15 de julio de 2016

LABERINTO

LABERINTO. Diéguez y la mala hora

El juez entró a la sala y las poco más de veinte personas que había en el recinto se pusieron de pie. Pocorena, con su clásica barba a lo Abraham Lincoln, se disculpó por la demora. Había tardado diez minutos en otros trámites de su Juzgado Correccional Nº 1 mientras adentro, en la sala, un silencio de tumba se abatía sobre los presentes. Más que un recinto judicial el clima parecía una sala velatoria, aunque por lo bajo en los pasillos se creía que el funcionario iba a ser absuelto. Diseminados sobre las sillas había funcionarios del gobierno municipal y amigos de ese hombre de estatura pequeña que cuando se desató toda esta historia quiso llegar hasta el final del proceso, convencido de su inocencia. Descartó un juicio abreviado, contrató al abogado Jorge Dames y se ajustó a derecho. Logró que el propio fiscal Egusquiza consintiera que el acusado no se había llevado un solo peso al bolsillo, pero -aún  se desconocen los fundamentos- no zafó que las irregularidades administrativos en la entrega de subsidios a personas carenciadas le arruinaran el legajo, casi, para siempre. Así, Rubén Diéguez fue condenado a una pena levemente menor a la que había solicitado el fiscal, aunque está claro que su abogado, que pareció sentir el golpe más que su propio cliente, anunció que presentará la apelación en Casación. El año y diez meses de prisión condicional y los dos años de inhabilitación para ocupar cargos públicos por el delito de "Malversación de caudales públicos en perjuicio de la Municipalidad de Tandil con Falsedad Ideológica", en hechos ocurridos entre 2008 y 2011, observa para el actual funcionario y la propia gestión una doble lectura del caso: la personal y la política.

El secretario del juez leyó el fallo con tono monótono, como si estuviera dictando una receta de cocina, con el piloto automático de la costumbre conectado a su garganta. Luego el juez se puso de pie y emitió un lacónico: "Señores, el juicio ha terminado".

Rubén  Diéguez se levantó al unísono de su prestigioso letrado. Lo último que escuchó fueron  las costas que deberá pagarle a Dames y el joven abogado del staff que lo acompañó en el proceso, Cristian Salvi: catorce mil pesos a cada uno. Lo más probable es que su mente no haya retenido ninguno de todos los detalles de forma que se leyeron después de la palabra irreversible con que por secretaría se abrió la sentencia: "Condenando".

Apenas concluyó el veredicto todo el mundo se puso de pie. Entre los presentes estaba el actual Secretario de Prevención Comunitaria, Dr. Atilio Della Maggiora, la subsecretaria de Educación y Cultura, Natalia Correa, el subsecretario de Desarrollo Social, Pablo Civalleri y los funcionarios Aquino y Müller. También estaba el primer secretario de esa esa dependencia que Dames en su alegato calificó como la "terapia intensiva social del Municipio" donde comenzó toda esta historia: Julio Elichiribehety. Su semblante grave -más grave que de costumbre- fue la postal de una mañana de invierno donde Diéguez quedó alojado en el surrealista laberinto de las paradojas argentinas: fue hallado culpable de malversar fondos públicos sin llevarse un solo peso a su bolsillo. El final, con la apelación, todavía está abierto, pero el agrio dolor de la mala hora este viernes terminó de entrar en su vida.

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