Para tratar de entender el fenómeno de los "Ni-Ni", los "Pibes Chorros" o "Chicos-Problema", lo primero es comprender de quiénes hablamos: Dónde viven, quiénes son sus padres y cómo es la casa donde habitan. Cómo es el ambiente social en el que se desarrollan. ¿Van a la escuela, a un club a practicar algún deporte o a jugar a la pelota en el potrero, si es que existen potreros todavía?
Y su hermano mayor, modelo a seguir... ¿Trabaja? ¿Estudia? ¿Delinque? ¿Consume drogas?
Para abordar este artículo ponemos una sola regla y si no está dispuesto a cumplirla no debería seguir leyendo: No se permite extrapolar, no vale decir "si yo fuera él". Porque yo no soy él, no sufrí sus privaciones, su falta de expectativas, de contención y hasta de cariño. Este informe no busca defenderlos, tampoco demonizarlos. Apenas compartir con el lector información que pueda servirle para comprender por qué pasa lo que pasa.
"SI YO FUERA..."
"Cuando yo era pibe la plata no alcanzaba y pasamos bastantes privaciones, pero no se me ocurrió salir a robar". Adolfo tiene casi 60 bien llevados, comerciante, una hija -Natalia- en primer año de diseño gráfico. A su hijo Victorio -nombrado en honor al abuelo palermitano- no le gustaba estudiar. Terminó por los pelos la Escuela Técnica. "A mí me hubiera gustado (que siguiera una carrera universitaria) pero no lo podía obligar así que le dije que si no estudiaba tenía que ganarse el pan, así que empezó a trabajar. Es muy metedor, es responsable y la Técnica le dejó bastante enseñanza para desenvolverse".
Adolfo sufrió dos robos, uno en 2014 y otro el año pasado. Los autores eran menores. "Una vez un pibe de 16 con uno más grande de 22 y agarraron al más chico, así que no pasó nada al final porque los largan enseguida. El año pasado me entraron en julio. Eran dos de 15 y 16. La policía me dijo que el más grandecito ya tenía un par de hechos y que el otro creían que era uno del barrio que andaba con él, pero no le pudieron probar que hubiera participado".
No cree en la posibilidad de redención. Para él, vienen de familia de ladrones y serán siempre eso. Insiste: "Yo fui pobre, cuando me regalaban un juguete era una fiesta, nos compraban un par de zapatos por año, y me faltaban un montón de cosas que uno quiere cuando es chico. Nunca robé".
Lo que no tiene en cuenta Adolfo -y las huestes que razonan igual- es que la pobreza no es la condición que empuja hacia el delito, sino la falta de modelos y de expectativas. Él tuvo siempre a quien mirar. En el marco de la pobreza de una clase baja que aspiraba a más, su padre Vittorio trabajaba en la metalúrgica y hacía labores de albañilería en las horas libres. Su madre, hasta que la artritis se lo impidió, cosía para afuera y hacía huerta. Adolfo era pobre, sí, pero tenía siempre el plato de comida caliente, el guardapolvo planchado, la mesa familiar al volver de la escuela, el ejemplo de sus padres y la intuición de que con esfuerzo había un futuro mejor esperándolo.
Por eso compararse con los chicos que delinquen es contrafáctico y no tiene sentido. Es como cuando alguien se compara con Maradona y lo critica por sus desprolijidades, por ser un excéntrico o por sus zigzagueantes posiciones políticas. Quien dice "si yo fuera Maradona" no nació en Villa Fiorito excedido de privaciones y, sin estudios ni un entorno contenedor, se encontró de pronto en la cima del mundo como personaje global al que se le abrían todas las puertas y hasta las ventanas. Que el Diez aún esté vivo ya es en cierto modo un milagro.
Con los pibes chorros pasa algo similar. Uno no puede comparar su niñez y adolescencia con la de ellos. Esa ficción simplemente no es posible ni conducente. Lo más razonable sería imaginarse a uno mismo nacido en esas condiciones de falta de contención, de proyecto, de modelos a seguir.
"Hay pibes que son bastante buenos para lo que les ha tocado en la vida", razona el subsecretario de Desarrollo Social del Municipio. "A otros la droga los está matando y andan en cualquiera, se meten alguna pastilla, un Resero en caja y encaran de frente al ejército ruso".
