
Si tiene alguna consulta comuniquese al
12 de abril de 2016
Horacio Alberto Romero es el cantinero del Club Boca, pasó por muchos bares y clubes, pero ese punto de Belgrano al 900 es su lugar en el mundo. No solo prepara el mejor fernet de la comarca, sino que vio transcurrir la historia de Tandil a través de un mostrador. Conozcamos a nuestro personaje de la semana. (Por Mauro Carlucho - Fotos: Nicolás Procopio) Cuando Horacio nació en el Tandil de 1946, la ciudad era otra. Ni mejor, ni peor. Distinta. Así en todos los órdenes de la vida. Los pibes empezaban a laburar cuando todavía no pasaban los 10 años, las mujeres no podían siquiera acercarse a un bar. Eso era tema de hombres. Nuestro personaje vivió en los dos tandiles. En aquel y en este de ciudad pujante o modelo, como le gusta decir al intendente. “En mi infancia el 90% de la población era pobre. Desde los 7 años teníamos que salir a trabajar. Ya sea de lecheros, de diarieros, de panadero, albañiles, en el campo o de lustra botas. Esas eran las salidas. Era otra época. Hasta la pobreza era distinta, porque no existía este consumo que tanto se habla”, comienza diciendo. Hablamos con un cantinero de pura cepa. ¿Cuáles son los temas que rondan en el bar?. Futbol, boxeo, políticas, mujeres. Esta no es la excepción. “A mí no me la contaron, yo viví en el Tandil de 25 mil habitantes. En aquella época había muchos boxeadores. Por necesidad. Había más de 300 boxeadores. Ahora somos 140 mil y no hay ni la mitad, ni hablemos de los buenos. Antes había más boxeadores que universitarios. Con el tiempo cambió la cultura, hoy el pobre tiene más comodidades que antes. Nosotros no teníamos estufa, heladera, nada. Con un brasero nos arreglábamos. Éramos 11 hermanos. Contando a mis primos éramos 63. Otros tiempos”. Se sabe que los boxeadores nacen de la necesidad, del hambre. Horacio adhiere a esta teoría. Eran otras urgencias y otras necesidades. “Mi viejo era colchonero, cuando había pique – aclara-. Mi mamá era ama de casa, ¡pobre vieja!, creo que venía al centro una vez cada tres años. Cuando no tenía un hijo estaba haciéndose cargo de las cosas de la casa. Siempre estaba ocupada. Más allá de esto, creo que soy parte de una generación privilegiada. Nosotros nos acostumbramos a vivir con poco. Fuimos testigos de cómo se dio vuelta el mundo”, cada frase puede ser un título, pero lo dice naturalmente. Casi ni se inmuta. Su rostro duro se ablanda con los ojos brillosos. Aquellos que gustamos de salir a tomar una copa lo tenemos inmortalizado en nuestra retina. Su trayectoria en el rubro llevó a que lo conozca “más de la mitad de Tandil”, como le gusta decir. Para él, el pasado está ahí, cerquita. Fue acá nomás cuando “la ciudad terminaba en la esquina del club, en avenida Santamarina. De acá para allá no había nada. Imagináte que después estaba el monte de las romerías y había una estancia donde hoy está la terminal. Por esta misma calle pasaban las tropillas de ganado rumbo a la feria. Nosotros veníamos al club de pibes y pasaban las vacas arriadas por los paisanos”, recuerda. Cuando saca su curriculum vemos que fue diariero, que trabajó en un taller y a los jóvenes 13 años comenzó con el bar. Ya de grande probó otros rubros, pero no le fue como quería. Así volvió una y otra vez al mostrador. Es allí, entre botellas y copas donde se siente feliz, completo. “A mi viejo hoy lo meterían preso. Imagináte que yo tenía 7 años y trabajaba desde las tres de la mañana. Íbamos a El Eco a doblar los diarios y salíamos a vender a la calle. Después íbamos derecho al colegio, a la mañana temprano. Al mediodía volvía a casa, comíamos algo y nos íbamos a jugar a la pelota. A la tarde trabajaba en un taller, donde hoy está el CAMI. Cebaba mate, juntaba las herramientas y limpiaba hasta que llegaba mi hermano con los diarios de Nueva Era. Ahí volvía a la calle hasta que regresábamos a la casa. Lo hacíamos con gusto. Tampoco estaban los peligros que hay hoy. Como te decía antes, era otro Tandil”. Volviendo a lo que hablábamos anteriormente, sostuvo: “Yo no era distinto a mis vecinos, nadie tenía nada, pero éramos felices. La gente era conformista, en el buen sentido de la palabra. Hoy hay demasiada ambición o envidia. Todos quieren tener más que el vecino. La sociedad está enferma. Lo que a vos te costó toda una vida, algunos lo quieren tener en dos días. Es un mal mensaje que le damos a nuestros hijos. Yo creo que cada uno tiene que vivir su realidad y arreglarse con lo que tiene. No hace falta mucho para ser feliz”. Lo dice alguien que trabaja todo el día. Con 70 años cumplidos abre de lunes a lunes. Su felicidad está en la familia, esa que supo construir junto a su compañera de toda la vida. También está en el bar. Allí se mueve como pez en el agua. Disfruta del servicio, de la compañía ocasional de un parroquiano que busca una bebida o una oreja para que lo