19 de abril de 2016

Papel

Papel. Titanes nuestros: Nicolás Habarna

Chiquitos frente a la inmensidad Llegaron a la Escuela N° 129 de Yacoraite en 1987, luego de un largo viaje, “uno se siente chiquitito en ese lugar, y más chiquitito cuando conocé a las personas que viven ahí”, dice Nicolás. Se dieron cuenta que en ese lugar no había luz y el agua que tomaban estaba contaminada por los afluentes de una mina cercana. Tuvieron una idea que se sintetizaba en simples cosas que se pueden encontrar en cualquier ciudad pero no allí: foquitos de luz, cables, paneles solares. Es así como llevaron luz por primera vez a la escuela, y aún hoy él se emociona cuando recuerda las miradas asombradas de los niños al ver cómo se prendía y daba luz ese pequeño foquito de auto. Y también se acuerda de las miradas emocionadas y con lágrimas de los alumnos del San José sabiendo que la tarea estaba cumplida. Aún hoy existe ese foquito, quemado y machucado, pero que formará parte de un museo de las odiseas llevadas a cabo por Pachacamac. “Les prometimos que íbamos a volver con la placa y nos miraron a los ojos y creyeron en nosotros, cumplimos la palabra”. Tampoco había agua potable en el paraje, tomaban el agua contaminada por una mina cercana. Un día, vieron una pequeña niña con un pañuelo en la cabeza y unos pocos mechones de pelo, preguntaron qué le pasada, y la respuesta estaba en el agua tóxica que hacía caer el pelo y las uñas a los niños. Nuevamente, el grupo de estudiantes les dijo que los iba a ayudar, había una fuente de agua pura a menos de un kilómetro, solo había que conseguir 900 metros de manguera para llevar agua potable para la escuela. Fue una gran hazaña trepar el cerro e ir enterrando esos muchos metros de manguera de PVC en la multicolor tierra de la Quebrada. Estuvieron una semana entera colgados de la montaña con palas y picos haciendo lo imposible para llevar algo que para algunos es tan básico: agua, pura y fresca. Hasta que finalmente el día llegó, por primera vez había una canilla en la escuela. La que se acercó primero fue Barbarita (la chica del pañuelo en la cabeza), y ella tuvo el honor de abrir la canilla por primera vez. Uno se imagina cuánto habrán aprendido esos voluntarios durante esos días, entre el calor, los amaneceres en el cerro y la posibilidad de llevarles luz y agua a un pequeño grupo de niños que cada día izan una bandera, cantan la  “Aurora” con sus impecables guardapolvos y nos muestran de una forma tan sencilla que hasta duele, qué es la dignidad y el agradecimiento a la vida. “La confianza la ganamos porque desde la primera vez que fuimos y les dijimos que íbamos a volver, nunca les fallamos”, dice Nicolás, “porque comimos lo que ellos comen, y no nos llevamos nuestra propia comida, porque si ellos duermen en el piso, nosotros también dormimos en el piso. Para poder saber lo que les pasa tenés que vivir como ellos viven, y esa es la solidaridad”. Sin embargo, como él lo explica, “la principal tarea de Pachacamac no es el trabajo ni en el Chaco, ni en Jujuy, ni en Salta, ni la tarea social que hacemos en Tandil que es mucha. El mayor trabajo sabés cuál es, es abrir la inscripción y que lleguen 30, 40 pibes y grandes y que se sienten y empiecen a soñar, compartan sueños. Enseñarles que las cosas que pasan si están mal no es para asombrarse y paralizarse, hay que prepararse y enfrentarlas. El mayor trabajo de Pachacamac es contener a esos montones de chicos que pasan por el grupo, que los vas a ver haciendo de banderilleros, de mozos, haciendo zanjas, poniendo ladrillos en el Centro Comunitario de Villa Cordobita que nunca terminamos porque no tenemos plata. Eso es Pachacamac, es la contención de los chicos, interactuar con ellos, es mantenerse siempre jóvenes”. [gallery ids="124499,124500,124501,124502,124503"] AUSPICIAN ESTA SECCIÓN: [gallery ids="124225"]

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