18 de marzo de 2016

Papel

Papel. Canillita desde la cuna

La infancia Siguió el camino de sus hermanos y primos, todos los varones de la familia se iban hasta El Eco a la tardecita para buscar los diarios y llegar primeros a las esquinas más transitadas. “Las de Sarmiento y San Martín por calle Rodríguez eran las más elegidas. A veces no agarrábamos a piña, ahí se vendían más diarios. Competíamos entre nosotros para ver quien vendía y después nos íbamos a la panadería El Parejero sobre Santamarina”. “Recuerdo aquellas época con mucho afecto. Éramos muy pibes, apenas si alguno pasaba los 15 años. Trabajamos de noche, desde las 20 horas en adelante. Porque antes el diario salía más temprano, recorríamos restaurantes, clubes, boliches, cabarets, éramos un montón de pibes caminando la noche. Ni soñar con una bicicleta, porque lo que ganábamos lo poníamos en la casa. Ojo, era otra noche, no como la de ahora. Antes no pasaba nada, trabajabas tranquilo”, comenta. Uno compara con el presente y ve como cambiaron las cosas, algunas para mejor y otras no tanto. Paulo a los 11 entró a trabajar en la Confitería Rómulo. Compartía los dos trabajos. Después salió a recorrer el país vendiendo papa. Le gustaba la calle y no quería tener patrón. Cuando empezó a formar la familia dejó el diario y probó suerte en el campo. Con su compañera de vida consiguieron ‘pique’ en un tambo y se brindaron por completo. “Ese también era un trabajo sacrificado. Te levantabas muy temprano y no había feriados. Pero era un esfuerzo que teníamos que hacer, porque así pudimos llegar a comprar este terreno sobre avenida Actis. Lo fuimos pagando en cuotas y fue como cumplir un sueño”, nos dijo. Ya con ese empujoncito volvió a la ciudad y entre los dos levantaron una casita muy humilde. Apenas si tenían muebles, pero era cuestión de tiempo. Estaba decidido a volver al primer amor, no dudó un instante y retomó el oficio de canillita. La bicicleta y el primer empujón “Conseguí una bicicleta chiquita, como las de las nenas, y salí a vender por la calle. Recorríamos más de 100 km por día, era una locura. Íbamos desde El Paraíso hasta Cerro Leones”, pero era la única firma de hacer la clientela. Para ese entonces, los horarios de los matutinos estaban cambiando. Los diarios no salían a las 20 hs, sino que había que esperarlos hasta la madrugada. Paulo y la familia se organizaban en torno al trabajo. A las 21 estaban en la cama y a las tres de la madrugada ya se preparaban para salir para el centro. No importaba que llueva o caigan piedras, había que ganarse la confianza de los ávidos lectores.  “Como te digo que el diario me dio todo, también te digo que es muy sacrificado. De la única manera que te puede ir bien es si te esforzas al máximo. Nosotros nunca dudamos ni retrasamos la salida por el clima. A la hora en punto agarrábamos la bici y salíamos por Actis para el diario a buscar la mercadería. Cuando empezamos esto era un barrial, no se podía ni andar, pero siempre nos las ingeniábamos para llegar a tiempo. El secreto es llegar antes del desayuno, el cliente tiene que levantarse y tener el diario debajo de la puerta. Sino ahí te gana internet. No puede pasar que lleguemos después que el cliente salió para el trabajo, eso lo cumplíamos a rajatabla. Así acostumbramos a la gente y armamos un reparto importante. Ahora pasa que se retrasa la impresión o rompemos la moto y a las 7 de la mañana ya nos están llamando para ver qué pasó con el diario. Nosotros los acostumbramos a esta rutina y tenemos que cumplirles”, sostiene poniéndose serio. Hay mil anécdotas en la bicicleta. “Pensá que llegamos a repartir 600 diarios por día, era una locura. Capaz que estábamos 10 o 12 horas cuando sumamos el de la tarde. Íbamos para una zona, vendíamos todo y volvíamos a recargar. Todo ese esfuerzo valió la pena, porque me pude hacer la casa y darle estabilidad a mi familia”. Así se hizo conocido, se hizo de un nombre. Ya no era solamente el canillita o el pibe que repartía diarios. Se transformó en el compinche de los vecinos, sabía todo lo que pasaba en la ciudad. Lo vivía en carne propia, porque la pedaleaba a diario, de lunes a lunes. La moto cambió el oficio Ya hecho de una base, Paulo