29 de febrero de 2016

Opinión

Opinión. El primer día

Ni trabajo ni escuela, razón por la cual se dedicó a la filosofía. Creía que ningún hombre merece pasar por esos laberintos de suplicio. Su tesis explica que ambos actos inaugurales (escuela-trabajo) estarían conectados culturalmente de por vida, algo así como una sincronía existencial ligada al martirio de la sociabilidad obligada. “Nada a donde vayamos por exigencia puede configurar otro destino que no sea el de la pesadumbre”, cargaba las tintas en el prólogo de su opúsculo. El prólogo debió escribirlo él mismo a falta de una pluma solidaria que avalara su ensayo. En cuanto a la escuela, Pérez la remontaba conceptualmente a su antesala prehistórica irreparable: el Jardín de infantes. La postal dramática de decenas de niños llorando en la puerta del Jardín mientras sus padres los arrojaban a las garras de ese mundo pavoroso y desconocido, era fundante de su tesis. “Nacemos llorando, nos dejan en el Jardín llorando y volvemos llorando”, decía, sobre todo porque en el momento histórico de Pérez-niño la maestra no gozaba en absoluto del arquetipo físico estético de la “seño” actual. Recordaba perfectamente a la señorita Etelvina Eduviges Barrientos. Debía andar por los 57 años, era poseedora de una temible severidad, aunque tenía momentos pedagógicamente lúdicos: gustaba de hacer música (“La música es el arte de combinar los sonidos”, decía festivamente) entrechocando los palotes de madera con su dentadura postiza. Pérez consideraba también abominable esa categoría del mercado laboral que no está incluida en el impuesto a las ganancias. El primer día de trabajo. Era el momento donde se ponía a prueba el temple del joven y novel aspirante a trabajador que debía atravesar el larguísimo desierto de 8 a 10 horas en un lugar ajeno y repleto de emboscadas. Acumulando horas de sudor y adrenalina estaba destinado a convivir con personajes desconocidos, bajo un clima espeso y debiendo realizar tareas superfluas pero complejizadas por el abrumado estado anímico de la víctima para las que nunca fue preparado. Eso más el plus de la amoralidad filosófica del sistema: “Somos nadie el primer día de trabajo. No tenemos escritorio, carecemos de nombre, de historia, de pertenencia. Somos un pedazo de atmósfera flotando entre las miradas perversas de los que ya pasaron por ese calvario alguna vez y ahora disfrutan con nuestra desventura”, definió el filósofo para concluir: “El primer día de trabajo –y su indecente ‘derecho de piso’- es el impuesto moral del capitalismo, la enseñanza inaugural. Explica que uno está ahí por obligación, que los otros trabajadores también están obligados pero ya acostumbrados a hablar entre sí durante la jornada laboral y que como acto catártico para evitar una suerte de canibalismo de todos contra todos fue creada la figura del jefe, al que se detesta con unanimidad”. Nadie regresa a su casa indemne de estas experiencias. Nadie vuelve como salió. Hay que consignar que el primer trabajo de Pérez fue como mozo en la parrilla La Giralda y que concluyó abruptamente y por su propia voluntad luego de que una bandeja repleta de chinchulines y morcillas cayera de su torpe mano sobre el traje impecable del gerente de la desaparecida empresa de gamulanes Kafka. "Fue sin duda el día más kafkiano de mi vida", habría de confesar Pérez muchos años después, cuando La Giralda, considerada la madre de las parrillas, cerró sus puertas. En el epílogo de su monografía, Asdrúbal Pérez confesaba que se había hecho filósofo debido a estas dos encrucijadas de la prematura adultez: primer día de clase, primer día de trabajo. Ingreso a la atmósfera del mundo social donde uno empieza a saber, borgeanamente, quién es y qué será por el resto de su vida: si pichi o capo, víctima o verdugo, che pibe o genio, solidario o canalla. “En esos territorios de batalla donde se revela la condición humana”, argumentó Pérez. Para él la sociedad de su tiempo fue más simplista y le asignó una sola categoría: la de vago congénito, chico difícil o empleado nocivo para su entorno. Lo supo un día como hoy en el que empezaron los clases, a los 5 años, esa edad donde acontece el fin de la inocencia.

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