Por su función actual y su paso por la Dirección de Juventud, Pablo Civalleri conoce bien a estos pibes sin calma. En todos los casos en que interviene el Estado hay factores comunes: "Falta de afecto, padre ausente o preso, madre que trabaja todo el día y muchísimas carencias".
Por lo general son integrantes de familias numerosas que viven hacinadas en viviendas muy precarias. Porque son tantos la cocina comedor cambió mesa y sillas por camas. Llega cada quien a un horario y come sentado en su catre de lo que haya en la heladera, cuando hay algo. La casa tiene menos de 50 metros cuadrados. En una pieza muy chiquita duerme la madre, tienen un baño que por muy poco supera la categoría de letrina. Los planchones y la chapa sin cielorraso amplifican la temperatura. Sobre la cocina desvencijada hay una olla con guiso. Bastante fideo, poca carne, muchas moscas. La madre salió a las 8 y volverá después de las siete de la tarde. Limpia tres casas y cuida una anciana. Adentro el calor es intolerable y el chico sale para la esquina. Tiene 15 pero quemó etapas. Las cosas de la niñez siempre le fueron ajenas, extrañas. Aterrizó de emergencia en la pubertad.
Parece un retrato de N., uno de los chicos-problema más conocidos en Las Tunitas. Sus andanzas se relatan en los grupos de WhatsApp del barrio y su nombre se vincula a delitos perpetrados en la zona. A veces injustamente, pero otras con importante grado de certeza.
Su madre se llama L., una mujer joven y rotunda que aparenta más años de los que tiene. Jura que no sabe qué hacer para encaminarlo. N. no tuvo un modelo masculino positivo. Su padre estuvo preso y cuando salió intentó enderezar su vida como jardinero. Carecía de herramientas así que su mujer fue a Desarrollo Social, oficina que conoce como si fuera una extensión de su casa. Le ofrecieron un subsidio para comprar la moto-guadaña. Cuando se cumplieron los 20 días para que el dinero estuviera disponible apareció L. preguntando si lo podía cobrar ella porque su marido había caído nuevamente preso. En ese ambiente se crió N. Una asistente social opina que va a matar a alguien o lo van a matar a él.
MATAR O MORIR
Los pibes-problema se topan con la muerte a edad temprana. Como víctimas o victimarios. Como no integran el cuadro de ciudadanos decentes y principales sus muertes son una nota en policiales, el regocijo de los comentaristas que escriben "al fin uno menos" y poco más que eso.
Gabriel Ciano tenía 18 años y le decían Chule. Las instituciones de Villa Aguirre habían gestionado su inclusión en el programa Envión, para tratar de encaminarlo, pero a Chule no le interesaba ninguno de los talleres que dictaban. "Pasaba a saludar y a tomar mate, era medio capanga y solo participaba cuando había fútbol. Eso le gustaba", cuentan en el Envión de Villa Aguirre y agregan un dato para entender el desenlace: "Los hermanos más grandes estuvieron en cana y el Chule mamó todo eso de chiquito".
Era de noche. Gabriel y Brian Prezioso fueron en una moto robada a la casa del dealer dominicano José del Carmen Zapata Polanco. Pelearon. Chule recibió un golpe en la cabeza; luego un corte profundo que le provocó lesiones en un pulmón y la aorta. "El hombre éste no estaba solo, estaba con un par de amigos porque si no esto no pasaba, porque mi hijo se las aguantaba bastante y siempre iba armado, pero no le dieron tiempo a nada", reconstruiría más tarde Norma Migueles.
Malherido, Chule abandonó el domicilio del vendedor de drogas, se subió atrás de la Motomel color azul y le pidió a su compinche "Rancho, sacame de acá, llevame al hospital porque no llego". Cayó muerto en colectora Macaya y Rauch. El sábado 22 de agosto de 2015 aún no amanecía.
