17 de diciembre de 2015

Opinión

Opinión. El cartel, el cepo y la Ley de Medios

“Ahora sí vuelvo a ser feliz”. El día que se abrió el cepo hubo una manifestación para defender una ley que buscó la democratización de la palabra  a la que el gobierno entrante primero dijo que no iba a poder subsistir porque había sido concebida para derrotar a Clarín y luego, ante las críticas, dijo que seguramente iba a modificar. Una ley que, entre otras cuestiones, incluye la puesta al aire de contenidos locales en los medios de comunicación. El día que se abrió el cepo, como una suerte de inefable casualidad, la jueza Palmaghini desplazó a la fiscal Fein de la investigación del caso Nisman. Por la mañana, dos operarios trepados a un andamio descolgaron el cartel que decía: Aquí la Nación también crece. El cartel produjo una sorda polémica por su naturaleza político publicitaria, exhibido en la fachada del templo más tradicional de la ciudad. Ciertamente, se trataba de una publicidad al límite, pero bueno, el gobierno nacional había puesto una fortuna de plata para la restauración de una iglesia que se estaba viniendo abajo desde hacía algo más de treinta años. Compatibilizar esos fondos que donó el Estado, es decir armonizar el hecho maldito del país burgués (John William Cook dixit) con la cacerola cósmica fue una de las más complejas operaciones intelectuales que debió realizar el espíritu tandileño. Para, al fin, naturalizar el mal trago. Después de todo, quienes protestaron por el cartel no fue precisamente el cura párroco. Pero esta mañana un vecino que se había empeñado en convertirse en una suerte de Cid Campeador contra el cartel, posteó un antológico texto del grotesco adjudicándose el mérito de la hazaña. Como si desde el día que colgaron el cartel hubiera estado tirando abajo el Muro de Berlín. El día que se abrió el cepo una pareja pasó por el frente del Teatro Cervantes y mirando el cartel del Ministerio de Planificación Nacional que prometía la restauración y puesta en valor de la histórica sala se hizo, quizá, la misma pregunta que en este instante atormenta a Manuel Martínez Martínez, presidente de la Sociedad Española: “¿Y ahora qué pasará con el teatro?”. El día que se abrió el cepo no hubo compra de divisas. Una pequeña multitud (tratándose de Tandil) se reunió sobre las calles 9 de Julio y San Martín para expresar que no quiere regresar a los tiempos de la prehistoria mediática. Que está dispuesta a defender una ley que tocó un par de centímetros cúbicos del poder del señor Magnetto, hoy el hombre más feliz de la Argentina, más feliz, incluso, que el propio presidente. Al fin y al cabo, dicen que los patrones siempre han sido más felices que sus gerentes. El día que se abrió el cepo, todos aquellos que hace más de cinco años firmamos a favor de la Ley de Medios y que hoy volvemos a rubricar esa firma, pedimos que otro cepo no clausure la palabra, como se está viendo en estos días donde todas las manifestaciones públicas en defensa de la Ley de Medios han sido invisibilizadas por las llamadas corporaciones mediáticas. Si los republicanos de hace diez días se convierten en los censores de hoy, entonces lo que habrá cambiado es la mano de la pala que cava la grieta. De un cepo a otro, los que queremos seguir escribiendo la historia con la palabra debemos actuar en consecuencia. Para escribir lo que pensamos y para no dejar de publicar lo que piensan los otros, por ejemplo en tributo a la libertad de expresión el despampanante silogismo de la señora pasada de maquillaje que el jueves repitió como un mantra su acto catártico inolvidable en la puerta de Jonestur: “Ahora sí vuelvo a ser feliz”.  

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