochados o simplemente de aquellos que quieren, por un instante más, prolongar esa modorra que no es moneda corriente. Pero vale la pena recorrer lentamente la ciudad y descubrirla en esas primeras ocho horas de 1990, en esa jornada cargada de incertidumbre por un año que, aparentemente, no nace con un pan bajo el brazo. “Persianas bajas, una pizarra con precios que parece detenida en el tiempo. Parecen las imágenes del naufragio. Pero no. El despacho de bebidas ‘El Entrerriano’ espera los primeros parroquianos, no así el bar ‘Totó’, cerrado. La gente comienza a hacerse ver. Una vecina con la manguera y otra que le advierte sobre el derroche de agua y el oído infidente del cronista que alcanza a oir, ‘por lo menos que podamos limpiar la vereda tranquila, nos aprietan de todos lados’.El móvil elegido –la bicicleta– sigue rodando y se detiene ante la fachada en construcción de una importante fábrica. Dos operarios quizás los serenos, ni se atreven a pronosticar la terminación. Por ausencia, como la nafta. En la estación de servicio de Quintana y Dinamarca se informa que no hay, que solo se despacha a quienes vengan munidos por una autorización de Inspección General de la Municipalidad y por cuestiones de urgencia; luego, los únicos ‘privilegiados’ son los bomberos, la policía y los taxistas aunque para estos cargar no es negocio: están comprando nafta con precio nuevo y con tarifas viejas .Dónde se puede comprar un poco de pan, de fiambre o vino. Dónde. Todo cerrado. Por ahí alguien se atreve a abrir de puro arriesgado nomás. ‘Nunca vi tanto silencio un primero de año, siempre algunos negocios abren, pero esta vez son muy pocos’…dice la vecina. Mientras tanto se reiteraba el tedioso debate acerca de dónde trasladar el Casino, que a esa altura parecía un hijo no querido para la ciudad. Tras el delirium tremend del funcionario que comunicó la fallida obra faraónica en el Lago, aparecía otra propuesta de lo real imaginario. Diez millones de dólares era la cifra que se ofrecía para alojarlo en un lugar insólito: el Parque, al lado del Morisco. En la esquina de la Plaza Independencia, pero no por mucho más tiempo, todavía estaba el kiosco de madera de doña Estrella Pavioni. Por allí andaba Pinchirolli, con un sombrero de paja en la cabeza, altivo y sonriente, llevando en su cuadernos los jeroglíficos de un humor inteligible que publicaba en el diario El Eco. Dos entidades, el Banco Francés y el Banco Río peleaban por ser los primeros en contar con esa estructura de puerta de vidrio que los tandilenses miraban con recelo: el cajero automático. La puja, tras ardua licitación, se resolvería a favor del Francés. Un domingo de 1991, un artista provocador al volante de su Renault 4 se dirigirá al Dique. Sabe que habrá de producir un hecho que alterará bruscamente la rutina melancólica de la vecindad. En el baúl del desvencijado automóvil llevaba, parcialmente desarmado, un escarabajo gigante de tres metros. En pocos minutos la fantasmagórica imagen se apropiará del sujeto local. Y lo primero que ocurrirá, en cumplimiento de los antiquísimos mandatos radiofónicos, es que un vecino, entre perplejo y espantado, llamará a Radio Tandil para informar de que “algo extraño está trepando el Murallón del Lago”. El escarabajo, que había sido colgado en posición de escalamiento sobre la pared del Murallón que mira a las compuertas, producirá un efecto hipnótico. El estado anímico de la multitud (la misma muchedumbre que veinte años después acudirá a presenciar el lanzamiento oficial de un modesto chorro de agua denominado técnicamente géiser), oscilará entre el asombro y el misterio que recreaba tamaña novedad. Radio Tandil especulará con que la jugada de Rossanigo obedecería a un golpe publicitario del escultor, ya que pretendía instalar en la comunidad su proyecto "Piedra Dorada", réplica de bronce que en escala 1 a 1 aspiraba a coronar el cerro huérfano de la Piedra Movediza. Otra imagen inédita llamará la atención de los vecinos. De golpe aparecerá un hombre vastamente conocido en la geografía céntrica caminando con un extraño aparato colgado del hombro. Era el sepulturero Roberto Facekas, quien se dirigía a la mesa de El Cisne que compartía con los hermanos Massera. Una histórica mesa de prestamistas y funebreros. De golpe, cuando estaba cruzando por el frente del Banco Comercial, el aparato cobró vida. El vendedor de billetes de lotería José Conte quedó paralizado. El armatoste tenía la forma de una caja de zapatos ululando en medio de la calle. Facekas se detuvo, tocó un botón y comenzó a dialogar con el objeto. Nadie lo sabía en ese momento pero lo