18 de noviembre de 2015

Papel

Papel. Sergio Guillermo: todos lo ven, pocos lo conocen

“Llegué a acá porque andaba vendiendo crucecitas y rosarios. Me puse a hablar con el chico de adentro sin saber que era el hijo del encargado, le decía que la gente me dejaba pero no llevaba nada, entonces me preguntó porqué no me ponía a pedir. Así empecé”, recuerda Sergio sobre sus inicios en ese banco improvisado, pero sabe y es evidente que las causas van más allá y tienen que ver con esa enfermedad social que se llama discriminación que hizo que el trabajo formal le cierre las puertas: “Me he anotado en muchos lugares y todavía estoy esperando”. Y la cuestión de hacerlo a un costado vino desde antes de buscar laburo pero reconoce con alegría que las cosas van cambiando, vamos avanzando: “Ahora van chicos discapacitados a la escuela, yo por tener un defecto físico tuve que terminar en el colegio especial, en la 503 de calle San Lorenzo. La escuela normal no te aceptaba, no le importaba si vos estabas bien de mente o no”.   “ACÁ VES DE TODO, BUENO Y MALO” Sergio está sentado ahí todo el día, llega a eso de las 10 de la mañana y se instala hasta bien entrada la noche. “El centro avanzó mucho, la peatonal ha ayudado mucho, pero que no la hagan acá”, analiza y  se toma a la risa la posibilidad de quedarse sin el pasaje de autos. Es que de eso vive, de lo que gentilmente le dan quienes salen del estacionamiento, por eso algo fundamental es la relación y la cortesía. “El trato con la gente es muy bueno, pero eso depende de uno también. Yo con la gente gracias a Dios me llevo bien y me ayuda”, reconoce y agrega que “a mi el turista me ha ayudado mucho, pero yo vivo del local. La gente de Tandil y los alrededores (Ayacucho, Barker, Rauch) me ayuda mucho” Y volviendo a hablar de los cambios que fue viendo delante de sus ojos en el día a día de los tandilenses que pasan todos los días por esa zona tan transitada, analiza con respecto a hace una década que ahora “hay mucha más gente, muchos pibes. Era diferente la vida hace 10 años atrás que ahora. Hoy hay menos respeto, la juventud sobretodo, que capaz que ve una señora ahí, viene corriendo y la pasa por arriba. Pero no todos son iguales”. Y asegura que pasa lo mismo con los coches: “A veces alguno sale de acá y ni se fija si viene alguien”.   EL VALOR DE LA LIBERTAD Sergio tuvo que ir superando etapas para valerse por si mismo. Además de la discriminación que sufrió toda la vida, cuenta que antes fue peor, antes no podía siquiera caminar, pero a sus 55 años rescata de esa experiencia lo positivo para decirnos que “eso es bueno, porque al no caminar afrontás la vida de otra forma” “En la vida tenés que hacer sacrificios. Pero yo siempre agradezco a mi familia, a mi papá y a mi mamá, que ya no la tengo. Siempre me dejaron hacer lo que yo quise, eso es muy importante en una persona discapacitada. Porque sino, te faltan tus padres y no sabes enfrentarte al mundo. En cambio yo si, gracias a ellos aprendí. Jamás me dijeron “no vayas a allá porque te podes caer”. Siempre me dieron libertad, y eso lo valoro mucho”, nos dice entrando a emocionarse. Y cerrando, pide agradecer y la lista se vuelve extensa. Primero, dice que “le agradezco de todo corazón a la gente que me ayuda y a la que no”. En la enumeración nombra a su hermana Cristina - “que vive conmigo y me atiende y ayuda”, su cuñado Héctor, sus mis sobrinos Aldana, Juan, Hetitor y a Joaquín. También su hermana Lourdes y sus sobrinos Enzo, Josefina y Juani. “A toda mi familia, somos 13 hermanos, no había cine…”, va resumiendo entre esas risas que son su marca registrada. Por supuesto, agradeció también a la gente del estacionamiento - “Tito me ayuda en muchas cosas, hasta me prepara el mate” – también Santiago, a la familia Maidana y sus hijos, a la familia Puchuri.

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