19 de junio de 2015

Política

Política. La pasión inagotable

Mario Bracciale. En la liturgia del lunghismo, aquel 14 de septiembre  fue el triunfo más valorado de los doce que aún estaban por venir. Tal como ocurrió en el folclore de aquellos actos, anoche todo parecía igual. Disfónica y presente “para no romper la cábala”, la locutora María Inés Mazza penaba frente al micrófono (con un locutor de ayudante que pedía silencio a la barra, sin entender la percepción de clima de alegría que reinaba en el recinto); a su lado, cual hiperquinético maestro de ceremonias, el jefe de campaña Julio Elichiribehety; entre el público militantes, vecinos y correligionarios de larga data a quienes pareció dirigirse Juan Pablo Frolik cuando evocó una remota anécdota de una interna contra Angeloz en la década del 80, un episodio que sonó a prehistórico para los jóvenes radicales que escucharon el nombre de un político -un tal “León”-, que pareció sonar tan raro como la insurgente memoria de León Trotsky al que Frolik no se refería. Un video de gratitud a los concejales que ocuparon sus bancas desde el primer gobierno de Lunghi hasta el presente dio cuenta de los estragos del almanaque. Pero en uno de los tramos más emotivos de su discurso Miguel Lunghi se dirigió hacia ese ser intangible y cruel –el tiempo- para dejar en claro que, a pesar de los años y las peripecias de la vida, seguía con las ganas intactas: “Tengo la misma pasión por hacer que el primer día, la misma pasión…”, dijo provocando un sostenido aplauso, en una noche donde las palmas sonaron con forma de ovación para algunos candidatos, tal como ocurrió cuando subieron al estrado Nora Polich y Héctor Oscar Mastropierro. Con todos ellos, Lunghi se permitió un breve paso de baile para estar a tono con el clima del mitin, teñido por una alegría entre pares, una de esas noches dedicadas más a la militancia como tributo frente a las asperezas que se vienen: la fatiga de una larga y peregrina campaña. Antes de ello el jefe comunal tuvo un gesto de empatía que sorprendió: pidió que le sacaran el atril –ese mueble que se interpone entre el orador y el público- y que durante su discurso lo acompañaran todos los candidatos de la lista. Despojado y oscilando sobre la cornisa de la emoción, habló sin papeles y sin ejes, por lo tanto más que un discurso ordenado se trató de un coloquio cálido y dirigido especialmente a sus pares, aclarando que los tópicos programáticos de la futura gestión de gobierno se presentarán en un acto el próximo 14 de Julio en la Cámara Empresaria. En esa atmósfera donde primó la sustancia emocional, “romántica” como aclaró el pediatra, más que política –el discurso de mayor densidad política lo produjo Frolik-, Lunghi se puso la ropa de candidato sin dejar de ser el intendente. Solo rozó las cuestiones partidarias cuando deslizó que el radicalismo “está viviendo momentos difíciles”, no le dedicó una sola línea a su competidor de las PASO, y se enfocó en la voluntad como energía transformadora de la gestión en conjunto del Estado con la actividad privada, la pasión por las obras y el amor por Tandil que permitieron “doce años de una ciudad totalmente cambiada como ninguna otra de la región”. A la hora de hablar de los integrantes de la lista valoró la llegada a la política de una nueva generación que permitió mostrar caras desconocidas y jóvenes, junto a dirigentes ya cincuentones que se formaron durante el lunghismo como praxis y que hoy son los referentes del núcleo vital que construyó el pediatra a la hora de gobernar y, varios de ellos, los que aspiran a sucederlo a partir de 2019. A la hora de enunciar la consigna final a la tropa, Lunghi repitió la clave del optimismo con que suele cerrar cada discurso en tiempos de campaña: “Vamos a ganar las PASO el 9 de agosto y vamos a ganar las generales en octubre”, vaticinó. Si alguien pensaba que el jefe comunal habría de tener un momento de quiebre por la melancolía, habida cuenta de que ésta es la última campaña que lo tiene como candidato a lo largo de su dilatada carrera política, se equivocó de medio a medio. Ya se sabe que Lunghi no es amigo de la nostalgia. Como suele decirle a sus íntimos, el futuro ya llegó. Esta vez lo hizo bailando al compás de su pasión inagotable.
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