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16 de noviembre de 2016
Finalmente en la víspera, con el relato de todos los testigos
citados apareció un dato relevante, al menos una consideración humanitaria:
luego de impactar su camioneta Toyota Hylux contra la moto del mandadero Emilio
Herrería, Hugo Amores jamás se acercó al joven accidentado. Esta mortífera ajenidad
fue justificada por la defensa como un estar ausente del hecho. "Estaba ido", se dijo. Otros la interpretaron llanamente como una
apatía o desinterés por el hombre al que había atropellado.
Fueron en total 11 declaraciones. Una gran mayoría volvió a
desmejorar la situación del empresario de transportes. Quedó flotando en el
aire un halo de indiferencia, de ausencia total de empatía del hombre que
atropelló y mató a una persona, no sólo tras ese momento límite sino después,
durante todo el tiempo transcurrido hasta llegar al juicio. Si Jorge Dames
buscaba exponer el lado humano de Amores, (a tono paradojal con el significante
de su apellido), los testimonios de ayer lo ubicaron lejos de esa condición,
quedando en la retina emocional e histórica la personalidad de un conductor
desaprensivo y frío que a bordo de su camioneta y a altísima velocidad, con
semáforo en rojo, atropelló a Emilio Herrería produciéndole un traumatismo grave
cráneo-cervical, torácico-abdominal cerrado, fractura de columna cervical y
hernia traumática hemidiafragma izquierdo, heridas que le causaron a la víctima
un paro cardiorrespiratorio traumático que le produjo su deceso a las 23.55 de
aquella noche en el Hospital Santamarina.
Los testimonios contaron lo que vieron casi de forma unánime. El taxista
Juan Capellutti, quien estaba en España entre 9 de Julio y Alem cuando escuchó
dos chillidos de gomas y vio un Focus y una Toyota que iban a la par a gran
velocidad, sostuvo que a su criterio parecía que estaban corriendo picadas. Fue
al lugar del accidente y tampoco vio que Amores se acercara a la víctima en
ningún momento. A continuación Nicolás Cataldo y luego su mujer María Belén
García Spikerman relataron cómo ellos circulaban en un automóvil por Paz y
Emilio Herrería iba detrás de ellos en su moto. Dijeron que la moto estaba unos
50 metros detrás y que circulaba a una velocidad muy baja. Aseguraron ambos que
Amores nunca se acercó a la víctima.
Pero un relato que pintó un cierto toque desagradable en la
personalidad de Amores lo prestó Mariana Aguerriberry. La mujer tiempo atrás
había tenido un cruce con el empresario, en la calle, cuando en la esquina de Mayor
Novoa y Portugal fue embestida por una camioneta que era conducida por Amores.
Como colofón de esa discusión, Amores sacó a relucir un costado gélido y
superficial: habló que tenía seguro, cuando se le reprochó que podía haber
atropellado a un chico, para luego deslizó un costado misógino y machista: "Esto te pasa por estar fuera de tu casa
siendo mujer", le espetó a
Aguerribery.
A la hora en que Dames presentó los testigos de la defensa,
obviamente el relato sobre la personalidad de Amores giró en su favor. Todos
intentaron humanizar la figura del empresario y resaltar que venía atravesado por
un estado de shock emocional cuando ocurrió el accidente. Así lo sostuvo Luis Hernández,
amigo de la familia, y también Leopoldo Leopoldo
Artiaga , quien además describió el difícil momento que pasó Amores segundo
después del accidente: "La gente le
decía de todo. A la hija también. Le decía: ?A vos pendeja cuánto te paga este
viejo? ", indicó.
La
voz de la hija
Pero el testimonio más esperado por la defensa -y preparado
a tal fin- habría de darlo Aldana Romina Amores, la hija del empresario. Su
declaración confirmó el argumento central que urdió Dames para contextualizar
como un atenuante de peso en el accidente en sí y de paso desestimar que su
cliente estuviera corriendo una picada con otro auto. Nadie anda corriendo
picadas por la calle en estado de shock por una pelea con un familiar.
Aldana cerró las declaraciones en el Tribunal Oral y
Criminal. En medio de un clima de honda expectativa, la joven repitió, pero con
detalles, la historia que había deslizado Dames al comienzo de su relato. Que
ella había invitado a su padre a cenar porque últimamente la relación estaba en
cortocircuitos, agravados por el suicidio de su madre dos meses atrás. Que al
resguardo de la sociabilidad del restaurante le había dicho que se iría a vivir
sola "para que no lo tomara tan mal".
Y que luego de la cena Amores, entrando en una crisis de nervios, le dijo que
él "no se podía quedar solo". Aldana
le replicó que ya no podía vivir en esa casa y deslizó un hecho por lo menos
extraño: cuanto más crecía la discusión, más velocidad le imprimía Amores a su
camioneta. En eso apareció la sombra de la moto en medio de la Avenida España.
Amores, según el relato quiso esquivarla, pero el choque fue inevitable. Aldana
sostuvo que tuvo fuertes intercambios con la gente que se había acercado al
lugar y que su padre "estaba ido luego
del accidente". Tras ese declaración se adjudicó la culpa de lo ocurrido,
momento en que la expresión inescrutable del rostro de Amores se desencajó por
las lágrimas. "Si yo no me hubiese empezado a pelear con él, nada de esto hubiera
pasado", se autoculpó su hija.
En el último momento de su declaración, Aldana
Amores, tardíamente, dio en el clavo sobre un hecho que al menos hubiera
reparado en parte la tragedia. Admitió que deberían haber pedido perdón a la
familia de Herrería. "Pero no supe cómo
hacerlo. No supe cómo pedir perdón", dijo. La atmósfera de la sala pareció
congelarse en ese instante, aunque en realidad buena parte de las miradas
recayeron sobre la figura de Amores: si alguien desde esa noche del 3 de febrero
de 2015 hasta ayer tendría que haber pedido perdón a la madre y familiares del
joven Herrería, ése era él.
Nunca lo hizo y ya era demasiado tarde para
lágrimas.
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