7 de agosto de 2016

MEMORABLE

MEMORABLE. La Torre de los milagros

por
Elías El Hage

Tres años sin jugar, tres operaciones, en la lona emocionalmente, señalado injustamente muchas veces como un jugador pecho frío, la Torre de Tandil confirmó anoche en los Juegos Olímpicos de Río que su tenis puede lograr una novedad conmocionante más allá del resultado: Delpo emociona. Una torre de piedra, corazón y lágrimas que ayer ganó la medalla más importante: se reinventó a sí mismo, le ganó a sus fantasmas y al dolor y a esa muñeca irremediable que lo dejó con un revés diezmado que parece estar volviendo a nacer.

Medio Tandil, por usar un lugar común, lo vio anoche ganarle a Djokovic con el corazón en la mano. Dos horas y 27 minutos que se vivieron al borde de la silla, o parado en la cocina de su casa, gritándole al televisor.

Todas las penurias que vivió Delpo son, paradojalmente, el combustible de su reinvención. Le dedicó el triunfo a sus amigos y a su familia "que me bancaron tanto". Ocurrió anoche una doble epopeya: le ganó una batalla descomunal al número 1 del mundo  y se nutrió de esa llama olímpica para hacer de un partido de primera rueda una verdadera final.

Frente a todo lo que pasó, la medalla -hoy- es lo de menos. El tenista de los milagros, con ese drive demoledor, entró al court -como dijo en las declaraciones después del partido- a que todo no se terminara demasiado rápido. Asombrado hasta de sí mismo, construyó un triunfo para la historia.

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11 de septiembre de 2026

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