19 de noviembre de 2015

Sociedad

Sociedad. Drimoni: “Mi viejo me dio dos consejos: respetar la palabra y las agujas del reloj”

“La verdad que al principio se me caían las lágrimas”, nos cuenta sentado en la finca que funciona como sede de la empresa. “Todos los días con el barro hasta las rodillas, llueva o truene. Fue una época de mucho esfuerzo”, recuerda a lo lejos. Tenaz como pocos, se arremangó las mangas y le entró firme al laburo. “Rápidamente fui subiendo en la escala. Con 12 años era ordeñador y me venían a buscar de los tambos vecinos”, comenta. Allí se quedó hasta los 17, cuando decidió volver a la ciudad. Luego de tanto esfuerzo pensó tomarse un tiempo para descansar y estudiar como seguía su vida. Algo imposible conociéndolo dos minutos. “No habían pasado 4 días y ya estaba como mono encerrado. Por medio de mi hermano hice relaciones con un contratista y me llevó a trabajar con ellos a la Usina. Yo no sabía nada del tema, pero empecé de abajo y aprendí. Al poco tiempo era oficial y en menos de un año tenían una cuadrilla a cargo” Eran épocas en donde el esfuerzo daba sus réditos y Salvador Drimoni lo supo aprovechar. “Fuimos de los primeros en llevar las líneas de Cretal al campo. Kilómetros y kilómetros de cables tiramos, por todos lados. Había que darle para adelante y así lo hicimos”. En esa vida meteórica del siglo pasado, nuestro personaje llegó al momento que había que “largarse solo”. Estudió el panorama y abrió su propia empresa. “Tenía todo lo que precisaba: una camioneta Ford 62, una escalera y las herramientas. Los conocimientos ya los tenía”, nos dijo. Aunque lo más importante se lo dio su viejo, en una de esas charlas que nos acompañan hasta el cajón: “Yo todavía era chico, pero me agarró mi viejo y me dio dos consejos: hay que respetar la palabra y las agujas del reloj”. Con esas coordenadas cumplió 50 años como contratista de la Usina Popular y Municipal de Tandil. “Ahora le inculco lo mismo a mis hijos. Ellos ya transitan su camino y ojalá puedan tener la misma trayectoria que tuve yo. Tienen todo el equipo y las herramientas a su disposición, pero lo más importante es respetar el consejo de mi padre”. La palabra empeñada y la puntualidad. Sus hijos (Jorge y Horacio) ya no saben cómo pedirle que afloje un poco y disfrute de la familia. Que viaje, que duerma un rato más a la mañana. Pero por el momento no tienen éxito. “Me cuesta mucho dejar”, se sincera ante la mirada de ellos. “Hace 30 años que no me tomo vacaciones. Mi señora, pobre, me aguanta la locura. Planificamos viajes a Córdoba a San Luis, pero siempre pasa algo y hay que cumplir con los clientes”. Mientras siguen con sus trabajos en las líneas de alta tensión, se hicieron expertos en la poda de árboles y plantas difíciles. En ese apartado son de lo mejor de la zona. “Empezamos a hacerlo para la Usina y agarramos una cancha impresionante, la gente nos llama y nos recomienda siempre. Yo manejo la grúa y mis hijos se encargan de la motosierra. Pensá que trabajamos a centímetros de líneas con 33 mil volts, pero yo le garantizo que al árbol se lo podamos”, enfatiza. El servicio se complementa con la venta de postes y leña en invierno. Además se da maña con la artesanía en muebles. Recorrer el predio sobre los “toboganes” de Juan B. Justo es un hallazgo constante. Hay dos galpones imponentes abarrotados de herramientas, camiones, grúas, tractores. “Estamos muy bien equipados para poder cumplir en tiempo y forma con todos los trabajos. Si yo le prometo un trabajo póngale la firma que le voy a respetar la fecha. Nuestra palabra es una garantía. No tenemos otra forma de trabajar”. En estos 50 años han aparecido muchas empresas y competidores, pero Drimoni mantiene su postura. “Con la competencia somos como los boxeadores. Arriba del ring vamos a dar lo máximo por quedarnos con el trabajo, pero luego que tocan la campana seguimos con nuestra relación de amistad y podemos compartir unos mates”. Drimoni se formó con otros valores. Lejos de quedar en el olvido, los mantiene y los reafirma.

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