7 de julio de 2016

CRÓNICAS DEL PAGO CHICO

CRÓNICAS DEL PAGO CHICO. Otros remates

por
Elías El Hage

Para la primera de ellas, la tradición oral evoca una candente mañana de medio siglo. Al frente del remate estaba el recordado Manuel Coldeira. El hombre tenía su bien ganada fama de gallego calentón, y fue el recio temperamento ibérico lo que lo llevó a protagonizar un hecho único. Ocurrió cuando sacó a remate una vieja pistola Smith&Wesson. El rematador la exhibió al público para que apreciara esa joya de museo conservada en perfecto estado, a quien las urgencias del bolsillo de su propietario habían arrojado a la ignominia de la subasta.

            -A ver, señores ¿cuánto cuesta este cachuflete? -preguntó el gallego.

De abajo se escuchó el comentario de un tipo que conocía al rematador y que percibía un goce inocultable al hacerlo salir de las casillas. "No vale nada porque ese trabuco no anda", provocó. Coldeira empezó a levantar temperatura. "Pues si has venido para joderme el remate ya mismo te me estás retirando del salón", le dijo. El burlador no se dio por aludido y siguió adelante con la cargada. "No le metás el perro a la gente. Ese bufoso no tira", cargó las tintas.

            -¿Así que no tira? -gruñó Coldeira-. Yo te voy a demostrar si tira o no tira.

            Acto seguido agarró el fierro, colocó una bala en el tambor y lo amartilló. Cuando levantó la pistola al centro del salón un terror súbito se adueñó del público. Algunos huyeron espantados buscando la puerta, pero otros quedaron paralizados por el julepe. Un vecino, en el desesperado recurso de intentar detener la calentura del gallego, le gritó: "¡Lo compro, lo compro!". Coldeira levantó el revólver y disparó al aire. El estruendo congeló la respiración de todos los presentes. Satisfecho por la demostración, Manuel Coldeira miró al lugar de donde había partido el grito desesperado y le gritó: "¡Vendido, coño!", y bajó el martillo de la venta más rápida de su vida.

            El segundo remate partió de una necesidad económica. Acuciado por esas malas rachas que tiene la vida, y ya sin casi nada por vender, aquel día el finado martillero José Vilanova miró en derredor del comedor y vio dos cosas: un ropero desvencijado y la mascota del hogar, un pequeño mono que lo estaba desquiciando con sus travesuras.

Sin pensarlo dos veces, Vilanova metió adentro de una bolsa de arpillera a la criatura de sus desgracias y partió rumbo a la subasta que iba llevarse a cabo en un inmueble de la calle Rodríguez al 900. Llegó a minutos del inicio y le pidió al joven rematador Pablo Pasty que tratara de sacarle el mejor precio. Cuando el hombre del martillo abrió la bolsa, los ojos se le pusieron como dos huevos fritos.

-¿Qué es esto? ¡Un mono Tití!! -gritó.

El martillero tenía 27 años y jamás en su vida había pensado que tomaría la consignación de semejante mascota famosa por su sonrisa.

El remate comenzó a las 2 de la tarde de un sábado de 1968. El rematador colocó al mono arriba de la mesa ante la curiosidad del público. Pero tuvo que concentrarse al máximo para improvisar las bondades que iba a proferir, como argumento de venta, acerca de tan extraño ser. Nunca en su vida había rematado un animal, menos que menos un mono, y para colmo no tenía ni la menor idea del pedrigre del simio. Lo relojeó de costado y advirtió que el mono estaba como ensimismado en una suerte de nostalgia hermética. Minga con la sonrisa. El rematador agarró el martillo con el vigor que le daban sus jóvenes años; luego soltó un discurso para la historia.

Dijo que ese mono Tití era el más puro descendiente de la mona Chita (la hermanastra de Tarzán); postuló que se trataba de una miniatura perfecta del mítico gorila King Kong, muerto trágicamente en las circunstancias cinematográficas que todos conocemos, pues nadie en su sano juicio se habrá perdido el estreno del film en la matiné en continuado del Americano o del Cine Súper, ambas salas de ribetes legendarios para los tandilenses, abundó,  y luego pasó a enumerar las bondades del mamífero: con su agilidad el mono podría ayudar a su dueño a bajar la ropa del cordel, a cazar lauchas, a destapar con la sopapa el inodoro y hasta a emboscar con cáscaras de bananas al vecino más detestable, puesto que en la vida, señoras y señores, todos tenemos un vecino con el cual nunca nos hemos llevado bien, pero los vecinos son como los parientes políticos: uno no los eligen; llegan o estaban ahí cuando uno llegó. En fin. Pasty, que ya desde entonces tenía en mente ser el más prolífico coleccionista de la revista El Gráfico, a tal punto que atesora la reliquia de contar con todas las tapas de la célebre revista deportiva, procedió a ponerle el moño al remate desplegando una retórica coloquial, a tono con el personaje que supo construir a lo largo de toda una vida.

            -Así que ya mismo estoy sacando a remate esta simpática mascota con una base insólita por lo económica: 2999 pesos moneda nacional. Una verdadera pichincha -ofreció el rematador.

            Pasty lo miró otra vez y vio que el mono Tití no aflojaba un solo centímetro de su famosa sonrisa, entonces intentó sobornarlo con el previsible alimento de una banana. La peló, se la acercó a la boca y en ese instante ocurrió el momento estelar de la tarde: el mono tiró el tarascón pero le erró a la banana y le asestó una tremenda mordedura? ¡al dedo del rematador! El hombre soltó un gemido ahogado mientras desde el fondo un vecino jodón mejoraba la oferta en apenas un centavo.

            -¡3000 pesos! -ratoneó el tipo.

            Pablo Pasty no lo dudó un instante. 

            -¡Vendido este mono del carajo y la madre que lo parió! -gritó con el dedo amoratado, dando por concluida la subasta.

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