que estaba ocurriendo era el estreno de la telefonía celular en Tandil. Según la tradición oral, el responsable de la pompa fúnebre Casa García, resultará el primer adelantado que utilizó un teléfono celular del tamaño de un ladrillo para atender las cuestiones laborales fuera de su negocio. Se trataba de un Motorota Teletac 200, armatoste pesado, grande y caro. Un ciruja (todavía no se conocía el rubro de cartonero) que deambulaba con la chata a marcha lenta sobre los adoquines del centro le confiere al artefacto cualidades sobrenaturales. Otros vecinos oscilarán entre la ignorancia y el humor. Cuando se cruzaban con el funebrero por la calle le señalaban el aparato mientras le preguntaban: “¿Cómo va el partido, don?”. Pasada la sorpresa, en El Cisne cada vez que sonaba el Motorola los parroquianos cruzaban los dedos por el seguro advenimiento de la parca. Desde la funeraria a Facekas lo tenían informado de los últimos movimientos de los finados. Así había nacido la telefonía móvil en la comarca. Pero, ¿a quién se le ocurrió atreverse a invertir en un rubro culturalmente incierto que con el correr de los años habrá de convertirse en un fenomenal negocio sin techo visible? Dos apellidos, Salvi y Cravea, oficiarán de precursores en la materia. El precio de los primeros móviles aterrarían a cualquiera, pero hay algo peor aún para la factibilidad del negocio: el rechazo inicial que concitaba el uso del teléfono celular, el cual era visto por la sociedad tandileña como “el accesorio del porteño garca”. Por entonces hablar desde el celular costaba una fortuna: 2 dólares el minuto. De tal manera que sólo era usado por los ricos. Y tanto el que llamaba como el que atendía pagaban el costo de la comunicación. La inmediata asociación del celular con la porteñidad parece un acto reflejo del provincianismo cultural de la época donde en una primera instancia al teléfono celular se lo relaciona como la extensión tecnológica de la chantada y la arrogancia capitalinas. En los 90 todavía Tandil carecía de hipermercados foráneos  pero ya se venían al galope internet, los colegios privados (ya estaba, por ejemplo, el Colegio de la Sierra), los complejos de paddle, los parripollos y el servicio de remís. Y un dato más para pintar el clima de época con que los tandilenses nos dispusimos a ver aquella final del Mundo : de los suburbios remotos del Barrio Metalúrgico, un almacenero de escasa retórica comenzaba a edificar su “monárquico” imperio tandileño. Ex trabajador metalúrgico y ex estudiante de arquitectura, cuando el rodrigazo le licuó los ahorros debió abandonar la carrera y volver para Tandil. A trabajar en el fundante mercado del lejano barrio. Al que bautizó con el nombre de Monarca, quizá sin imaginar lo que un futuro de prosperidad le tenía preparado. “Le puse Monarca al mercadito porque de estudiante en Mar del Plata iba a una rotisería y compraba unos sándwiches sensacionales que me volvían loco… Ese negocio se llamaba Monarca”, confió muchos años después el empresario Juan Carlos Bertolín a este portal de noticias, a la hora de rastrear el génesis de un supermercado NyC que fue una de las pocas empresas locales capaces de doblegar al sujeto globalizador ícono de la modernidad. Logró derrotar a la sucursal de Norte en Tandil, luego de que miles de vecinos, en aquellos años inolvidables, eligieran cambiar el paseo dominguero del Dique por la playa de estacionamiento del supermercado de la Avenida Buzón. Postal de la desmesura que abrió el paréntesis de ingreso de la modernidad a la posmodernidad, junto con otros fenómenos de la incipiente burbuja inmobiliaria que se continúa hasta nuestros días: fueron cada vez más los vecinos nacidos y criados en el centro de la ciudad (digamos, entre las cuatro grandes avenidas), que por cuestión de costos en propiedades y alquileres debieron desplazarse hacia la periferia. Para dejarle la centralidad de la urbe a quienes -con mayor poder adquisitivo- elegían residir en nuestra ciudad huyendo, sobre todo, de Capital Federal. En los 90, por ejemplo, la avenida Brasil empezaba a dejar de ser un hilo de tierra que conducía al Cementerio Municipal (muy lejos de su glamorosa semblanza actual); y vivir en Villa Laza o Rodríguez Selvetti, era algo así como tener el domicilio en Rauch... Esa postal de Tandil, hoy tan distante de nosotros como la luna, fue el contexto social de un día histórico y triste para la patria futbolera: la jornada en que perdimos la final del mundo en Italia, con un penal que el referí le regaló a los alemanes a ocho minutos del final.

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