23 de enero de 2017

LA MUERTE DE FALISTOCCO

LA MUERTE DE FALISTOCCO. El último vuelo

(Por E.E.H) Dos urnas y sus cenizas sobre el altar con velas y flores. En medio de ambas un par de fotos: en las dos están el padre y el hijo abrazados. Fuera de la capilla hay mucha gente y una mesa con termos de café y agua mineral. A metros de la mesa una pantalla plasma. Sobre ella se proyecta el homenaje de sus amigos en un video de los clásicos vuelos de acrobacia que llevaron el sello único de César Falistocco y lo convirtieron en un personaje admirado y popular. En la capilla, sentado en el primer banco, un matrimonio de gente mayor. El hombre resulta físicamente el espejo del malogrado piloto. Aferrado a un bastón y acariciando la espalda de su esposa, Falistocco padre resiste como puede. Mira la urna que guarda las cenizas de su hijo y espera. Algo va a ocurrir en minutos. Alguien de la familia viene a buscarlo. A las dos de la tarde había llegado hasta Pradera de Paz bajo un cielo fúnebre y con presagios de lluvia, pero una hora después ocurre un hecho inesperado: las nubes fueron diezmando el gris plomo de la tormenta que prometían y un sol tibio parece empujarlas más allá del horizonte. Una hora después, mientras el ruido del primer motor de un avión suena lejano pero inminente, el cielo es un tapiz diáfano y por el ventanal de la capilla se impone una tarde luminosa.

Flota en el aire un desánimo sombrío, una tristeza unánime, pero también hay algo más: tal vez cierta resignada aceptación no sólo  a lo irreversible de la muerte en sí, sino un íntimo y perceptible respeto a la ley del pasión. En varias entrevistas César Falistocco aludía a ella. Hablaba de la pasión como un credo de fe. "No importa si no sabés volar, si querés aprender y te cuesta. Lo que importa es que tengas esa pasión", decía. Tal vez de allí, de la hondura de esa fuente mítica y poderosa, haya sacado fuerzas para remontar la peor tragedia que le pudo suceder, la muerte de su hijo ocurrida en pleno vuelo acrobático hace ocho meses. Sólo alguien que tenga una pasión para vivir, una sola, la que fuere,  comprenderá de qué estaba hablando el piloto en aquel reportaje que hoy se puede mirar en YouTube. La pasión no era sólo volar sino toda la cosmovisión que el vuelo contiene: "La magia de una puesta de sol, los cerros nevados como pude verlos desde el aire en Mendoza, los penitentes, la simpleza de lo bello. Y también lo poco, lo ínfimo que somos los seres humanos frente a la gran inmensidad del paisaje, cuestión que debería hacernos más humildes en nuestro breve paso por la tierra", decía.

La urna guarda las cenizas de una pasión consumida hasta la última molécula. Ahí está el hombre que empezó a volar a los 16 años acompañado de su padre; ahí está el hombre que durante cuatro horas cruzó la Cordillera de los Andes en planeador, el hombre que fundó su propia mitología como piloto de la Fuerza Aérea Argentina, el día que durante la inauguración de un puente lindante con Uruguay y en plena ceremonia de acrobacia aérea se desprendió de la escuadrilla y pasó con su Mirage por debajo del puente ante la ovación de la concurrencia. El registro fino de esta travesura debe emparentarse con la épica de la tradición aeronáutica, como tan bien lo expresó en sus vuelos memorables Eduardo Olivero, o a mediados del siglo pasado "El Loco" Peyrel, y hasta con el piloto y sastre italiano Guido Dinelli, quien en 1905 se tiró con una "Bicicleta Aérea" desde el cerro Garibaldi, volando unos 180 metros para que la posteridad lo evoque como el primer hombre que voló en Sudamérica con un aparato más pesado que el aire.

También ahí está el hombre que hizo parapente, que alguna vez realizó un vuelo de promoción de unas pelotitas que debía arrojar desde un avión ultraliviano al verde césped del Estadio San Martín. Una de los pelotitas impactó en la hélice dejando fuera de servicio al motor de la nave. Su tremendo talento lo llevó a realizar un aterrizaje de emergencia, saliendo sano y salvo él y su copiloto. No perdió el humor ni siquiera en ese momento crítico. Cuando me contó esta anécdota y le pregunté qué le había dicho a su acompañante al momento de empezar a venirse a pique, fue textual en su evocación: "Agarrate que nos hacemos mierda", le informó. Como todo piloto tenía su propio Ángel de la Guarda, lo que no significaba que su ineluctable destino, como el de cualquier persona, no estuviera escrito por el lenguaje de las estrellas durante la noche que él vino al mundo.

¿Cómo vamos a recordar a César, a quien no poca gente también apodaba "El Loco"? Quizá como el más grande piloto que dio el Tandil de la modernidad. Pero eso no es todo y tal vez no sea lo más importante. Lo vital fue su ingenio y su voluntad para inventar una cosmovisión, un mundo propio: él y la acrobacia aérea funcionaron como sinónimos. Al retirarse con el grado de capitán de la Fuerza Aérea, en 1997, ya viviendo en Tandil se convirtió en Instructor de vuelo de su propia escuela, a la par que fue piloto de pruebas y ensayos en vuelo de la Fábrica Rans (Argentina), Profesor de Seguridad Aérea y de Márgenes de Vuelo en la EAA Argentina y Profesor de Seguridad e Higiene en el Instituto de Educación Superior Tandil. Finalmente había llegado al puerto deseado, al de la madurez: ocurre cuando los mejores se convierten en formadores de las nuevas generaciones y aportan todos sus saberes "para que esto que es una pasión no termine con nosotros", dijo en otra oportunidad.

Las exhibiciones acrobáticas le dieron una inusitada popularidad al consagrarse como protagonista de un espectáculo que tiene tanto de show como de riesgo, adrenalina y belleza. En otra de las entrevistas supo acertar sobre el acto de volar al definirlo también como un hecho artístico donde solía aparecer la poesía. Seguramente nunca le fue ajena la memorable sentencia de El Principito: "Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante".

Será por algo de todo esto que la despedida que hoy le dieron en Pradera de Paz sus familiares y amigos, fue distinta a todo. Padre e hijo de la mano hacia el largo adiós. Con una canción, con el paso de los aviones, con la entrega de una bandera de sus antiguos camaradas. A César se le dijo adiós con la pesadumbre y la tristeza que son hijas de la tragedia, pero también con la certidumbre que expone una vida vivida en sintonía con la pasión de los elegidos. La muerte de Antonio truncó y destruyó todos los sueños de juventud en la primavera de la vida, en un solo, doloroso e irreparable instante; la de César fue, aún en la penosa fatalidad, el último vuelo de un fervor otoñal que será por siempre memoria viva.

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