y familia decidieron ir por más. Se compraron la primera moto y pudieron ampliar el recorrido. De esta manera podían llegar más rápido a todos los puntos de la ciudad. También se animaron con un puesto en 11 de septiembre y arana, pero no fue como lo esperaban. “Cada vez hacíamos más kilómetros, llevábamos más diarios a cuestas y las motos explotaban. En la calle te pasa de todo. También aparecieron los robos. A ella (señala a la mujer) le robaron una moto con menos de 10 km. Recién la habíamos sacado y se la robaron con diarios y todo. Entro a un kiosco y cuando salió no estaba más. Nos agarró una desilusión tremenda, pero al tiempo la encontré en Pujol y Figueroa”. ¿Quién la iba a encontrar, sino? Paulo andaba todo el día en la calle, se recorría la ciudad de punta a punta y así se topó con la herramienta de trabajo. “Después llegamos a tener como 8 motos, ahí en el patio están guardadas. Algunas quedaron en el taller, en la calle te pasan todas y había que tener un reemplazo a mano. Ahora salgo bien preparado, llevo los diarios, un inflador, cubiertas, herramientas, cuando me pasa algo lo arreglo ahí mismo”, comenta entusiasmado. Pero con la moto cambió el trabajo, de aquel andar pausado y al grito de diarioooo con la última o sostenida se pasó al vértigo de la velocidad. “Parece mentira pero es así, con la bici capaz que me iba hasta Gardey y ahora en la moto me puse muy vago. También aposté por otros emprendimientos y me quedé solamente con el reparto fijo. Creo que en el año 2008 dejé de gritar por la calle, me gustaba mucho. Sobre todos los domingos, las mañanas calmas. Pegaba un grito fuerte y se escuchaba por varias cuadras. La gente ya salía a esperarme a la puerta. Eran épocas lindas que lamentablemente no van a volver.  Las cosas cambian, apareció internet y los chicos no quieren esforzarse. El de canillita es un laburo bárbaro, porque no tenés jefe y tenés toda la independencia, pero hay que sacrificarse. Hace años que no nos tomamos vacaciones, solo tenemos 5 días al año y ahí aprovechamos para escaparnos un día a la playa o sino para dormir un rato más”, se sincera. Al paso que aceleró el reparto buscó otros proyectos que le den el mango extra. “Como andaba todo el día en la calle y era muy observador,  se me ocurrían negocios. Siempre de manera independiente, porque en relación de dependencia no llegas a ningún lado. Hay que animarse y proyectar. Llegué a tener 4 o 5 rubros al mismo momento, soy un loco. Pero bueno, un día se me prendió la lamparita y pusimos un lavadero de autos acá en casa, ahora pusimos una lavandería. Todo en familia, con mi señora, mi hija. Si querés progresar tenés que independizarte y probar suerte”, sostuvo. Los perros y el empedrado, sus peores enemigos Durante toda la entrevista disfrutó de la charla y se abrió por completo. Se divertía recordando anécdotas y situaciones inverosímiles que pasan en el acontecer diario. Solo se puso serio y empezó a renegar cuando le preguntamos por las calles y los perros, el  peor amigo del canillita. “Que me perdonen los conservacionistas, pero le tengo un asco terrible al empedrado. Pido por favor que le saquen una foto y lo lleven al museo. Tanto con la moto como con la bici los sufría en carne propia. Se rompían todas. Después ves que las calles se mejoran, en los barrios hay arenados y se avanzó mucho con el cordón cuneta, pero por favor pavimenten el empedrado. Al único lugar que no puedo entrar y a veces le fallo a los clientes es por Kafka, en calle Independencia. Ahí llueven 50 mm y se arma una laguna de un metro de hondo. No me queda otra que llamar a los clientes y pedirles perdón pero no voy a poder llegar”, se lamenta. Con los perros tiene mil historias y otras tantas cicatrices. La mejor es con el fox terrier de Rene Lavand. “Yo le llevaba diarios al vecino y una vez me agarro desprevenido. No solo que me mordió feo, sino que me rajó todo el  pantalón. René miraba por la ventana y yo con una bronca terrible. Lo putié de arriba a abajo y me fui masticando bronca. Otra vez un perrito orejón me meó la pata. Era increíble. Como te decía, me pasaron todas”. [gallery ids="121012,121013,121014"]

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