14 de marzo de 2015

Papel

Papel. Juancho se fue

Nivel, y se presentaba con este epígrafe aclaratorio: Nivel (de amigos). Pero ni siquiera cuando trepó a lo más alto de su popularidad transformando la Compañía Financiera de Tandil en el Banco del Fuerte, dejó de ser lo que fue toda su vida: el dueño de un bazar. El Zabel, anagrama del apellido de un hombre que se inventó a sí mismo, sobre todo cuando cumplió su desafío más inesperado, llegar a ser el propietario de la radio emblema del pueblo: LU22 Radio Tandil. La primera AM de la ciudad, a la que le imprimió su propia percepción autodidacta de lo que debía ser una radio de pueblo: mucho móvil en la calle, información dura y deportes a raudales. También las imprescindibles necrológicas de las ocho de la mañana. El resultado de ese combo trasuntó una paradoja notable: la radio que más se escuchaba –y que más se escucha- prácticamente había quedado congelada en el tiempo, tanto en tecnología como en su propio edificio. Pero la antena, la potencia y el capital simbólico de más de cuarenta años al aire y muchos de ellos con absoluto monopolio del éter la catapultaron a un liderazgo que incluso sobrevivió, con dificultades, al recambio generacional, aunque muy condicionada –por su infraestructura onerosa en recursos humanos- en el plano fiscal y financiero. Aún así, la radio conservó lo que para Belza era la sustancia del medio: el liderazgo en la información, su matriz popular y la llegada a todos los rincones del Tandil profundo. También logró la empatía de sus oyentes con las voces de la emisora que durante años estuvieron al frente del micrófono. Fue en el último período de la radio donde Juancho se tentó por pasar del escritorio donde manejaba los números y la artística al micrófono. Todos los mediodías compartía sus consejos bursátiles con la audiencia; su retórica lució cargada de furcios propios de un sujeto cuya dialéctica estaba hecha para otra cosa, pero cuando alguien tuvo la ocurrencia de ponerlo al tanto de estos pifes del lenguaje, él le respondió desde su más concreto sentido común e intuición de comerciante: “A mí la gente me entiende”. Y tenía razón. Fue un comerciante hasta la última molécula, y en ese territorio árido del comprar y vender, en el toma y daca de la negociación permanente, ganó y perdió. Hasta se dio el gusto, en homenaje a la memoria de su hermana, de fundar un teatro: Elena C, en una sala de la calle Sarmiento a pasitos de Rodríguez. No duró mucho en su experiencia de productor teatral, como sí duró hasta la actualidad siendo coproprietario de la esquina más comercial de Tandil: la del Bar Ideal, hoy Frawen’s. Pero si algo lo distinguió entre sus colegas, es que no dejó pasar un solo género en el mundo de los negocios: estuvo al frente de un local de venta de videos, de discos, de electrodomésticos, fundó una agencia de publicidad, una revista, colocó el rubro juguetería dentro del bazar cuyo cierre “por traslado”, el año pasado, hacía presagiar el final del camino. Sólo era posible imaginar la muerte de Juancho con el cierre del bazar Zabel, icono de la idiosincrasia mental de emprendedor que rigió su vida y al que nunca abandonó. Ni siquiera cuando se convirtió en banquero, el paso más audaz de su carrera como empresario, y el que, sin dudas, más disgustos le costó y que más pagó en la consideración de su imagen pública como vecino. Una corrida global, en la incipiente globalización de los 90, se llevó puesto el Banco del Fuerte, en uno de los momentos más aciagos de su vida. Lo fue no sólo porque perdió el banco, sino porque el tsunami le ocurrió a alguien que, con más o menos poder a lo largo de décadas, nunca dejó de caminar como un vecino más las calles del pueblo. Así como sus detractores lo criticaron sin piedad, hubo muchos pequeños emprendedores que todavía hoy le agradecen la mano que les dio desde su banco de la calle San Martín. Porque a lo largo de toda esta historia hubo algo ineludible: Belza perteneció a la generación de los empresarios con rostro local, visible, tangible, un hecho hoy cada vez más infrecuente en la cosmovisión empresaria de nuestra ciudad. Su estrella comenzó a apagarse en sintonía con su declive biológico. Nadie podrá decir que pasó una existencia inadvertida, ni que su espíritu estuvo poseído por el signo de la abulia. Querido y mal querido por sus vecinos, como a todo el que hace y deshace, fue tal vez el referente comercial y social más emblemático del siglo pasado. Cuando llegó la postmodernidad, trató de adaptarse haciendo lo contrario a lo que nunca había hecho: quedarse quieto, apostar al no cambio. Por eso no modernizó su radio. Por eso la fachada del Bazar Zabel parecía un museo. Por eso empezó a retirarse lentamente del escenario de la batalla, allí donde otrora supo estar, siempre en la primera línea del conflicto: todavía se lo recuerda encabezando marchas contra el estacionamiento medido o –durante la catástrofe de 2001- compartiendo la protesta callejera en variopinta movilización por el centro de la ciudad junto a organizaciones piqueteras y desocupados. Todo el mundo le decía Juancho y con ese apodo se lo habrá de recordar ahora que empezó la mudanza definitiva, teniendo en cuenta el silogismo de Facundo Cabral, al menos para quienes creen en otros mundos fuera del nuestro: No hay muerte, hay mudanza. El último acto para él ocurrió este sábado por la mañana. Lo velan, como no podía ser de otra manera tratándose de un personaje de la tandilidad profunda, en Alessi y Manna, la centenaria pompa fúnebre local.
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OFICINA MUNICIPAL DE INFORMACIÓN AL CONSUMIDOR. "Servicios financieros sigue siendo el rubro con más denuncias que recibimos"

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