25 de marzo de 2026
Hay hombres que prefieren el fuera de foco, no por ausencia, sino por esa modestia heredada que entiende que el brillo verdadero es el que ayuda a lucir a los demás. Marcos Iglesias es de esa estirpe. Habituado a estar detrás de la cámara, hoy las luces lo buscan a él, que anda siempre por la vida iluminando el pasado con memoria y el futuro con trabajo.
Desde su trinchera de guillotinas, reglas y computadoras, Marcos custodia el alma de este valle encantador. Por sus manos pasan los libros del historiador Néstor Dipaola que habitan las aulas, y también esas páginas que le hacen cosquillas a la monotonía, como aquel grito de libertad titulado "Sin pelos ni en la lengua", escrito por una depiladora junto a sus chicas. En su taller, el papel no es solo celulosa; es el cuerpo de las ideas y las anécdotas de nuestra gente.
En estas horas previas a un nuevo aniversario de su querida Facultad de Ciencias Económicas, el Licenciado y docente de la UNICEN deja que la nostalgia alegre lo asalte. Son recuerdos con potencia vital: los asados bajo los eucaliptos para seiscientos estudiantes sobre una cama de resortes; los viajes a Capital para traer las telas que serían los "mantos sagrados" de la tribuna del León. Anécdotas de un tiempo donde la mística del Centro de Estudiantes se construía a pulmón, lejos de la corrección política y cerca del barro y el abrazo.
Como bien señaló el economista Ludwig von Mises: "La riqueza de una sociedad no consiste en las cosas, sino en la capacidad de los hombres para crear". Marcos es la prueba viviente de esa premisa. Formado en la universidad pública, no se sentó a esperar el progreso: lo inventó. Transformó el conocimiento en una pyme que late, que genera empleo y que sostiene la cultura local.
A su anterior taller lo bautizó "La Copia". Fue una paradoja hermosa: en aquel rincón donde todo se multiplicaba, habitaba un hombre de una originalidad inquebrantable. Si el poeta Walt Whitman decía que una hoja de hierba es la bandera de un carácter, los hijos de papel y tinta de Marcos son el refugio de los valores de su padre obrero, los mismos que hoy hereda su "pichón", estudiante y laburante a la par.
Quienes visitan su actual taller sagrado en Colón 945 lo notan enseguida: en el aire, entre el olor a solvente y el ruido de las máquinas, vuelan como palomas el altruismo, la dignidad y la honradez. Porque ser un León de Económicas no es solo ostentar un título; es, como lo exhibe Marcos, saber que la verdadera economía es la que se hace con agallas, ternura y el compromiso innegociable de ver crecer al vecino.
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