Los pibes sin calma mueren como Chule, pero también matan, como los hermanos P., que el 6 de enero de 2013 se cruzaron sobre Dinamarca, entre Piedrabuena y Primera Junta, con un grupo de amigos que iba a bailar y mantuvieron un entredicho. Estanislao Giacone, de 19 años, iba con su novia y madre de su bebé, Patricia Escobar, en el grupo de 13. Intervino para calmar los ánimos. Superados en número los hermanos P. -menores de edad en ese momento- dejaron una advertencia: "Esto no va a quedar así". Fueron a su casa, tomaron un arma y volvieron para vengarse. Estanislao intentó arrebatarle el arma, se trabaron en lucha. Un hermano cayó al piso cuando el otro le quiso tirar la moto encima a Estani pero erró de blanco. El que estaba caído recuperó el fierro y disparó el plomo fatal al pecho de Estanislao. Desde la cárcel, los hermanos P. confesaron que habían obrado empujados por la bronca de verse superados en el enfrentamiento inicial. En su ambiente, empezar una pelea y retirarse equivale a una afrenta que deja marca indeleble. "Nos tuvimos que comer los mocos y me puse ciego", le dice a una visita el hermano que hizo el disparo sobre Estani. Al que manejaba la moto le dieron 9 años de prisión y 16 al tirador.
CRÓNICA DE MUERTES ANUNCIADAS
A medio camino entre los que matan y los que mueren están los chicos-problema con certificado de defunción diferido. A Jota el padre no lo reconoció y la madre nunca lo quiso, cuenta su asistente social con tristeza porque "es un chico bueno, tranquilo, no tiene maldad". Pero a J. le tocaron malas cartas; una sucesión de manos injugables. "Lo tuvimos en un hogar pero por la edad ya no puede estar ahí, y además tiene una situación de consumo muy importante. Ahora está en una pensión". A las pastillas prescritas por Salud Mental le agrega vino de caja, que consume a razón de entre cuatro y cinco litros diarios. Y seguramente comete algún delito para conseguir sus tetrabricks porque el Estado le paga alojamiento y comida pero no le da dinero extra. "Se escapó de tres comunidades terapéuticas y queremos enviarlo a Santa Elena, que es un lugar cerrado para desintoxicación profunda pero no sé si vamos a llegar, porque hay lista de espera". J. vive para el presente. No tiene expectativas ni sueños, mucho menos planes. No parece razonable hacerle algún reproche. ¿Qué haría usted si, puesto a jugar al truco, le repartieran un mazo completo de cuatros de copa?
La licenciada en trabajo social Leticia Martínez revela que hay otras muertes más discretas y por eso no saltan a las tapas de los diarios. Pero están ahí, en forma de suicidio. La coordinadora del Centro de Referencia Penal Juvenil reconoce que "tenemos varios chicos fallecidos y unos cuantos suicidios".
Comenta el caso de uno "que andaba bien, pero llegó al centro porque le saltó una causa judicial de cuando era más chico". No vivía en extrema pobreza pero su padre lo golpeaba y él se iba a la calle. Nadie le daba un guardapolvo o las cosas de la escuela, ni lo escuchaba llorar cuando su padre descargaba en él su furia. Hasta que se fue de la casa y vivió mucho tiempo en situación de calle. "¿Nunca nadie lo vio?", se pregunta la especialista. Una respuesta probable habla de hipocresía o desinterés: Como el chico no molestaba, no originó quejas y nadie creyó que le correspondiera hacer algo por él. Así pasó parte de su niñez y adolescencia, entre nosotros, invisible. "Y vino al centro por esa causa que le había saltado de hacía un par de años, hablamos mucho, transitó el proceso muy bien, pero esas heridas que tenía en su interior nunca sanaron del todo, no pudo superar el trauma psicológico y un día se suicidó".
Los golpes de su padre, la indiferencia de quienes lo vieron en la calle y una falta de empatía general lo mataron antes de que cumpliera 22 años.
No todos miran para otro lado. Hay excepciones, como la del hombre que abrió una bicicletería con los chicos que golpearon a su hijo. Martínez asegura que los conoce. "Hace tiempo los vecinos de Villa Italia denunciaron y fuimos, eran re chiquitos, los padres trabajaban mucho y estaban todo el día solos, haciendo macanas, a veces ni comían a mediodía, no iban a la escuela. Son chicos con un montón de derechos vulnerados, no se los puede castigar si antes no se repara el daño que están sufriendo. Y bueno, este hombre les dio un espacio, los chicos van, están contentos. A veces hace falta solo eso, que los escuchen y les den un lugar".