escuche. ¿Alguien podría dudar del costado psicólogo de un cantinero?. Horacio lo asume con hidalguía. “Muchos prefieren venir acá antes que ir con un profesional. Por el precio de un fernet, uno lo escucha y atiende su problema. Te pueden salir con cualquier cosa, pero uno lo escucha y lo entiende”. Ese desahogo fluye de otra manera con una bebida en la mano. “En el año ‘58 empecé con los bares. Recién terminaba el colegio y mi papa agarró la cantina del club Defensores de Belgrano. Con el tiempo me enganchó esta historia y así fui pasando por todos lados”. La lista incluye al Hípico, Independiente, la confitería Rex, Jhonny, Atila, Santamarina, Rivadavia, Ferro, Uncas. “A veces tuve dos o tres negocios en paralelo. Había que rebuscársela. Probé con otros rubros y no funcionaron, a esto lo conozco bien. Además de que me gusta, claro”. Esta alternancia es propia del cantinero. Horacio lo explica claramente: “En los clubes hay elecciones continuamente. Con cada cambio de comisión directiva el primero que vuela es el del buffet. No importan como vayan las cosas, igual te sacan. Si las cosas van bien te cambian para poner a un amigo o familiar y que ellos hagan el negocio, y si las cosas van mal te cambian porque vas mal. Si tendré experiencia…”. Pese a esta intranquilidad del rubro, está en Boca hace más de 22 años. “Vengo con ganas a trabajar, me gusta. Es como el deportista, cuando no tiene ganas de entrenar se retira. Yo sigo con las mismas ganas que antes. ¿Qué hago sino vengo a trabajar?”, pregunta. Los días de semana se queda hasta las 3 aproximadamente, los fines de semana hasta las 5. No recuerda haberse acostado antes de las 00 en los últimos 20 años. Es un esfuerzo, pero lo hace con alegría. Además tiene una familia y cuestiones que resolver en la casa. Muchas veces le “pega” corrido y no duerme. Hablamos tanto del pasado, que faltaba preguntar por este Tandil que vivimos en el presente. Horacio ve “una ciudad linda, que no para de crecer. Me gustaría que haya más control con la gente que viene de afuera. Porque si vos te pones a ver tenemos una ciudad con mucho trabajo, con oportunidades. La mitad de Tandil tiene un buen poder adquisitivo y después en el resto, la otra mitad está bien. Acá no hay villas miserias, ni lugares como en el Gran Buenos Aires. Si hay delincuentes en Tandil es porque hay plata o porque llega mucha gente de afuera a hacer lío. Los malandras son un porcentaje muy chico”, afirmó. El fernet y el sándwich de milanesa Uno piensa que su fama lo acompaña desde los comienzos en el bar, pero él se encarga de derribar el mito: “Siempre serví el fernet con cola, desde el Defensores que lo preparaba. Pero el furor comenzó a mediados de los ’90 cuando esa bebida se puso de moda. Ahí empezó el auge del fernet”. Antes no había tanta variedad. Se tomaba vino, cerveza o soda. La publicidad y el marketing de la nueva era impusieron nuevos consumos. El secreto está en la mano, no hay nada extraño. “Tiene que ser con Coca de vidrio, esa es una de las claves. Pero está en la mano del que lo sirve. Es como las tortas fritas. Se hacen con agua, harina y sal, pero a todos le salen distintas. Yo lo voy viendo, uso dos cocas o tres, según cómo vaya saliendo. El resultado tiene que ser una bebida rica, agradable. No es solo echarle el líquido al vaso. Con tantos años de experiencia me voy dando cuenta cómo están los ingredientes y sale el trago”. Es un fundamentalista de la Coca Cola, en 50 años nunca cambió de marca. También se mantiene fiel al vidrio porque “el plástico le cambia el sabor, en cambio con la botella de vidrio se mantiene intacto. Ahora estas botellas no se venden a bares, pero a mí me mantienen el servicio”, es un cliente premium de la marca. El sándwich es el acompañante perfecto. Probó con minutas y otras combinaciones, pero la milanesa le sale como los dioses. A los clientes le gusta y llegan de toda la ciudad en busca de estos dos famosos productos. Empieza a caer el sol y llegan los primeros parroquianos. Como es costumbre se acodan en el mostrador y piden el primer fernet de la tarde. El maestro repasa el mostrador con una rejilla y empieza su ritual. [gallery size="full" ids="123931,123932,123933,123934,123935,123936,123937"]
30 de julio de 2026
29 de julio de 2026
29 de julio de 2026
29 de julio de 2026
29 de julio de 2026
29 de julio de 2026
29 de julio de 2026
28 de julio de 2026
28 de julio de 2026
28 de julio de 2026
28 de julio de 2026
28 de julio de 2026
28 de julio de 2026
¡Muchas gracias!

Único diario digital con cobertura integral en cada rincón de la provincia de Buenos Aires.
Edición Nº
2977 correspondiente al día
30/07/2026
Inscripto en la DNDA:
5224617 |
Propietario:
María Belen Bruni
Director:
Eduardo Hugo Bruni
Domicilio comercial:
Sarmiento 291 |
Tel:
(0249) 422 00 27
Podrás ver costos y tiempos de entrega precisos en todo lo que busques.