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16 de diciembre de 2016
por
Elías El Hage
Ya para el 74º aniversario había ocurrido otro episodio de características inefables, el cual conté incluso en el propio libro como una anécdota menor pero típica y característica de estos acontecimientos. Un imprevisto que viene a romper con el aura solemne propia de la institucionalidad políticamente correcta. Lo titulé El botón rojo. Y decía así: "Durante la celebración del 74º aniversario de la Usina se procedió a un sobrio lunch entre las autoridades de la empresa e invitados especiales en el viejo Salón de Máquinas. Y una vez más, como suele ocurrir en estos actos oficiales, los demonios del protocolo tendieron una trampa que produjo un generalizado ataque de risa entre los testigos del agasajo. Ocurrió cuando tras una pedagógica recorrida en torno a los míticos motores y los discursos de ocasión, Marcelo Funaro, uno de los trabajadores de la empresa con cargo de jefe, pretendió demostrar a los comensales cómo en los tiempos fundacionales de la Usina el accionar de un sencillo botón de color rojo interrumpía el suministro eléctrico a toda la ciudad. A fin de corroborar empíricamente sus dichos, Funaro -suponiendo que el vetusto mecanismo también ya formaba parte de la historia- pulsó el botón concitando la atención de los presentes, pero sin imaginar lo que sucedería un segundo después: la antigua Sala de Máquinas, el resto del edificio de la Usina y enteramente toda la ciudad quedaron sin luz frente a la demostración del operario. La desopilante anécdota -y las cargadas que recibió Funaro- perduran hasta el día de hoy en la familia usinista".
En la noche del viernes y ante el nuevo e inoportuno apagón estaba el intendente Miguel Lunghi y demás autoridades, y salvo el pediatra radical que ya lleva doce años de gobierno -con una admirable resistencia a todos los actos protocolares, a tal punto que la Peña Amigos de la Burla ya piensa entregarle el galardón mayor consistente en el trofeo Bolas de Plomo-, no hay hasta ahora ningún jefe comunal que haya padecido tan crudamente el tedio mortífero del protocolo como el escribano Nicolás "Gino" Pizzorno. Promediando su gobierno Pizzorno había agotado su resiliencia al protocolo y estaba harto de los demonios del imprevisto que le habían hecho sudar la gota gorda del mal momento. Esa mañana inolvidable, Austraukas, su secretario de Agricultura, acababa de comunicarle que debían participar de la inauguración del Matadero Municipal, y el intendente presintió que no tendría manera de zafar del formulismo. A solas en su despacho Pizzorno quedó rumiando su mal presagio acentuado por el vertiginoso recuerdo del último evento que le había tocado presenciar en la Escuela de Comercio. A minutos de empezar el acto se vio a sí mismo junto al director del establecimiento en el momento previo al emotivo corte de cintas. La Banda de Música, a una prudente distancia de las autoridades, se disponía a seguir las órdenes pautadas por el Ceremonial: apenas las autoridades procedieran a desanudar las cintas celestes y blancas, la Banda ejecutaría una jubilosa marcha triunfal. En ese instante al recordado periodista Fernando Archuby, entonces director de prensa del municipio, lo asoló un retorcijón, inequívoco mensaje de que debía marchar urgentemente en busca de los sanitarios. Eso hizo. A paso rápido cruzó el patio de la escuela, pasó por la línea donde se agrupaba la prensa, y sin ver otra cosa que no fuera el trono blanco y negro de su salvación, avanzó por entre el director de la escuela y el propio intendente y ¡desanudó las cintas protocolares! que entorpecían su camino al baño. Al verlo la banda de música arrancó con un allegro clamoroso para dejar grabado en la historia el hecho político-musical más absurdo de la década.
Lo cierto es que Pizzorno estaba convencido de que lo mejor para su equilibrio psíquico era no asistir a esos sucesos de parodia, pero la presión pudo más que la fuerza cósmica del presagio. De modo que aún sin quererlo allí estaba la tórrida mañana de enero de 1988 para consumar el hecho político más esperado: después de diez años el peronismo en el gobierno reabría el Matadero Municipal. Rodeado por toda la crema del establishment lugareño, más sus funcionarios y los medios de comunicación, Pizzorno, paranoico, antes de empezar el acto consultó a sus colaboradores acerca de la eficiencia del matarife traído para el evento. "Es el mejor de todos", le dijeron.
El protocolo en sí mismo no tenía mayores complejidades. Habría un breve discurso del jefe comunal y trascartón la bendición del sacerdote sobre las instalaciones mientras el matarife procedía, llevando a la práctica la simbología del caso, a demoler de un solo y perfecto mazazo al cerdo elegido para el sacrificio. Pizzorno habló y luego las autoridades se trasladaron al cajón de volteo. El cura descargó una efusión de agua bendita sobre el lugar y luego murmuró un Padrenuestro de ocasión mientras el matarife arrojaba el mazazo asesino. Lo que ocurre usualmente tras el golpe es que el animal cae desmayado, momento en que se lo pasa a degüello. Eso esperaba Pizzorno, el cura y las decenas de invitados especiales. Pero tras la descarga el chancho soltó una queja de dolor y luego dio vuelta la cabeza y miró a su verdugo como diciéndole "mirá como tiemblo". El matarife se enfureció, pero llegado a este punto se imponen dos teorías: 1) O estaba superado por el acontecimiento, o 2) Se trataba de un aprendiz con la herramienta. Porque después de ese mazazo sobrevinieron otras veinte descargas demoledoras sobre el lomo del desventurado animal, y el cura, horrorizado, seguía rezando el rosario del derecho y del revés, en español y en latín, esperando que el verdugo se diera por vencido o el chancho invencible cayera fulminado de una vez por todas. No ocurrió ni una cosa ni la otra. Alguien tuvo la buena idea de apartar al intendente y la comitiva de esa escena de espanto, de modo que todos se retiraron a un patio donde el Ceremonial había previsto un vino de honor, y mientras lo tomaban, y mientras Pizzorno maldecía a todos y cada uno de sus colaboradores por el mal momento vivido, de fondo, como una música horrenda, se seguían escuchando los bramidos de dolor del chancho invencible y los insultos a la madre de todos los chanchos que los parió proferidos por el fracasado matador.
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