Pero por lo general a estos adolescentes el sistema los aísla. "La escuela los expulsa porque son los que hacen lío en clase y molestan, entonces los docentes se los sacan de encima. Ojo, los entiendo, es que no saben qué hacer", dice Civalleri. En Las Tunitas hay ocho casos de chicos a los que no logran reinsertar en la escuela.
"La familia no está, la escuela y el club los expulsan y los pibes terminan en la esquina. También hagamos un mea culpa del Estado en todos sus niveles; el que cae ahora era el hermanito de 8 años del que a los 17 estaba hasta las manos, a los 10 años todos lo vimos y dijimos cuidado con este que va a seguir el mismo camino del hermano y finalmente a los 15 se mandó un cagadón". El funcionario dice que, como los chicos no tienen contención de la familia hay que seguirlos de forma personal para acompañarlos y, en cierta forma, ocupar el lugar de un padre o un hermano mayor pero con un mensaje positivo. Para ello implementarán un sistema de operadores de calle, que son referentes barriales de cada barrio que tendrán asignada la tarea de estar presentes en la vida de estos chicos, supervisando que concurran a la escuela, por ejemplo.
En ciertos casos se promueven medidas de abrigo y separan a los chicos del ambiente familiar y social nocivo para tratar de brindarles una segunda oportunidad en otro ámbito. Con cinco de los integrantes de "Los Playeritas" se procedió así. Otros cuatro, un poco más grandes, ingresaron al programa Envión. El Servicio de Promoción y Protección de Derechos del Menor actúa cuando el niño tiene derechos que han sido vulnerados. Una forma de vulneración también se da cuando la nena de 11 años queda al cuidado de sus hermanos de 8 y 3 en una casilla que tiene más chapa que ladrillos, con los cables de electricidad colgando. No es un ejemplo posible sino un caso real del barrio La Movediza. El padre es una figura ausente. La madre trabaja desde temprano hasta muy tarde limpiando casas en varios puntos de la ciudad. No los deja solos por maldad, desinterés o por falta de buena conciencia; no tiene a quien dejar al cuidado de los chicos. Hace lo que puede con las herramientas y capacidades que posee, que son muy escasas.
PROFECÍA AUTOCUMPLIDA
La mirada del centro ahora se replica también en la periferia. Los vecinos de los barrios calientes apuntan: "Este viene de familia de chorros y va a salir chorro también". Es un estigma y casi un mandato.
Un dirigente del Club Defensores del Cerro dice que la mirada del barrio sobre los pibes fue cambiando cuando los vecinos se dieron cuenta de que les estaban robando también a ellos. "Perdieron los códigos, le robaron la pileta de lona a una señora y la vendieron dos cuadras más arriba por $200, desesperados porque necesitan plata para consumir alcohol y drogas".
M.G. tiene más de 30. Dice que ya se rescató, pero que cuando era más joven su grupo de Tunitas se mandaba cagadas.
Disgresión: En este ambiente nadie dice que los chicos delinquen, ni siquiera los que delinquen hablan de delito, ni los funcionarios. Prefieren hablar de mandarse cagadas. Quizá porque les da cierto pudor. O porque no quieren reconocer que el que comete un delito debe ser castigado, aún con el atenuante de la condición social, la falta de guía familiar y por más que el sistema le haya negado posibilidades.
Bien, pues reconoce M.G: "Mirá, en mi grupo todos nos mandábamos cagadas, pero Tunitas no se tocaba, con los vecinos no".
Presume que el cambio de hábitos llegó con la droga. "Nosotros hacíamos algún domicilio (escruche - robo a casa sola) tomábamos vino, o cerveza, nos mamábamos y armábamos flor de quilombo, pero el escabio te deja fuera de combate en poco rato, ¿entendés? En vez las drogas te ponen loco y salís a hacer cualquiera. En el barrio les venden el combo por $100".
Por ese precio consiguen entre diez y veinte pastillas, psicotrópicos de uso legal. "Los mezclan con alcohol y se ponen como Terminator".
El consumo de estas sustancias aumenta la cantidad y gravedad de incidentes en que participan menores. Otra vez Pablo Civalleri: "Tengo amigos que militan en otros distritos y me cuentan que los pibes están en las esquinas como zombis. Eso es por el Paco y acá todavía no se dio, pero si entran en el consumo de Paco no hay arreglo ni contención posible porque les revienta el cerebro".
