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29 de julio de 2016
por
Elías El Hage
"Tardó dieciocho años en cerrar la herida que me produjeron esas críticas", dijo, sin preguntarse por los que aquí quedaron a merced "de algunas cagaditas que me mandé". Furlanis, en el mismo reportaje que le hizo El Eco, abundó largamente en una ostentación esperable de acuerdo al tenor desmesurado del personaje: se mostró como un multimillonario exitoso debido a la megaobras que supuestamente llevó a cabo en un exótico país del Caribe. Se vanaglorió que en Panamá lo llamaban "arquitecto", cuando no lo es; se ufanó de estar a la misma altura de los nuevos ricos de la ciudad. Y en un exceso de fanfarronería y amnesia desafió: "En Tandil no le debo nada a nadie". Inmediatamente en los comentarios digitales al pie de la entrevista le empezaron a llover reclamos por aquellas exhumadas defraudaciones de juventud que Furlanis parecía no recordar. No fue el primero ni será el último de lo tandilenses que se fueron debiendo quedarse. Lo que llama la atención es que en vez de cumplir con un regreso de bajo perfil al pago chico, lo haya hecho ostentando las mieles de un éxito banal, pero con tufo a vendetta: "Acá los chetos lo elegían al gordo Trueba como decorador", evocó con cierto rencor, sosteniendo que ahora él en Panamá es Gardel y los guitarristas. Su caso funciona a manera del eslabón de una cadena infinita: une a los personajes del pintoresquismo del Tandil de los años felices pero ya en su versión adulta: pasó de cierto tono zumbón propio de la caricatura de juventud a una suerte de grotesco sin retorno.
Hay antecedentes en la historiografía local. Sabemos que el buzón es el paradigma de la mentira, del fraude. La frase popular "le vendió un buzón" remite la naturaleza del engaño. Los memoriosos refieren la historia de un personaje singular de la década del 50, quien tenía a su cargo una farmacia de la aldea. Su mayor desgracia había sido el contratar a un tipo no muy expeditivo para su trabajo de cadete. Era lento, distraído, y dotado de una ingenuidad ya extinguida. Al Idóneo de la farmacia, pues así le decían, le daba lástima despedirlo. Entonces se le ocurrió una jugarreta impensable. En complicidad con un sosías de su amistad, tentó al cadete para independizarse en un rubro inédito. Así, tendió una de las emboscadas más célebres que se recuerden. Durante días el Idóneo le estuvo dorando la píldora a su cadete acerca de las condiciones que el otro nunca tendría: alabó su capacidad de gestión y su iniciativa y luego asestó el golpe mortal. Le dijo que un hombre de empresa como él debía abandonar la mediocrizante relación de dependencia para ascender a las cumbres habitadas por los Hombres de Negocios. "¿Y qué voy a ser yo sin mi bicicleta de cadete?", preguntó el tipo. "Serás un empresario telepostal". Y ahí nomás, luego de prometerle el paraíso, le plantó las condiciones del negocio. "Hay un amigo mío que se hizo millonario con el buzón de la plaza", le dijo. "¿Con el buzón?", dudó el cadete. "Una millonada hizo. Calculá, a diez guitas por carta durante veinte años". Al ingenuo los ojos se le pusieron como dos huevos fritos. Al día siguiente se acercó hasta la plaza y allí, al lado del buzón, atisbó al cómplice del Idóneo. "¿Cuánto vale?", preguntó. El otro tiró una cifra módica, para no espantarlo. Y agregó: "Se amortiza en un año de trabajo". El cadete sacó el dinero, pagó al contado y desde ese día quedaría en la historia como el autor de la más increíble ingenuidad ocurrida en la comarca: ¡compró el buzón de la Plaza Independencia!, el de color rojo perteneciente al correo que estaba al lado de la parada de taxi, y renunció a la farmacia. Obviamente, se dio cuenta de la jugarreta cuando le quiso cobrar diez centavos al primer vecino que se apareció con un sobre en la mano. Al otro día el Idóneo debió admitirlo otra vez en la farmacia, y nunca más volvieron a hablar de aquel asunto.
Aquella ingenuidad era un rasgo típico de los pueblos de provincia. Incluso se podía ser una celebridad mundial sin perder la matriz de la inocencia. De ese candor ontológico se valen los chantas de todas las épocas para embocar a sus víctimas, como le pasó al mismísimo Fangio. Conté esta historia hace algo así como diez años. Me fue revelada de casualidad cuando en un viaje a Balcarce me topé con Juan Manuel Fangio a la salida de su museo. Sorprendido, me presenté como lo hubiera hecho cualquiera: "Soy de Tandil y es un gusto estar con el piloto más rápido de todos los tiempos". El quíntuple me miró y dijo: "No se equivoque, el más rápido de todos está en su pueblo". Quedé perplejo. Ahí me enteré de la existencia del Pato Rodríguez. Auténtico personaje si los hay, la leyenda decía que en la década del 70 el Pato dispuso de una ocurrencia mayúscula. Se buscó un chofer, se compró un cero kilómetro y partió hacia Mar del Plata, donde Fangio ya había tomado la representación comercial de la firma Mercedes Benz. Así, llevando de garantía la escritura del otrora pomposo y ya derruido Hotel Continental, logró sacarle a don Juan Manuel cinco flamantes camiones. El negocio le fue mal y el hombre no pudo hacerse cargo de la deuda. Cuando Fangio reparó en la garantía, casi murió del disgusto. Pero la compañía de seguros de Mercedes Benz tenía entre sus filas a un hombre de temer, el mítico comisario jubilado de la fuerza Evaristo Meneses. Bastó que el tipo se dejara ver en el barrio de nuestro personaje para que los camiones fueran reintegrados en el acto a la concesionaria.
Fangio jamás olvidaría el episodio. Lo recordó una vez más aquella mañana balcarceña, en la puerta de su museo, cuando me dijo: "¡El más rápido de todos era el Pato Rodríguez! ¡Fue un tandilero que me madrugó con cinco camiones cero kilómetro!", gritó sin perder la sonrisa. Entre el buzón de la plaza y el buzón del hotel que le vendieron al quíntuple como garantía, ahora aparece el eslabón perdido. Furlanis, con su rutilante y brevísimo regreso, es un pariente cercano de esa tradición de vecinos que habituados a caminar por la cornisa nunca dejan de sorprendernos. Es como si dentro de quince años el ilustre cambiacheques y prestamista a cielo abierto -hoy desterrado en Buenos Aires- vuelva a Tandil pretendiendo que se le erija una estatua al lado del pionero danés Juan Fugl. En un pueblo donde la realidad derrotó a la ficción, nadie está seguro de que eso alguna vez no vaya a suceder.
Fotografía:
gentileza El Eco de Tandil
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