
Si tiene alguna consulta comuniquese al
9 de septiembre de 2016
por
Elías El Hage
Para empezar hay que decir que Mario Clavel se crió en el
barrio de la infancia de mi madre y de mis abuelos. El mítico barrio de la
calle Centenario y Constitución. Fue el barrio, también, de Pascual Pina, de
René Lavand, de los hermanos Techeiro, de los Equiza, en fin, de toda una
generación de vecinos para quienes ese lugar fue el Universo y la Vía Láctea.
Se crió Clavel allí. Venía de una humildísima familia. El piano lo aprendió a
tocar en la casa de mi abuela Asiba Musa. En ese piano compuso su primer tango
titulado Mi Desventura. Y nadie en el barrio le decía Mario o Clavel, sino que
todos lo llamaban por su segundo nombre: Miguel o, cuando todavía reinaba el
afecto, Miguelito.
Clavel tuvo en la vida un amigo fiel. Una suerte de hermano
que lo adoró. Fue mi tío Graciano Name Musa. El tío era un desaforado por el
fútbol y la amistad. Dirigente del club Ramón Santamarina, camionero y mueblero
entre otros oficios, Name compartió el barrio y un aula del Colegio San José al
lado de Mario Clavel, quien de chiquito nomás se destacó por su inteligencia
superlativa. Dicen que no se conoció mejor alumno en la historia del San José
que el estudiante Clavel. Es probable. También aprendió a tocar la guitarra con
el maestro Isaías Orbe y a la hora en que mi abuela los sentó a la mesa a Name,
su hermano Fredy y Clavel para enseñarles a leer y escribir en árabe, el único
que aprendió fue el que te dije. Tenía, hay que reconocerlo, un talento
especial, una estrella privada, que es el don que las musas secretas le confieren
a los artistas.
Cuando terminó la escuela, Clavel se fue a Buenos Aires.
Vivió en una pensión y se alimentó de las centenares de encomiendas que le
envió mi madre y el tío Name. Para sobrevivir se empleó de vendedor de seguros
en la firma Continental mientras tocaba en tugurios de mala muerte a la par que
empezaba a construir su estilo. A la vuelta de la esquina lo esperaba el
bolero, que es el género que más lo representa. En ese entonces tenía una
obsesión: lo único que quería era pasar al frente, salir de pobre, escapar de
la pensión horrenda donde debía acercar el elástico de la cama a la mesa de la
cocina para sentarse sobre él y usarlo como silla. De modo que compuso Somos y
centenares de canciones por el estilo. Así construyó su imagen edulcorada de
showman-cantor, jamás dijo una sola palabra sobre las atrocidades de las
decenas de dictaduras militares que vio pasar por el país, y se alzó con una
millonada fruto de sus ganancias como derechos de autor cobradas en SADAIC, ya
que desde Julio Iglesias para abajo todo el mundo, incluido el cantor nuclear
Luis Miguel, ha interpretado sus canciones.
Mientras tanto aquí había quedado el amigo que lo adoraba,
el tío Name. Sólo tuvo para él, para quien, repitámoslo, le curó el hambre
desinteresadamente, la moneda de la ingratitud. Dos ejemplos. Con un hijo de 11
años muerto, una esposa con otros tres hijos detrás y una empresa quebrada, una
tarde mi tío Name, desesperado, le confió: "No tengo de qué trabajar,
Miguelito, no sé qué vamos a comer". Clavel lo miró y palmeándole la espalda le
dijo: "Quedate tranquilo, viejo, la suerte ya va a cambiar". Eso fue todo. ¿No
es delicioso? Y otra más. En cuarenta años de "amistad" Name no le conoció la
casa de Buenos Aires. Jamás lo invitó a cruzar la puerta, a pasar un fin de
semana junto a su familia, y menos que menos a compartir un café con los
artistas consagrados del mundo de la farándula que supo frecuentar. Cuando venía a Tandil (a actuar) se llenaba
la boca hablando por la radio de "los Musa", pero no le temblaba el pulso
cuando detrás de bambalinas lo veía al tío Name, a su dilecto hermano, pagando
el derecho de la entrada del espectáculo.