Leticia Martínez contradice la versión sobre inexistencia de Paco en Tandil. No puede aventurar que exista un entramado de producción, pero ratifica que hay chicos entrampados en el consumo de pasta base. Opina también que fue negativa la reacción del Municipio cuando el padre Fernando Lede Mendoza denunció el tema. "El cura dijo lo del consumo de Paco porque tiene información que le da la gente, después el fiscal Molinero habló del tema y él sabe más aún; pero la reacción del gobierno fue salir a desmentirlos, como a defenderse. Entonces el mensaje que les quedó a los que venden, a los que traen la droga a Tandil, es que se queden tranquilos que no va a pasar nada y eso está muy mal".
LOS "NI-NI"
En Argentina son 875.000 los jóvenes de entre 15 y 24 años que ni estudian ni trabajan. Representan el 20% de las personas de esa edad. Las cifras surgen de un informe del Banco Mundial que ayuda a comprender mejor la magnitud del problema.
Argentina tiene casi el doble de "ni-ni" que hace 20 años: en 1992 eran 470 mil, según cifras de la SEDLAC, la base de datos del Banco Mundial sobre América Latina.
El aumento responde en parte a causas demográficas: la población de esta edad creció 65% (de 2,6 a 4,3 millones) en el mismo período. Pero mientras varios países de la región lograron reducir sus porcentajes de "ni-ni", Argentina es una de las naciones de América Latina donde se agravó el fenómeno (creció 1,6 puntos porcentuales).
Entre los vecinos, Brasil no registra cambios significativos, en tanto que Chile, Perú y Venezuela lograron reducir hasta un 12% sus tasas de los jóvenes que no estudian ni trabajan en estas dos décadas.
En muchos de estos casos se aprecia un patrón: la falta de ejemplos de cultura de trabajo. "Hay muchos hogares donde los chicos no vieron nunca trabajar a su padre", explica un operador del Programa Envión y cuenta una anécdota: "Teníamos estos cuatro pibes a los que les conseguimos la oportunidad de pintar Sans Souci. Les iban a pagar buena plata desde el primer día, además del valor que tiene aprender bien un oficio. Les hicimos el seguimiento antes de empezar. Incluso el día anterior los visitamos en sus casas para reiterarles que arrancaban al otro día, para que fueran responsables y se lo tomaran en serio. Estaban entusiasmados. Al otro día dos no se presentaron y los otros dos llegaron tarde. 'Me dormí, gato'. Ni una disculpa, ni siquiera una justificación. No. 'Me dormí, gato'. Al final tres desertaron. Y el de la empresa de pintura nos refregó en la cara que 'a estos pibes no se los puede ayudar porque no sirven para nada', esa imagen quedó".
O el nene de 8 años que vive en una casa tomada en Movediza, y ve que su padre se levanta a media mañana, toma unas cervezas con los amigos, sale un rato y vuelve con un televisor LED. Esa imágenes se graban a fuego en los chicos y después repiten lo que para ellos es normal.
Y para los que ya están por el camino del delito es difícil empezar a trabajar porque requiere un cambio de mentalidad. Hache es conocido de un dirigente político. "Jugábamos al fútbol de pibes y me dijo que tenía problemas, así que hablé con un herrero que estaba dispuesto a ayudar en estos casos y lo tomó como aprendiz; como al mes lo vi, le pregunté cómo le iba y me dijo que no sabía si iba a poder continuar porque lo que le pagaban por quincena lo hacía en un rato cuando robaba. Después renunció, creo que robó un par de veces y tuvo suerte porque no lo agarraron, fue papá y la esposa lo ayudó a encaminarse, hoy trabaja y está estabilizado, pero son pocos los casos como H., que abandonan el delito, abrazan el trabajo y logran salir adelante, la mayoría no termina así".
Además, estos grupos tienen cada día menos chances de insertarse en la sociedad porque su bagaje de conocimientos es casi nulo y el mundo del trabajo requiere operarios cada vez más calificados, salvo en la construcción y el servicio doméstico, donde la precariedad laboral y los sueldos bajos son la norma.
Mientras tanto, seguimos a los banquinazos debatiendo entre el garantismo y la mano dura, sin atacar nunca las causas reales que generan un problema cada vez más grave.