Su debilidad eran los hoteles de lujo, que no pagaba, y su
ideología la avaricia más recalcitrante. Todavía se recuerda las decenas de
veces que prometió llevar un postre -que nunca llegó- para los tiempos en que todavía se lo recibía
con la mesa tendida. Su vocación por la mezquindad la hizo extensiva a la gente
de su propia sangre. Fue la primera esposa quien lo denunció a la Justicia por
dejarla en pampa y la vía, olvidarse de ella y del hijo que ambos habían
engendrado, al negarse a pasarle la cuota alimentaria. Nunca más se interesó
por su primogénito y no lo volvió a ver hasta que cierta mañana un hombrecito
de quince años golpeó la puerta de su departamento en Buenos Aires. "¿Quién
sos?", le preguntó Clavel. "Soy su hijo, señor". "¿Quién?". "Soy Miguel Mario
Clavel, su hijo", repitió el chico. "¿Y qué querés?". "Cantar. Quiero que me
enseñe a cantar". "Todo lo que puedo hacer por vos es comprarte una guitarra",
le dijo. Cubierto de fama y dinero Clavel se acordaba de Tandil cada vez que
alguien lo contrataba para un show. Entonces se ponía el smoking y enarbolaba
la sonrisa que construyó para la industria del marketing, esa mueca entradora,
gardeliana, con la que aprendió la primera regla del oficio: a mentir con
talento. Abajo del escenario quedó debiendo unas cuantas materias: el amor
filial, la correspondencia de la amistad, la solidaridad con el caído y hasta
un mínimo sentido de la autocrítica.
Todo esto que ahora escribo se lo dijo mi madre durante una
inolvidable conversación telefónica, la última, que tuvieron meses después que
murió el entrañable tío Name. Demás está decir que no vino al entierro porque
no lo avisaron. Fue eso lo que adujo, argumento verídico que, aún así, no
resiste la réplica que debió escuchar de boca de Mariquita Musa. "Si te
hubiéramos avisado igual no hubieras venido". Ese día Mario Clavel supo de qué
materia está hecha la ingratitud y cómo se pagan en la genealogía árabe tantos
años de desprecio.
Desde entonces, las pocas veces que volvió a Tandil, su
figura remitía a la caricatura patética de un tiempo ido. Aún, frente a los
micrófonos, invocaba los terrenos baldíos de su infancia en el barrio de la
calle Centenario, con la familia Musa a la cabeza. Olvidó decir muchas cosas
este clavel marchito por la codicia. Ya no importa. Mi madre está muerta, Name
y Fredy están muertos, la casa del abuelo Nicolás y la abuela Asiba fue
demolida y ahora allí se levanta un olímpico edificio. Y, valga recordarlo, el
piano donde "Miguelito" compuso su primer tango está en el living de la casa de
mis padres, con la tapa abierta y la memoria intacta.
Clavel conservó sus gustos hasta el final de su carrera. Lo
supo muy bien el ex director de Cultura Rubén Betbeder el día que se le ocurrió
homenajearlo. Lo llamó por teléfono y le dijo que el Municipio de Tandil iba a
declararlo Ciudadano Ilustre. Del otro lado, como primera respuesta, escuchó
que la voz del octogenario Clavel le pedía: "Resérveme una pieza en Hotel
Libertador". Lo que hoy equivaldría a solicitar una suite en el Hotel Amaike.
Era lógico ¿no? Resulta imposible imaginar a Clavel en el Kaiku o el Hermitage.
Una de sus últimas ocurrencias fue pretender cobrarle un cachet astronómico al
Colegio San José, cuando fue invitado -como dilecto ex alumno- a cantar para la
fiesta del centenario de la Institución, de la que, ante la negativa de la
Institución, no participó. Pocos años después él también dejó este mundo.
Un artista es la perdurable y admirable obra que deja. Pero el legado incluye los retazos de su insensibilidad. Quizá sea por algo de todo esto que Clavel nunca despertó grandes amores en el pueblo que lo vio nacer antes de que la fama procediera a consagrarlo.
30 de julio de 2026
29 de julio de 2026
29 de julio de 2026
29 de julio de 2026
29 de julio de 2026
29 de julio de 2026
29 de julio de 2026
28 de julio de 2026
28 de julio de 2026
28 de julio de 2026
28 de julio de 2026
28 de julio de 2026
28 de julio de 2026
¡Muchas gracias!

Único diario digital con cobertura integral en cada rincón de la provincia de Buenos Aires.
Edición Nº
2977 correspondiente al día
30/07/2026
Inscripto en la DNDA:
5224617 |
Propietario:
María Belen Bruni
Director:
Eduardo Hugo Bruni
Domicilio comercial:
Sarmiento 291 |
Tel:
(0249) 422 00 27
Podrás ver costos y tiempos de entrega precisos en todo lo que busques.